Escucho ofertas

Por Rodolfo Olivera

Cuando el comprador está bien posicionado, los vendedores se desviven por ser beneficiarios de su decisión. Buenos productos bajan el precio y compiten en calidad para ganar sus preferencias. Si, además, el comprador es inteligente, sabrá distinguir entre quien le ofrece algo mejor, y quien le presenta un clavo disfrazado. Desde la altura del saber y el poder, dirá simplemente "escucho ofertas" y verá el desfile a sus pies.

Ahora... todo esto -reitero-, desde la altura del saber (elegir) y el poder (la decisión). Pero si carece de una y otra, si es el desconocimiento su colchón y la apatía o la irresponsabilidad su perfil de acción, entonces la situación se invierte radicalmente y quedará a merced de los inescrupulosos que, en su interés por vender lo que tienen, le mentirán, lo envolverán, lo seducirán, lo enroscarán y le terminarán entregándole un producto de baja calidad, cuando no lo mismo de siempre con distinto color.

El comprador es consciente de sus necesidades; sabe que comprar es un hecho, no una opción; que a lo sumo esa opción podrá ejercerla ante una variedad de bienes disponibles entre los que, sí o sí, deberá elegir. Claro que tiene, si se quiere, otra opción: ante la inevitabilidad de la compra, puede munirse de información previa, puede mostrarse un conocedor, puede hacer ver que la definición está en sus manos, y forzar la preocupación del otro. O, la inversa, dejarse arrastrar por el apuro, por la ignorancia, por su propia desidia, y terminar comprando lo primero que encuentra o eligiendo un cachivache bien envuelto.

Usted, yo, mi vecino, el suyo, la señora de enfrente, el médico del quinto, el farmacéutico de la esquina, la cajera del súper, el tachero, usía, mi mamá, cualquiera de ellos y tantos otros que hoy tenemos que comprar, que sabemos lo que nos costó poder hacerlo, nos preguntamos qué nos quieren vender... pero casi nunca nos planteamos si seremos buenos compradores. ¿Estamos, como sociedad, en posición de sentarnos con aire superior y escuchar ofertas?, ¿o somos una marea humana lanzada sobre la mesa de saldos, dispuestos a llevarnos lo que quede y, finalmente, a cualquier precio?

Temo estar enredándome. Clarifico, dentro de mis chances; lo que pretendo es invertir la ecuación: en vez de plantearme la chatura de los vendedores, me propongo observar la posición de los compradores. Porque un vendedor chanta no le ofrece lo suyo a cualquiera, sino al que cree que puede engañar. Entonces ¿qué va primero?, ¿la avivada del vendedor, o la indefensión del comprador?

En este juego los dos se miran, y el que observa mejor es el que gana. Orejeándose mutuamente, quien ofrece muestra los dientes en sonrisa Colgate, y quien escucha frunce el ceño de oficio. Uno intenta avanzar sobre el desconocimiento del otro, éste se ataja sólo por el instinto del gato escaldado. El primero, sin el segundo, no es nadie: el vendedor chanta, ante el comprador sabio, directamente ni ofrece o se expone al ridículo. Necesita del desprevenido, o del confiado, o del apático, o del inocente, o un poquito de cada uno para concretar la operación. Entonces la clave está en el comprador.

Me pongo en ese lugar, el que hoy me toca. Trato de observar el ombligo social en el que estoy sumergido. Y no puedo dejar de preguntarme: si lo que vemos como oferta no nos gusta, si hay un altísimo porcentaje que vota por inercia o a tal, con tal que no gane cual, ¿es culpa de ese tal y ese cual, o ambos son la oferta adecuada para un conjunto de clientes con escaso nivel de exigencia? Si considerara -en potencial- que la oferta es mediocre, ¿será porque yo soy mediocre? ¿Podría, desde el riñón de una sociedad exigente, emerger un producto electoral de poca altura?

Si es lo que hay, será porque soy lo que fui. De lo contrario no podrían sobrevivir tantos vendedores conocidos, de esos que en su momento nos ofrecieron baratísima la licuadora que se fundió a la segunda banana, el sweater que se llenó de pelotitas a la segunda postura, y el programa de videojuegos que terminó llenando el rígido de virus. Claro, hoy que tengo que salir de compras, como sigo sin entender de licuadoras y sin distinguir merino de kashmir, sigo expuesto a que aquellos que me mintieron vuelvan a hacerlo, o a caer mansamente en manos de otro falaz. No es sólo su culpa. También es mi culpa.

