Sin fecha
La palabra es poderosa, y la palabra ligada a una existencia lo es aún más. Decían los Egipcios que Isis, la Diosa de la Magia, pudo poner a su hijo como sucesor de Ra gracias a que ella conocía su nombre secreto. Hay mujeres que tejen hilos y hombres que tejen palabras. Existen miles de universos, millones de diferentes mundos. En cada relator cabe una infinidad.
El Narrador, si hacemos caso a las ancianas de la montaña, nació en una cabaña cerca de la cima. Nadie le enseñó su arte, lo aprendió solo y de a poco, tomando como partida los cuentos que su madre le contaba de niño para hacerlo dormir, cuando no había leña para cortar el frío ni leche para cortar el hambre. El Narrador se sumergía en los mundos de fantasía que le proponían los cuentos y, olvidando sus miserias, se dormía.
Cuando, a edad muy temprana, su madre falleció, él quedó solo en la montaña. A su padre jamás lo conoció. Aquella soledad grave a una edad tan tierna fue para él una difícil prueba, pero logró sobrevivir casi de milagro. Cuando la tierra no daba suficiente fruto y las cabras suficiente leche, el Narrador bajaba al pueblo y se sentaba bajo una encina a contar historias. La gente pasaba, escuchaba y se quedaba ahí, abultando a la multitud que se reunía poco a poco. Todos dejaban alguna moneda, y así el Narrador se fue haciendo rico. Compró una casa en el pueblo, y no volvió a subir nunca más a la montaña.
El que le vendió la casa era un posadero que antes de la venta solía albergarlo en su local por las noches. Se hicieron bastante amigos y él puso la sed de negocios que al Narrador le faltaba. Comenzaron a recorrer ciudades y pueblos, a narrar para reyes y obispos. Juntaron una enorme cantidad de dinero entre los dos que les permitió acumular tierras, ganado, sirvientes y hasta hacerse de una vieja casona donde se establecieron finalmente. Desde entonces, el Narrador bajaba a la cámara pública una vez al día y su amigo cobraba una generosa entrada. Cada historia, cada día, era diferente, pero todas pertenecían a una misma gran saga. Los personajes, lugares y el marco general de las historias era siempre el mismo, como una gran epopeya que avanzaba tarde a tarde.
Cierta vez, una mujer se presentó en el palacio del Narrador. Entró acompañada por una corte de sirvientes que arrojaban cuantiosas monedas de oro a su paso. Era alta, hermosísima, llevaba una corona de oro en la cabeza. Se sentó en primera fila, todos sus acompañantes la rodearon y ella, con un solo gesto, pidió silencio. Todas las miradas quedaron fijas en el Narrador.
Él estaba, como siempre, sentado en un sillón alto y recio, desde donde podía alcanzar con la mirada a toda la concurrencia. Pero esa tarde sólo tuvo ojos para esta misteriosa mujer. Mirando sus pupilas color de ámbar, el Narrador sintió que, más que nunca, las palabras brotaban de su boca como por embrujo. Sintió que no estaba inventando ninguna historia, sino descubriendo algo que ya existía desde hacía mucho y que él sólo lo contaba a los demás. En esa oportunidad, el Narrador realizó por lejos el mejor trabajo de su vida. Cuando terminó, la concurrencia había pasado por todos los posibles estados del corazón y mucho más. La mujer de la primera fila, visiblemente emocionada, se acercó. Mientras acortaban la distancia que los separaba, uno y otro se miraban con ardiente deseo. Se besaron profundamente y, al terminar el beso, el Narrador tenía, visiblemente, veinte años menos.
— Yo escuché los versos de Homero mucho antes de que sus discípulos los escribieran en palabras y dicté al Abad la gesta de Don Rodrigo Díaz de Vivar. Durante milenios he acompañado a los hombres en su arte pero nunca he encontrado mejor discípulo que vos. Yo soy la Musa, la reina de todas mis hermanas, la hija del trueno y la memoria, y he venido para darte un regalo.
Los sirvientes se apresuraron entonces, arrastrando desde quién sabe dónde un orbe inmenso al que sostenía una estructura de madera. El orbe era una esfera de vidrio que parecía estar llena de niebla. Había algo raro en ese artefacto y a todos los puso un poco nerviosos. La Musa se alejó unos pasos, como si no quisiera ni tocarlo. Habló con voz melodiosa y firme sin embargo, mirando al Narrador a los ojos.
— Todos los mundos existen, porque incluso aquellos que se nos aparecen en sueños y tienen sólo el efímero durar que va de la caída del sol hasta el nuevo día, no son distintos que este mundo en el que tú y yo vivimos. Somos todos sólo un sueño, personajes de una historia que alguien imaginó alguna vez y nada más. Todos los universos son por ello igual de reales, y mi orbe permite mirar los mundos que nos habitan.
El Narrador se asomó a la esfera, entonces, y se disipó la niebla que la habitaba. Allí aparecieron imágenes que eran idénticas a las que inspiraban las palabras del relator cada vez que ejercía su oficio. Las cosas sucedían ahí dentro como si se las mirara por una ventana: todos los detalles estaban presentes y la verosimilitud de las visiones era casi palpable. Se dio cuenta el relator que aquel mundo era cierto y fue inmensamente feliz.
Entonces, la Musa habló por vez última.
— Ahora pondré ante ti tres caminos posibles. El primero es quedarte aquí, en tu casa, contando historias cada tarde, mirando en el orbe para comprobar que los relatos que te inspiro no son más que la consecuencia de aquello que sucede en ese mundo. Tu segundo destino posible es vencer gracias a mis favores el vidrio mágico que te separa del mundo de tus sueños e ir allí a habitar como un personaje más de tus increíbles relatos. Tu último camino es venir conmigo a la morada de los dioses, donde te haré inmortal y eternamente disfrutarás conmigo de las bondades del paraíso y de este amor sin límites que me inspiras.
El Narrador lo pensó un segundo, pero se dio cuenta de inmediato que sólo existía para él una opción posible.
— Quisiera entrar en el orbe. Quiero caminar, mirar y ver el mundo que me ha obsesionado durante tanto tiempo.
Entonces la Musa, celosa, lo mató.
Nemuel Delam
El judío errante
Una bomba de humo hace que se gaste plata y se concentre atención de la prensa, mientras los ladrones verdaderos se escapan por la puerta trasera. La Defensora del Pueblo se quejó de limpieza sobrefacturada y empleados mal reemplazados. Mientras discuten unos con otros, los verdaderos corruptos brindan con champagne.
Esta semana ha sido pródiga en efectos pirotécnicos verbales, distribuidos a diestra y siniestra por quienes ya son visualizados en la comunidad como auténticos integrantes de una mafia. El concesionario de la nueva terminal de ómnibus, Néstor Emilio Otero, por toda respuesta a la interpelación a la que lo sometieron los concejales por más de dos horas y media y con base en un cuestionario de 91 puntos, los destrató, caracterizándolos de ridículos e ignorantes. Señaló que, de las cuestiones expresadas en dicha reunión, una sola sería pertinente, las rampas para discapacitados, aunque se quitó a medias el sayo aduciendo que las rampas son una necesidad en toda la ciudad y no sólo en la terminal, y que bien harían los concejales en atender los urgentes reclamos de la población para no decepcionar al soberano una vez más.
El fiscal confirma la detención de Juan Manuel Rivero, que se entregó en la subcomisaría Casinos y es el otro responsable del crimen de Franco Castro López.