Selva, maldita selva. 182
No sé por qué prosigo con este viaje, ahora que no tiene ningún sentido hacerlo. Cuando partimos, éramos diez. Hoy quedo yo solo, y estoy perdido. Dos jornadas fatídicas me han quitado toda la compañía que me quedaba. Necesito narrarle a este pergamino mi desgracia.
Nuestra expedición partió desde Alejandría hace ya seis meses. Nuestro objetivo era alcanzar Sera Maior, el país de los dragones, el lugar donde se produce la seda y de donde provienen algunas de las especias más extrañas que circulan por el mundo. Pero todo salió mal. Nos perdimos en los desiertos de Persia, nos atacaron los leones, nos peleamos unos con otros; soportamos las tormentas del mar, el beso de los cocodrilos y finalmente, la fiebre que mató a los pocos que quedaban. Y ahora, estoy solo.
Dejamos el Indo hace, quizás, dos semanas. Hemos avanzado por esta selva imposible, inmensa, húmeda y oscura sin descanso. Una lluvia constante nos destrozó el alma: los nativos lo llaman Monzón. Eso mató a Doga, uno de nuestros guías. Los ríos se desbordaron como nunca antes y los cocodrilos llegaron a tierras donde antes no estaban. El ataque llegó de pronto, como un rayo. Cuando reaccionamos, Doga ya era arrastrado hacia las profundidades.
Luego murió Domicio, mi gran amigo. Una enfermedad terrible lo atacó de pronto. Ardía de fiebre, tenía fuertes diarreas, y en menos de un día abandonó la vida. Luego cayeron los otros dos, de la misma forma. Los enterré esta mañana.
Estoy absolutamente perdido. No hay sendas en la selva, no se ven las estrellas, no tengo mapas ni referencias. Mis guías conocían la ruta de memoria, pero nunca compartieron conmigo sus secretos. Bajo la lluvia, estoy llorando sin saber qué hacer. Nunca antes en mi vida he extrañado tanto mi hogar como ahora.
No hay manera de terminar con este suplicio. Quisiera morir, pero no puedo. Quisiera huir, pero no hay dónde. Quisiera, debería, continuar avanzando; pero me falta el ánimo. Ni siquiera me queda la esperanza de la fe, que es el último refugio para el hombre solo y confiado. Mi desesperación no tiene límites.
Pienso tomar una ruta cualquiera y mantenerla hasta donde me sea posible. Cualquier camino es el mismo, cualquier peligro que me espere es, tal y como lo entiendo en este momento, inevitable. Tengo terror, terror de las serpientes gigantes, de los tigres hambrientos, de los nativos hostiles. Quizás jamás vuelva a ver los contornos familiares de mi tierra. Nunca antes me ha pesado tanto el exilio.
De pronto, algo me llama la atención en el suelo. Apenas asomada entre el barro, veo una forma de metal oxidado. Con cuidado la levanto, dejo que la lluvia la limpie. El objeto es tan antiguo y está tan desecho que las gotas de agua la quiebran en varios pedazos. Pero aun así, se reconoce la forma. Es la punta de una lanza.
Y no es cualquier lanza, lo puedo comprender de inmediato. Aunque falte el asta de fresno de casi seis metros de altura, puedo reconocer una de las sarissas que llevaban consigo los soldados de Alejandro. En aquel mismo sitio, perdido en la inmensidad de la India, se habían detenido ellos: los occidentales que más lejos habían llegado nunca.
Miro el páramo que me alberga e imagino, recostados sobre los inmensos troncos de los árboles, afanándose para afianzar las estacas de sus tiendas en el barro, llevando de aquí para allí sus enseres, a los hombres de Macedonia. Imagino a los Sucesores, las tropas persas entrenadas por el rey, haciendo rancho aparte. Y la tienda del rey, magnífica, robada a Darío, en el sitio más alto. Camino hacia allí bajo la lluvia, mientras escribo. Creo adivinar -a pesar de que, tras trescientos años quizás, sea imposible que aún persistan- las marcas del emplazamiento. Imagino, veo, descubro o invento el contorno del pabellón, el sitio donde aguardaban los guardias, el lugar donde el secretario atendía a las visitas y, después, el lugar del trono. Me arrodillo en el sitio, recorro la hierba con los dedos, la lluvia se detiene mágicamente. Mis dedos tropiezan con algo.
Me cuesta, pero lo desentierro. Trato de imaginar cómo ha llegado allí y por qué se mantiene tan perfectamente intacto. Puedo ver, como en un sueño, al gran soberano. Es un niño aún, un muchacho que mantiene en los ojos el brillo que confiere la fe en las leyendas. Sus manos recias, asesinas ya de muchos hombres, escarban buscando un espacio entre las telas que sirven de suelo a su carpa, con hambre de tierra. Es de noche quizás, afuera todos duermen y Alejandro está inquieto. Piensa que la situación es ya insostenible, que pronto deberá renunciar a su sueño y regresar. Cabila sobre la construcción de esos doce pilares que se perdieron para siempre, ese signo que quiso legar y que nadie llegó a recoger. Su ansiedad lo llama a hacer algo pronto, y entonces se quita su anillo real y lo entierra en lo profundo del barro. Sueña con que resista a los eones hasta que las manos de otro aventurero, quizás por magia o por milagro, lo encuentren, lo admiren, lo entiendan. Y hoy, yo lo he encontrado.
Ahora, con el anillo de Alejandro entre mis dedos, prosigo mi viaje. Quizás, hasta el fin del mundo.
Nemuel Delam
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