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VIE 19 Marzo 2010 | Mar del Plata

CUENTOS

Cartas de un judío a la Nada

Olafburg, 1731
Existe un mundo que se oculta detrás del lienzo de apariencias que casi todos los hombres consideran la realidad. Nacemos ciegos para este mundo, aunque los niños, los viejos, los borrachos y los locos suelen demostrar una sensibilidad mayor a la hora de percibir los velados mensajes que provienen desde el otro lado de la cortina.

A medida que pasan los años, las personas normales se tornan cada vez más y más necias, más serias, más ciegas. A algunos, como a mí, nos pasa lo contrario: aprendemos a ver a los demonios que caminan por la calle, a descubrir al dragón que se esconde en lo profundo de la cueva y la bruja que usa una máscara hecha de cartón.
Hacía un tiempo que la gente de Olafburg venía notando que algo extraño sucedía en las inmediaciones. Al principio fueron algunas vacas que desaparecieron, más tarde unos sonidos, como de flauta, que se escuchaban cerca de la iglesia. Un campesino aseguró haber visto a un ser pequeño y de ojos amarillos brillantes que caminaba por el maizal, de noche. Pero de pronto, de un día para el otro, la extraña presencia que provocaba estos sucesos desapareció y todo volvió a la normalidad. Hasta que alguien notó unos sonidos extraños que provenían del molino. Se oía como si un gato enorme maullara, o como si un bebé llorara con una fuerza descomunal. Los terribles aullidos terminaron por provocar una reunión de vecinos que, a fuerza de palo y hachas, lograron penetrar en el edificio.
Lo que encontraron allí fue sorprendente. En una jaula de oro de unos veinte centímetros de alto, estaba atrapado sobre una mesa un elfo. Era un ser bellísimo, de cabellos como oro y piel de cera, ojos azules penetrantes y modales serenos. Su llanto era terrible, pero también lo era su belleza. La gente se conmovió profundamente, pero nadie abrió la jaula. Dicen que liberar a un elfo trae mala suerte.
Intentaron continuar con sus vidas, pero cada vez que alguien se acercaba al viejo molino, el llanto desesperado de la criatura movía sus corazones hacia la compasión. Decidieron por fin buscar la solución en otro lado, y llenaron los caminos de la región con carteles que prometían una módica recompensa para quien liberara al elfo. Fui el primero en presentarme.
Me llevaron al lugar de noche, me dejaron en la puerta y se alejaron. Había en aquellos hombres un clima de incomodidad profunda, como si me abandonaran a mi muerte. Yo no tenía miedo. Hay veces que uno simplemente no puede estar peor y entonces no tiene nada que perder.
Habían dejado velas encendidas en los pasillos y en las estancias. El elfo estaba dentro de la jaula, comiendo una ensalada preparada por alguna de las mujeres de la aldea. Me miró sin decir nada y después miró hacia afuera. Estaba como nervioso. Finalmente habló:
— Oye, inmortal — me dijo. — ¿Qué buscas tú por aquí?
— Liberarte — respondí. — Pero antes me gustaría preguntarte una cosa o dos.
El elfo se sentó y me miró como invitándome a continuar. Busqué un cajón donde sentarme y quedamos frente a frente. Él no dejó de comer.
— Cuéntame — le pedí. — ¿Cómo terminaste aquí, atrapado de esta forma?
El elfo no dijo nada. Se quedó mirándome, con una sonrisa tonta en el rostro, como esperando a que yo dijera algo. Después habló en una lengua extraña, tratando de hacer entender como que no me comprendía. Muy astuto.
— Sé que me entiendes. Sé que me entenderías, no importa el idioma que hable. Si quieres que te ayude, deberás responder todas mis preguntas. Luego, te liberaré.
El elfo decidió dejar de jugar.
— También puedo esperar a que venga otra persona a hacerlo. No eres mi último recurso.
— Apostaría a que prefieres no esperar — le dije.
El elfo suspiró. Se sentó y comenzó a hablar en un tono bajo.
— Mi gente tiene un plan, a largo plazo. Quieren empezar a intervenir cada vez menos en el mundo de los hombres y retirarse a los reinos que yacen bajo tierra, a las cuevas de oro y marfil que construimos hace mucho tiempo, cuando vuestra raza era sólo una presencia mansa y sin voluntad que se movía sobre la faz del mundo. Hoy en día está penada cualquier acción que pueda poner en sobreaviso a los hombres de nuestra presencia. Por incumplir esas reglas, me han apresado.
— Eso no tiene ningún sentido — le dije. — De esta forma todos los aldeanos te han visto, han interactuado con vos y saben que existes.
— Apenas sea liberado, toda memoria relacionada conmigo se irá de sus mentes. Sólo tú recordarás, es tu premio por ayudarme.
— ¿Y cuál es la desgracia a la que temen todos? ¿Qué sucede cuando liberas a un elfo?
— Ves su verdadera forma. Más allá de los límites de esta jaula de oro, mi apariencia es distinta, y bastante fea.
Sin más preludios, me levanté y con una sola mano elevé la jaula. El elfo, al instante, se convirtió en un ser mucho más alto, encorvado, de piel oscura, peluda y dura, ojos saltones y amarillos, manos como garras y colmillos afilados. Se escapó por la ventana y nadie volvió a verlo nunca más.

Fue, al verlo así, cuando supe que no era un elfo.

Nemuel Delam
El judío errante

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por José Luís Jacobo

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