Cuando
el comprador está bien posicionado, los
vendedores se desviven por ser beneficiarios
de su decisión. Buenos productos bajan el
precio y compiten en calidad para ganar
sus preferencias. Si, además, el comprador
es inteligente, sabrá distinguir entre quien
le ofrece algo mejor, y quien le presenta
un clavo disfrazado. Desde la altura del
saber y el poder, dirá simplemente "escucho
ofertas" y verá el desfile a sus pies.
Ahora...
todo esto -reitero-, desde la altura
del saber (elegir) y el poder
(la decisión). Pero si carece de una y otra,
si es el desconocimiento su colchón y la
apatía o la irresponsabilidad su perfil
de acción, entonces la situación se invierte
radicalmente y quedará a merced de los inescrupulosos
que, en su interés por vender lo que tienen,
le mentirán, lo envolverán, lo seducirán,
lo enroscarán y le terminarán entregándole
un producto de baja calidad, cuando no lo
mismo de siempre con distinto color.
El
comprador es consciente de sus necesidades;
sabe que comprar es un hecho, no una opción;
que a lo sumo esa opción podrá ejercerla
ante una variedad de bienes disponibles
entre los que, sí o sí, deberá elegir. Claro
que tiene, si se quiere, otra opción:
ante la inevitabilidad de la compra, puede
munirse de información previa, puede mostrarse
un conocedor, puede hacer ver que la definición
está en sus manos, y forzar la preocupación
del otro. O, la inversa, dejarse arrastrar
por el apuro, por la ignorancia, por su
propia desidia, y terminar comprando lo
primero que encuentra o eligiendo un cachivache
bien envuelto.
Usted,
yo, mi vecino, el suyo, la señora de enfrente,
el médico del quinto, el farmacéutico de
la esquina, la cajera del súper, el tachero,
usía, mi mamá, cualquiera de ellos y tantos
otros que hoy tenemos que comprar,
que sabemos lo que nos costó poder hacerlo,
nos preguntamos qué nos quieren vender...
pero casi nunca nos planteamos si seremos
buenos compradores. ¿Estamos, como sociedad,
en posición de sentarnos con aire superior
y escuchar ofertas?, ¿o somos una
marea humana lanzada sobre la mesa de saldos,
dispuestos a llevarnos lo que quede
y, finalmente, a cualquier precio?
Temo
estar enredándome. Clarifico, dentro de
mis chances; lo que pretendo es invertir
la ecuación: en vez de plantearme la chatura
de los vendedores, me propongo observar
la posición de los compradores. Porque
un vendedor chanta no le ofrece lo
suyo a cualquiera, sino al que cree
que puede engañar. Entonces ¿qué va
primero?, ¿la avivada del vendedor, o la
indefensión del comprador?
En
este juego los dos se miran, y el
que observa mejor es el que gana.
Orejeándose mutuamente, quien ofrece muestra
los dientes en sonrisa Colgate, y quien
escucha frunce el ceño de oficio. Uno intenta
avanzar sobre el desconocimiento del otro,
éste se ataja sólo por el instinto del gato
escaldado. El primero, sin el segundo, no
es nadie: el vendedor chanta, ante el comprador
sabio, directamente ni ofrece o se expone
al ridículo. Necesita del desprevenido,
o del confiado, o del apático, o del inocente,
o un poquito de cada uno para concretar
la operación. Entonces la clave está
en el comprador.
Me
pongo en ese lugar, el que hoy me toca.
Trato de observar el ombligo social en el
que estoy sumergido. Y no puedo dejar de
preguntarme: si lo que vemos como oferta
no nos gusta, si hay un altísimo porcentaje
que vota por inercia o a tal, con tal
que no gane cual, ¿es culpa de ese tal
y ese cual, o ambos son la oferta adecuada
para un conjunto de clientes con
escaso nivel de exigencia? Si considerara
-en potencial- que la oferta es mediocre,
¿será porque yo soy mediocre? ¿Podría, desde
el riñón de una sociedad exigente, emerger
un producto electoral de poca altura?
Si
es lo que hay, será porque soy
lo que fui. De lo contrario
no podrían sobrevivir tantos vendedores
conocidos, de esos que en su momento nos
ofrecieron baratísima la licuadora que se
fundió a la segunda banana, el sweater que
se llenó de pelotitas a la segunda postura,
y el programa de videojuegos que terminó
llenando el rígido de virus. Claro, hoy
que tengo que salir de compras, como sigo
sin entender de licuadoras y sin distinguir
merino de kashmir, sigo expuesto a que aquellos
que me mintieron vuelvan a hacerlo, o a
caer mansamente en manos de otro falaz.
