A bordo del Ipur, 182
Somos cinco hombres en busca de un sueño. Para Biha y Doga, nuestros guías indios, se trata de un sueño posible. Aseguran que ellos ya estuvieron en Sera Maior, que llaman el Imperio del Centro; y que se trata de un país incluso más grande que el Imperio de Roma. Para nosotros, es un sueño. La seda es sólo una tela casi mágica que llega desde un lugar imposible. Estamos, con todo a favor, casi a un año de nuestro destino.
Pocas veces en mi vida me he subido a un barco. Casi siempre mis viajes han sido por ríos o lagos, y sólo contadas veces me enfrenté con el mar abierto. Pero ese mar tranquilo que el Imperio Romano encierra, el mar al que todos llamamos “mar nuestro”, es una charca diminuta comparada con el Océano. Se trata de un espacio de agua inmenso, cientos de veces más grande que cualquier otro mar, tan grande que nadie sabe dónde tiene sus costas. Aquí las tormentas son feroces y suelen verse, entre las olas, los lomos de bestias inmensas y peligrosas, verdaderos monstruos marinos. Bien temprano en la mañana, cuando las tierras que se esconden distantes en el horizonte aún no arden bajo el sol, baja sobre nosotros una calma celestial. El sol emerge como una esfera de oro ardiente, llenando la vista de chispas incandescentes. Las estrellas son distintas, los días son más largos. Se acerca el tiempo de los monzones. Dicen que por más de medio año las rutas del mar se vuelven imposibles. Sólo queda un camino que seguir, y es hacia adelante.
Domicio me confesó su intención de terminar sus días lejos de Roma. Hace algunos años participamos de una expedición comercial que salió muy mal. Desde entonces, todo ha sido desgracias para él. Sus deudas se multiplicaron, sus enemigos también. Quiere establecer un trato con los productores de seda y administrar el negocio del comercio con Roma. Su idea es establecerse en algún lugar intermedio, sea Persia o India, para poder recibir los correos que envíe hacia un lado o hacia el otro. Sueños de un hombre moribundo. Con su edad, sería un milagro que le queden diez años de vida.
— No te comprendo — le dije — Si tu intención es no regresar, ¿para qué hacer este viaje? Quieres reunir una fortuna que nunca gastarás, que nunca disfrutarás. ¿No sería mejor tomar el dinero que estás gastando en esta empresa para comprar un campo cualquiera y morir tranquilo?
Domicio se rió sin ganas.
— Lo sabes bien, tú eres igual a mí en ese sentido. ¿Cómo puedo morir sabiendo que existe un lugar llamado la India que yo no he visto? Lo mismo con el país de la seda; lo mismo con aquellas tierras que, para los artífices que tejen con seda, sean en su imaginación un país distante. Quizás viaje hasta morirme, pero quiero conocer todos los horizontes.
Domicio es un hombre sabio, leído, inteligente. Hemos discutido largo y tendido sobre filosofías, cosmovisiones, religiones. Los dos sabemos, como sabían los egipcios hace mil años, que el mundo es redondo. Quizás para Domicio el último horizonte sea Roma, pero llegando a ella desde el poniente.
Me sentí en la necesidad de asumir un papel al que, voluntariamente, vengo renunciando desde hace un tiempo, el de ser responsable y tomar decisiones. Le pregunté a Domicio cuánto dinero le quedaba. Sabía que en el último puerto que visitamos había cobrado algunas deudas viejas. Pero su bolsa no parecía repleta de oro.
— Aún tenemos bastante, pero entiendo por qué te preocupas. En el momento en que bajemos de este barco, habremos cortado toda relación con el mundo que conocemos tanto tú como yo. No habrá más amigos que ir a visitar, ni deudas que cobrar. De ahora en más, sólo contaremos con nosotros mismos. Pero bueno, nos hemos perdido en el desierto y supimos sobrevivir. En Daiawara tuvimos que trabajar como si fuéramos dos peones de campo y nada más, y no nos fue tan mal. Quizás podamos servirles de algo a estos hombres misteriosos que viven detrás de las montañas más altas de la Tierra. De todas formas, no pienso regresar. Sabes que puedes abandonarme cuando quieras.
Típico de Domicio. Podría haber dicho “irte”, “tomar otro camino”, “decidir algo distinto”. Pero no, usó el verbo “abandonar”, que implica cierta traición. Supe que seguía adelante sólo porque me tenía a su lado y pensé si estaba bien consentir que un hombre de su edad afronte semejante aventura. Al final, decidí que no era quien para enfrentarme a sus deseos.
Ahora miro el que debería ser nuestro último amanecer en el mar. Doga planea remontar el río Indo con el barco, que es uno de los más grandes del mundo. Avanzaremos tierra adentro siguiendo sus riveras hasta que la ruta ya no sea transitable. Entonces vendrán las selvas, los desiertos, las montañas inmensas y al final, la Puerta de los Dragones, la entrada al país más grande y misterioso que jamás ha existido.
Pero para eso aún falta una eternidad.
Nemuel Delam
El judío errante
Un empleado no docente de la Universidad advirtió a otro que se callara, y lo hizo incendiándole el coche por segunda vez en menos de un año. Hay un enfrentamiento interno entre sectores, que incluye secuestro, amenazas, lesiones y hasta la destrucción completa de propiedad privada. El rector no se hace cargo: esto es poco importante para él.
Apareció en escena Horacio Tettamanti, ingeniero, empresario, funcionario de la administración comunal, concesionario de espacios públicos en el puerto de Mar del Plata. No ha sido una aparición más, sino que viene de la mano de una investigación de la revista Puerto, que lo coloca en la incómoda posición del que hace todo lo contrario de lo que dice.
Tettamanti se hizo conocido entre nosotros por sus apariciones en los medios cuando denunciaba actos de corrupción en la Gobernación de Chubut, durante el mandato de Carlos Maestro, y en relación a la administración de puertos en el Gobierno de la Alianza (De la Rúa/Álvarez). Hoy, funcionario influyente en la gestión GAP, se lo ve en fecha reciente caminando junto a Florencio Aldrey Iglesias por el GHP junto al canciller Timmerman.
Responsable de la obra de 3 de Febrero y Catamarca donde se cayó un fierro que rompió un vehículo.