Dicen
que la verdad sólo la dicen los niños
y los locos. Unos porque aún no fueron
disciplinados por el proceso de socialización;
los otros porque se fueron del proceso
y ven la vida y la sociedad tal como
son, sin hipocresías.
Hipocresía.
Madre de todos los pecados, al punto
que ni el Papa se atrevió a incluir
su práctica como tal en el texto de
Los Nuevos Pecados, dado a conocer
por el Vaticano en ocasión del Jubileo
del año 2000.
De
hipocresía se trata el comportamiento
que esta comunidad desarrolla en torno
de la persona de Florencio Aldrey
Iglesias. Hay que ser hipócrita
para tratar con un sujeto que ha hecho
de mentir, engañar y presionar a la
sociedad tomando como rehén a la clase
política, su conducta esencial.
Quien
derribó la muralla de la hipocresía
fue un outsider. Carmelo
Impari, ex comisario, otrora jefe
departamental en la ciudad, colocó
en blanco sobre azul un conjunto de
verdades a puño que nadie ignora,
todos comentan sotto voce y
sólo este medio y este periodista
han difundido consistentemente.
No
voy a caer en el mal gusto de citarme
por lo que digo todas las mañanas
en el aire de la 99.9 o haya escrito
en esta columna. Dejo por testigo
al oyente-lector y es más que suficiente.
No obstante, de lo que hoy se trata
es de la decisión de Carmelo Impari
de apuntar al meollo de la cuestión:
léase Florencio Aldrey Iglesias.
Los
afiches que poblaron profusamente
la ciudad días atrás rezan: Por
Mar del Plata, Impari acusa
a Florencio Aldrey Iglesias. En
el afiche se denuncia al titular de
LU6, LU9, La Capital y La Capital
Cable por “poner y sacar Intendentes;
extorsionar e impedir inversiones;
apropiarse de negocios de la ciudad;
blanquear capitales; promover el negocio
de la prostitución e intentar apoderarse
del Hotel Provincial”. Es decir,
un compendio de situaciones que están
en el boca a boca de la ciudad.
Mucho
de lo que Impari denuncia ha sido
publicado con pelos y señales por
este medio en distintas ediciones.
Queda a disposición de las autoridades
la documentación que en su momento
acreditáramos sobre la contabilidad
en negro de LU9 (ver Florencio
en blanco y negro), como así también
el detalle que difundiéramos oportunamente
sobre los montos recaudados por el
diario del señor Iglesias con el negocio
de la prostitución. También sobre
la venta de La Capital Cable a Multicanal
en doce millones de dólares bajo la
expresa cláusula contractual de guardar
las formas, evitando así blanquear
el monopolio de hecho que existe en
el servicio de televisión por cable
en Mar del Plata.
Hasta
aquí lo que es público y evidente.
Impari denuncia, Aldrey se da aires
de ofendido, denunciando un ataque
a la prensa que no es tal. Impari
no busca silenciar a la prensa: denuncia
la utilización mafiosa de la prensa
para sojuzgar a la política y hacer
negocios con el patrimonio del estado
en beneficio propio. En una comunidad
que entiende al revés los hechos,
cegada por su propio miedo, el frente
de batalla que abre Carmelo Impari
es una oportunidad fenomenal para
dar espacio a la verdad y terminar
con la hipocresía que encierra que
todos detesten al coruñés en tanto
le besan sobonamente el anillo.
Este
domingo 14 volveremos a elegir intendente
y concejales. Es una instancia única,
después de la huída de Blas Aurelio
Primo Aprile, para restablecer
el poder en los términos que la democracia
permite y obliga. El voto popular
fue pervertido desde la segunda intendencia
de Ángel Roig: el “catalán”,
como se le conoce a Roig en el ambiente
político, entregó a Aldrey Iglesias
la autoridad que le fue conferida
en las urnas; extorsionado, cedió
ante el extorsionador.
Su
sucesor, Mario Roberto Russak,
basó su llegada al sillón de Yrigoyen
y Luro en un pacto con Iglesias que
imponía obligaciones que el necochense
no cumplió -al dejar fuera del negociado
del estacionamiento medido al galaico-,
y lo que siguió fue una batalla campal
que terminó agotando a Russak, pero
que no constituyó la victoria que
la imaginería política le atribuye
al multimedia. Russak concluyó su
mandato; no se fue echado por la puerta
de atrás.
Blas
Aurelio Primo Aprile estuvo desde
un principio dispuesto a darle a Iglesias
lo que éste pidiera y quisiera. Así
fue como le entregó toda la playa
Bristol y zona de los barcitos por
un canon ridículo -cinco mil pesos
por año-, convirtiendo a Iglesias
en el auténtico “primus interpares”
de esta comunidad. Todo empresario
que llegó a Mar del Plata durante
la gestión de “el hombre honesto”,
puede dar testimonio de que era enviado
a dialogar con Aldrey; caso contrario
no había trato con el ex intendente.
Carmelo
Impari ha escrito otra página en la
lucha por una comunidad más justa,
más equilibrada, sin feudalismos;
una sociedad democrática, de individuos
sin privilegios, en la que imperen
condiciones iguales para todos.
El
anuncio de la municipalización del
Hotel Provincial, incluido por Impari
como último punto en su afiche, pone
de relieve de qué modo el próximo
intento de Iglesias es algo más que
una suspicacia. En fecha reciente,
Florencio Aldrey Iglesias participó
de un asado en un establecimiento
ubicado en la ruta 88 y Hernandarias. Allí, ante un nutrido grupo de
personas, aseguran nuestras fuentes,
invitó a los presentes a formar una
sociedad con él para convertirse en
los próximos concesionarios del Hotel
Provincial. Fue grande la sorpresa
de los comensales al advertir la seguridad
sobre el tema que exhibía Aldrey,
sensación que se consolidó al escuchar
el grupo de boca del coruñés que harían
falta unos siete millones de dólares
para concretar el proyecto según “su”
arquitecto, dinero con el que no contaba
pero, como contrapartida, estaba en
condiciones de garantizar un resultado
favorable en la licitación. El anfitrión
de esa reunión fue Tino Fernández,
papero, venido a más por haber especulado
con azúcar en tiempos de Gelbard;
íntimo de Florencio y muy cercano
a Russak, el hombre que con sus correveydile
en el negocio-traición del estacionamiento
medido, suscitó la pelea que trastocó
el gobierno del hombre que nos tildó
por años de mediocres.
Votamos.
Hay otra sociedad. Los electos serán
libres de espíritu para terminar con
la hipocresía que sólo los niños y
los locos se atreven a denunciar.