No es sólo su culpa. También es mi culpa.
A
veces siento que, ni aún presentándose oportunidades,
las sabemos valorar. Nos hemos vuelto tan
conspirativos que descreemos de lo malo
(pero repetimos la experiencia) y también
de lo bueno (dejándolo pasar). No terminamos
de desactivar lo que no sirve y tampoco
hacemos mucho por activar el cambio. La
democracia en sí misma es una oportunidad;
es más de lo que muchos tienen, es más de
lo que nosotros tuvimos; es el momento de
volvernos buenos compradores, para obligar
a los malos vendedores a cambiar el producto,
para que dejen de empujarnos a la mesa de
saldos y nos lleven al salón "vip".
Claro que habrá que ser comprador "vip",
porque al seco no lo invitan.
En
este aspecto, no necesitamos ser ricos
de bolsillo sino de actitud y conocimientos.
Entre los otros, los que venden, se producirá
sola la decantación: se alejarán los mentirosos
(o quedarán expuestos al papelón) y quedarán
los sólidos (elevando el nivel de nuestra
elección).
A
veces siento que fuimos pasando a través
de la historia reciente, de la cultura de
la construcción social a la cultura de la
construcción individual. Últimamente ni
eso nos queda, como si estuviéramos atrapados
en las redes del instinto, apto y esencial
para quienes navegan en las aguas de la
supervivencia... pero uno supone que el
homo sapiens da para más; y se amarga
un poco porque sabe que el argentino
dio para más. Que la Argentina da para
mucho más.
Y
que a los que vienen les tenemos que dejar
más todavía. Comprenda que cada vez que
dedica un tiempo a leer esta columna, está
frente a un tipo que cada semana se pone
más viejo y se torna repetitivo. Pasa siempre
por el mismo meridiano, como caballo de
calesita. Yo recalo en la educación y tengo
presente mi poco amable nota de la semana
anterior referida a la inutilidad del paro
docente y a la necesidad de que los chicos
no pierdan días de clase porque de esa
formación surgirá el nuevo ciudadano,
el que sabrá lo que quiere y lo que necesita,
al que no le deberían vender cualquier cosa.
El buen comprador.
Pero
me encuentro con un caso concreto, hablando
con un colega por mí muy conocido, y que
paso brevemente a relatar. Recogiendo el
guante de la falta de oportunidad del paro
docente (aunque considerando justa la protesta),
se puso el casco lleno de convicciones frente
a la corporación que vive en la democracia...
pero que poco sabe de democracia. A la que
exige el derecho a no trabajar, pero
no acepta el derecho a sí trabajar.
Ante esta figurita repetida, el muchacho
preparó todo el terreno para que -aún respetando
a conciencia el derecho constitucional-,
los chicos y los jóvenes no perdieran el
día.
Grupos
de docentes que no quisieron hacer el juego
político y debieron soportar fuertes presiones
(por pensar diferente), se cargaron de material
adicional, de películas con trasfondo educativo,
de temas de debate transversales, mil y
un despliegues de recursos para tapar
los agujeros que podían producirse con
la huelga. Se informó además (textual):
"habrá actividad académica",
como para que quedara clarito que no se
trataba de una Institución abierta transformada
en mera guardería. Terminó
siendo todo muy curioso: estaba el 75%
de los docentes (dispuestos a educar)...
y faltaba el 75% de los chicos (para
recibir).
¿Falló
quien apostó a seguir educando por encima
de sus dificultades económicas?, ¿fallaron
los que lo siguieron en convicción aunque
tuvieran que soportar el mote de carneros?,
¿o falló esa comunidad que, teniendo la
oportunidad de seguir formando "buenos
compradores", prefirió dejarlos
en sus casas alimentando el facilismo, producto
sin duda de muy mala calidad?
Señores,
los que tenemos años suficientes para leer
estos renglones ya estamos hechos; nos queda
mejorar si podemos, sobrevivir si es necesario;
pero los chicos todavía ni empezaron y no
es eso lo que debemos transmitirles. Vuelvo
al principio: cuando sean ellos los que
estén en la situación en la que nosotros
hoy estamos, cuando sean ellos los que tienen
que comprar, que lo hagan desde la altura
que da el poder (la conservación de
la democracia) y desde la fuerza que
da el saber (cuya esencia es el estudio).
O, en vez de "escuchar ofertas",
seguirán comprando lo que encuentren o les
quieran vender. La responsabilidad es nuestra.