Andrés Rivera
Mano a mano

Por Juan Pablo Neyret
Hubo un tiempo (el crítico no está del todo seguro de que ya se haya acabado) en que la literatura y la historia, la literatura y la política, corrían por los mismos carriles en la Argentina: se lo suele denominar siglo diecinueve. Será por eso que la novela histórica es hoy en la Argentina un género de masas, con manifestaciones que tienen mucho, poquito o nada de calidad. En ese florilegio asoma como un primus inter pares Andrés Rivera, y, dentro de su obra, Ese manco Paz, el libro que corrió la rara suerte de, siendo literatura de la más excelsa, haberse convertido en un best-seller.

A Piero Asaro y Fernando Llera

En 1933, iniciada la Década Infame que sólo parcial, puntual y aparentemente se retiraría de la historia nacional, Ezequiel Martínez Estrada concluía de esta manera su Radiografía de la pampa, el ensayo que más cabalmente interpreta la Argentina del último siglo: “Lo que Sarmiento no vio era que civilización y barbarie eran una misma cosa, como fuerzas centrífugas y centrípetas de un sistema en equilibrio. No vio que la ciudad era como el campo y que dentro de los cuerpos nuevos reencarnaban las almas de los muertos. Esa barbarie vencida, todos aquellos vicios y fallas de estructuración y de contenido, habían tomado el aspecto de la verdad, de la prosperidad, de los adelantos mecánicos y culturales. Los baluartes de la civilización habían sido invadidos por espectros que se creían aniquilados, y todo un mundo sometido a los hábitos y normas de la civilización, eran los nuevos aspectos de lo cierto y de lo irremisible. Conforme esa obra y esa vida inmensas van cayendo en el olvido, vuelve a nosotros la realidad profunda. Tenemos que aceptarla con valor, para que deje de perturbarnos; traerla a la conciencia, para que se esfume y podamos vivir unidos en la salud”.

Sin embargo, cincuenta años después del asesinato del caudillo en Barranca Yaco, cuarenta después de la escritura del Facundo y sólo tres antes de su muerte, tras visitar la tumba de Quiroga el Día de los Muertos, Sarmiento había confesado en El Debate del 4 de noviembre de 1885: “mi sangre corre ahora confundida en sus hijos con la de Facundo, y no se han repelido sus corpúsculos rojos porque eran afines”. En efecto, la dicotomía civilización-barbarie, que el sanjuanino cristaliza pero que puede remontarse al mismo día del desembarco de Colón en Guanahani, continúa siendo el sistema de pesos y medidas del vapuleado, inmarcesible, evanescente “ser nacional”, pero, como lo hicieran Sarmiento y Martínez Estrada, cabe preguntarse recurrentemente —así de recurrente es el tiempo que corre por estas tierras—, siguiendo a Luis Eduardo Aute: ¿quién es Abel, quién es Caín?

Tomás Eloy Martínez recordó en una conferencia magistral ofrecida en 1993 en Berlín que la literatura argentina del siglo diecinueve, en palabras de Noé Jitrik, se caracterizaba por sacar lo privado a la plaza, por hacer público el universo individual. Así, autobiografías, cartas, diarios, memorias, fueron constituyendo un corpus en el que historia y ficción resultaban indiscernibles, hasta que, en definitiva, la ficción deviniera el medio más idóneo para dar cuenta de la historia. El auge de la llamada “novela histórica” en nuestro país en los últimos veinticinco años no es sino la emergencia de ese río subterráneo cuyo manantial está en el Facundo, en la Amalia de Mármol, en Una excursión a los indios ranqueles de Mansilla, obras, muchas de ellas, de género indefinido o lisa y llanamente monstruosas en el sentido etimológico del término: únicas en su género y especie.

El Facundo tuvo, alternativamente, dos finales, según en vida Sarmiento agregara o quitara los dos últimos capítulos del libro, que constituyen su programa político para la República Argentina. Y si este libro canónico se abre en su “Introducción” con una invocación a la muerte de Juan Manuel de Rosas, en su edición completa se cierra con otra invocación, esta vez a las armas de un militar que, en el juicio del autor, sería quien derrocara al tirano: “¡Proteja Dios tus armas, honrado general Paz! ¡Si salvas la República, nunca hubo gloria como la tuya! ¡Si sucumbes, ninguna maldición te seguirá a la tumba; los pueblos se asociarán a tu causa o deplorarán más tarde su ceguedad o su envilecimiento!”. No fue Paz sino el general más cercano a Rosas, Urquiza, quien en Caseros, la batalla más pacífica de la historia argentina y quizá universal, acabó con el régimen.

