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DOM 14 Marzo 2010 | Mar del Plata

CUENTOS

Cartas de un judío a la Nada

New York, 1992
Al hablar del amor, reconocer la diferencia entre lo que sucede en la mente de cada enamorado y lo que es la relación en la realidad tiene más de adivinanza que de certeza. Uno nunca puede estar plenamente seguro de ser amado. Uno nunca puede estar plenamente seguro de nada.

Marc trabajaba en una oficina pequeña, ubicada en uno de los pisos más bajos de la torre 2 del World Trade Center. Su vida era bastante desastrosa, solía llegar tarde al trabajo, siempre estaba desprolijo y su rendimiento laboral era lamentable. No tenía ninguna otra actividad por fuera del trabajo que abocarse a resolver los paupérrimos enigmas de las aventuras gráficas de Lucas Arts, o batir su propio récord en juegos prehistóricos como el Pac-Man o el 1942. Poco a poco se había quedado sin amigos, su familia vivía lejos, y a él la soledad le agradaba. Hasta que un día, conoció a Wilhelmine.
Fue en una tarde plomiza. Su jefe interrumpió la jornada laboral de todos parándose en medio de la oficina y pidiendo atención a los gritos. Junto a él, Marc vio a una muchacha bonita, más o menos de su misma edad, de actitud segura y mirada penetrante. John, el jefe de Marc, la presentó:
— Atención todos, por favor. Ella es Wilhelmine, se recibió de contadora hace un mes y va a empezar a trabajar en esta oficina. Por favor, sean amables con ella y estén a disposición de lo que necesite.
Y mirándola, agregó.
— Bienvenida.
Sin saludarla se fue y se encerró en su oficina. Wilhelmine quedó parada allí, sin saber bien qué hacer, bajo la mirada de todos. Por suerte, Marion decidió intervenir.
— ¡Bienvenida! — gritó al tiempo que empezó a aplaudir y todos en la oficina siguieron su ejemplo. Luego tomó a Wilhelmine de la mano, la llevó a un escritorio vacío y comenzó a entrenarla para su nuevo oficio.
Marc trabajaba exactamente del otro lado de la oficina, con al menos unos cinco escritorios atestados de papeles y de gente entre ellos dos. Y a partir de ese momento, la miró constantemente durante toda la jornada de trabajo, durante las jornadas siguientes, y así durante meses. No sé, nadie puede saber, si Marc se hubiera enamorado de Wilhelmine en otras circunstancias. Quizás, si en vez de haberla visto allí, parada en medio de la oficina, siendo el centro de atención de todo el mundo, la hubiera encontrado en un café, o la hubiera cruzado en la calle, para él hubiera pasado desapercibida.  Pero Marc era adicto a los clichés, y enamorarse de la nueva es el cliché más viejo de todos.
Como dije, pasaron meses. Marc jamás le dirigió la palabra. Wilhelmine hizo amistades en la oficina, se integró poco a poco y se adueñó de ese mundo. Se convirtió en uno de los pilares del funcionamiento de la empresa, en una referencia para todos. Pero su área de trabajo nada tenía que ver con la tarea de Marc. Él la miraba, ella lo miraba a veces, pero ni siquiera cruzaban un saludo.
Una tarde, Marc debía ir a hacer un trámite al ayuntamiento. Salió de la oficina pensando dónde estaría Wilhelmine, que había salido unos segundos antes. Casi se le para el corazón cuando se dio cuenta de que ella esperaba el mismo ascensor que él debía tomar.
Se acercó cauteloso. Ninguno de los dos dijo nada. Marc la miró y pensó “Ojalá me saludaras”.
— Hola — dijo Wilhelmine. Marc dio un respingo. Fue como si ella le hubiera leído la mente. Por otro lado, era una acción perfectamente normal, saludar a alguien.
— Hola — dijo Marc. Se quedó cayado. Se sintió incómodo. Ella bajó la vista. Llegó el ascensor.
Bajaron sin decir nada. Había algún tipo de tensión en el ambiente. Marc intentó tomar la iniciativa.
— Qué tiempo loco, ¿no? — dijo y al instante se arrepintió. “Soy un estúpido”, pensó. “Charlar sobre el clima… nada más idiota. No somos granjeros que dependen del clima para comer. Qué le importará a ella si llueve o no”.
— Si, suerte que no vivimos en una granja, ¿no? — dijo ella. Marc se aterró. Parecía que ella le leía la mente. Quiso hacer un experimento.
“Si me escuchás, respondeme, pero sin hablarme” pensó. “Si, te escucho”, resonó la voz de ella en su cabeza. ¿Era la voz de ella? ¿O era su imaginación? Wilhelmine lo miraba impasible.
“Sabes, hace tiempo que quería preguntarte algo”, continuó la voz de la muchacha en la cabeza de Marc. “¿Conoces a Lenny, de la fotocopiadora? Me gustaría salir con él algún día. Quizás tu puedas presentarnos”.
Marc frenó el ascensor en el piso siguiente y se bajó. Se fue, ofendido, a cualquier lado. Esa tarde mandó el telegrama de renuncia y fue a presentarse a una pizzería, para pedir trabajo. No volvió a ver a Wilhelmine nunca más.

Aún hoy, por las noches, se pregunta si habrá sido su imaginación, o si ella de verdad le rompió el corazón.

Nemuel Delam
El judío errante

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por José Luís Jacobo

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