A veces siento que, ni aún presentándose oportunidades, las sabemos valorar. Nos hemos vuelto tan conspirativos que descreemos de lo malo (pero repetimos la experiencia) y también de lo bueno (dejándolo pasar). No terminamos de desactivar lo que no sirve y tampoco hacemos mucho por activar el cambio. La democracia en sí misma es una oportunidad; es más de lo que muchos tienen, es más de lo que nosotros tuvimos; es el momento de volvernos buenos compradores, para obligar a los malos vendedores a cambiar el producto, para que dejen de empujarnos a la mesa de saldos y nos lleven al salón "vip". Claro que habrá que ser comprador "vip", porque al seco no lo invitan.

En este aspecto, no necesitamos ser ricos de bolsillo sino de actitud y conocimientos. Entre los otros, los que venden, se producirá sola la decantación: se alejarán los mentirosos (o quedarán expuestos al papelón) y quedarán los sólidos (elevando el nivel de nuestra elección).

A veces siento que fuimos pasando a través de la historia reciente, de la cultura de la construcción social a la cultura de la construcción individual. Últimamente ni eso nos queda, como si estuviéramos atrapados en las redes del instinto, apto y esencial para quienes navegan en las aguas de la supervivencia... pero uno supone que el homo sapiens da para más; y se amarga un poco porque sabe que el argentino dio para más. Que la Argentina da para mucho más.

Y que a los que vienen les tenemos que dejar más todavía. Comprenda que cada vez que dedica un tiempo a leer esta columna, está frente a un tipo que cada semana se pone más viejo y se torna repetitivo. Pasa siempre por el mismo meridiano, como caballo de calesita. Yo recalo en la educación y tengo presente mi poco amable nota de la semana anterior referida a la inutilidad del paro docente y a la necesidad de que los chicos no pierdan días de clase porque de esa formación surgirá el nuevo ciudadano, el que sabrá lo que quiere y lo que necesita, al que no le deberían vender cualquier cosa. El buen comprador.

Pero me encuentro con un caso concreto, hablando con un colega por mí muy conocido, y que paso brevemente a relatar. Recogiendo el guante de la falta de oportunidad del paro docente (aunque considerando justa la protesta), se puso el casco lleno de convicciones frente a la corporación que vive en la democracia... pero que poco sabe de democracia. A la que exige el derecho a no trabajar, pero no acepta el derecho a trabajar. Ante esta figurita repetida, el muchacho preparó todo el terreno para que -aún respetando a conciencia el derecho constitucional-, los chicos y los jóvenes no perdieran el día.

Grupos de docentes que no quisieron hacer el juego político y debieron soportar fuertes presiones (por pensar diferente), se cargaron de material adicional, de películas con trasfondo educativo, de temas de debate transversales, mil y un despliegues de recursos para tapar los agujeros que podían producirse con la huelga. Se informó además (textual): "habrá actividad académica", como para que quedara clarito que no se trataba de una Institución abierta transformada en mera guardería. Terminó siendo todo muy curioso: estaba el 75% de los docentes (dispuestos a educar)... y faltaba el 75% de los chicos (para recibir).

¿Falló quien apostó a seguir educando por encima de sus dificultades económicas?, ¿fallaron los que lo siguieron en convicción aunque tuvieran que soportar el mote de carneros?, ¿o falló esa comunidad que, teniendo la oportunidad de seguir formando "buenos compradores", prefirió dejarlos en sus casas alimentando el facilismo, producto sin duda de muy mala calidad?

Señores, los que tenemos años suficientes para leer estos renglones ya estamos hechos; nos queda mejorar si podemos, sobrevivir si es necesario; pero los chicos todavía ni empezaron y no es eso lo que debemos transmitirles. Vuelvo al principio: cuando sean ellos los que estén en la situación en la que nosotros hoy estamos, cuando sean ellos los que tienen que comprar, que lo hagan desde la altura que da el poder (la conservación de la democracia) y desde la fuerza que da el saber (cuya esencia es el estudio). O, en vez de "escuchar ofertas", seguirán comprando lo que encuentren o les quieran vender. La responsabilidad es nuestra.