La Pampa, 1991
La ruta era estrecha, plagada de baches; su trazo sinuoso expresaba una excesiva confianza por parte de sus diseñadores respecto a la capacidad de reacción y reflejos de los conductores. Había que estar muy atento para no seguir de largo en las curvas, anticiparse a los cruces y tener una paciencia tremenda para elegir el momento preciso en el que adelantarse a los descomunales camiones que pueblan este país sin trenes.
Mucha gente moría en esa ruta año tras año, pero era como que ya a nadie le importaba.
Vaya a saber Dios qué trajines me pusieron a la vera de esa vía. Hice dedo, y frenó un hombre de ojos verdes y pelo castaño, bastante joven. Me explicó que viajaba hacia Tandil y que prefería no hacer el viaje solo. Me advirtió, eso sí, que iba a desviarse del camino en un par de lugares que tenía que visitar.
Unas horas más tarde, sobre las cuales no puedo recordar nada que valga la pena relatar -un camino igual a cualquier otro, un silencio incómodo, el olor de la nafta y el rugido del motor agonizante-, el hombre se metió en un camino de tierra. Ya era tarde y habíamos comido emparedados de jamón y queso, sin detenernos. A mí me empezaba a dar sueño, a mi compañero parecía que también. El camino de tierra era largo. Había alambrados a cada lado, animales dormidos, arboledas desparramadas. Parecía que no íbamos a llegar nunca. Le ofrecí al hombre tomar el volante.
— Creo que usted está más cansado que yo — me dijo con una sonrisa. — No falta mucho, pero si quiere podemos frenar, no hay apuro. Duermo unas horitas, duerme usted también, y después seguimos.
Recorrí con la vista el entorno. Estábamos, como bien se dice, justo en el medio de la nada. Algo me daba mala espina. Quizás advirtiendo mi inquietud, el hombre me dijo.
— No pasa nada, yo lo hago siempre. Frenás abajo de algún árbol para que no te dé el sol, trabás las puertas, le ponés la alarma al coche y te dormís. Si alguien quiere abrir, suena. Y si no, pasa lo que pasa siempre: dormís tranquilo unas horas y después, viajás mejor.
Accedí. Paramos en un lugar donde había bastantes pinos. La Pampa nos saludaba con un silencio de muerte. No tuve que hacer mucha fuerza para calmarme y llamar al sueño. No me falta experiencia. He tenido que dormir en cuarteles militares bajo el estruendo de las bombas, en medio de la selva a la intemperie, o escondido en agujeros inmundos. He desarrollado una especie de autohipnosis, soy capaz de dormirme en cualquier lado con sólo desearlo.
Me sobresaltó un ruido. Llamé a mi compañero que se despertó también alarmado. Habíamos escuchado un ruido extraño. Él se bajó a mirar y yo, mientras tanto, agucé la vista. Todavía era noche temprana y pude distinguir claramente a una persona encapuchada entre los yuyos. Llamé al conductor a gritos. Él me ignoró, entró y trabó la puerta. Me miró con cada de espanto.
— Tenemos las cuatro ruedas en llantas. Se ve que pisé algo sin darme cuenta.
— No — le dije yo. — Hay alguien allá, en la maleza. Seguro nos desinfló las ruedas a propósito.
El hombre se asomó y me dijo que no veía nada. Efectivamente, la figura había desaparecido. Pero yo sabía que la había visto.
— Mire — me dijo el hombre —, ahora no podemos hacer nada. Hay que esperar a que amanezca y quizás pase algún auto por este camino, que de día es bastante transitado. Cuando veamos otro auto le tocamos bocina y le hacemos luces para que nos ayuden. Si de verdad hay alguien ahí fuera, no tiene sentido bajarse a buscarlo, porque por muy valientes que seamos, al auto igual no lo vamos a mover nosotros dos. Sigamos durmiendo. Mientras las puertas estén cerradas, vamos a estar bien.
No me convencían sus argumentos, pero accedí. Me sentía bastante cansado y eso me extrañaba. Por lo general estas situaciones me llenan de adrenalina y me quitan todo posible sopor. Pero ahora ese remedio no funcionaba. Quería dormir, sólo pensaba en dormir.
El hombre se acomodó en el asiento trasero. Me dijo que, si la necesitaba, había una linterna en el baúl del auto. Yo recliné el asiento del acompañante y me puse a descansar. Unas horas después, cerca de medianoche, me volví a despertar. Mi compañero no estaba.
Las puertas seguían cerradas, pero la llave no estaba. Me abalancé sobre el respaldo del asiento de atrás, sabía que si lo destrababa podía llegar al contenido del baúl sin bajar del auto. Quería la linterna, necesitaba ver dónde estaba parado. Cuando destrabé el respaldo y pude ver el contenido del baúl, me espanté. Ahí estaba mi compañero, inerte, con la mirada vidriosa perdida en la nada.
Salí del auto y empecé a correr. No había siquiera agarrado la linterna, pero sentí que tenía que alejarme de allí, buscar un lugar seguro y pensar una forma de superar esa situación. Pocos metros más adelante encontré una casa abandonada. Me refugié en un rincón y esperé el amanecer. Cuando al fin decidí ponerme de pie, alguien me golpeó por atrás y perdí el conocimiento.
Cuando reaccioné, había dos personas arrastrándome. Las dos llevaban abrigos con enormes capuchas, como el que creí adivinar la noche anterior. Me espantó comprobar que uno era el conductor del coche. Me dije a mí mismo que era un idiota, jamás me fijé si estaba muerto o si las ruedas de verdad estaban pinchadas. El sopor de anoche era sospechoso: seguro había drogas en la comida que me dieron.
Me pusieron junto a una fosa enorme. En ella había decenas de cadáveres. Planeaban arrójame dentro. La muerte era espantosa: las paredes no se podían escalar y uno moría ahí, acosado por el hambre y achicharrado por el sol.
Pero en el momento justo, logré reaccionar. Giré sobre mí mismo, haciendo que ellos perdieran el equilibrio. La fosa los recibió con los brazos abiertos.
Los dejé allí, para que murieran junto a los huesos de sus víctimas.
Nemuel Delam
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