José María Paz, el “manco” cordobés, pudo así volver a pasearse por las calles de Buenos Aires, y allí es donde lo encuentra Andrés Rivera (La revolución es un sueño eterno, La sierva, Nada que perder, Hay que matar, por citar sólo una pequeña parte de sus dos decenas de libros) para, a través de su pluma cuidada y cuidadosa, reinscribirlo en el papel. El resultado se titula Ese manco Paz y tal vez sea el mejor libro del autor, que personalmente desautoriza a quien ose insinuar que lo que él escribe son novelas históricas. Pero también lo son.

Las Memorias y las Cartas de Paz son parte de la mejor literatura argentina del siglo diecinueve, y Rivera no quiso releerlas para escribir su última nouvelle, para no contaminar su ficción. Aunque, como dijera Ernest Hemingway en el prefacio de París era una fiesta, en una frase que Eloy Martínez a su vez apropió para nuestras letras: “Siempre cabe la posibilidad de que un libro de ficción deje caer alguna luz sobre las cosas que antes fueron narradas como hechos”.

El siempre lúcido Adolfo Prieto escribió en 1966 en La literatura autobiográfica argentina: “Desde que Rosas aparece en el panorama político, hacia 1820, su figura se incrusta en todas las corrientes de opinión, afecta en diversos planos la sensibilidad colectiva y se vuelve materia polémica inagotable. Su propio tiempo y la posteridad han dado a su silueta contornos casi fabulosos... [...] Por lo pronto, no es exagerado presumir que la irrupción del rosismo es, socialmente, un hecho tan importante como la Revolución de Mayo. La misma fuerza perturbadora puede asignarse a uno y otro episodio, en la capacidad de producir hondas fracturas en el plano de la convivencia y de desatar agudos focos de ansiedad. El rosismo provoca un trauma en la conciencia colectiva, con repercusiones que se registran fácilmente hasta medio siglo después de extinguido el régimen político dominado por la figura de Rosas”.

Ese impulso está vigente en Ese manco Paz, que va alternando capítulos titulados “La República” y “La estancia”, consagrados respectivamente a Paz y Rosas. Imposible no escuchar los ecos de El farmer aunque aquí la figura central sea el antagonista del estanciero, quien a su vez dice con justicia de su enemigo: “No quería tierras el manco, y no había oro en tierra argentina que comprase al manco, y no había tributos ni homenajes que corrompieran su voluntad”. Paz es la superficie visible del texto, pero Rosas sigue siendo, como siempre, el vértice del ángulo desde el cual se contempla la historia argentina. Lo mismo pasará, un siglo después y hasta el presente, con Perón, pero éste ya es otro (aunque el mismo) tema.

Ese manco Paz lleva hasta la exasperación —entiéndase, una grata y para nada barroca exasperación— el tono minimalista de la escritura de Rivera. Como los ostinati del piano de Keith Jarrett, sus acumulaciones, su búsqueda del justo decir durante el decir mismo, su work in progress perfectamente acabado, alcanzan su cumbre en este texto. Un texto sobre un personaje, si se quiere, marginal de la historia, que se mantuvo por más de un mes al tope de la lista de libros más vendidos según La Nación, y que ahora no se baja del segundo puesto. La literatura, de todos modos, no es una carrera (a lo sumo, lo sería de obstáculos), y si el crítico se detiene en este dato estadístico, es por lo que a la vez encierra y muestra, y porque sabe que el propio Rivera aún debe de estar muriéndose de risa en su Córdoba adoptiva.

No es una mala metáfora, cree el crítico, postular que la mano de Rivera le devuelve la suya a Paz. Y lo hace, por supuesto, con lucidez, con talento, con literatura. Y lo hace, claro, a cinco páginas del final poniendo a su vez en manos de Rosas estas palabras:

“¿Y el señor Sarmiento?

“El señor Sarmiento apela al mismo recurso que utilicé yo, Juan Manuel de Rosas, para aplacar a los indóciles, y a los que tienen perturbada la razón. Y a los que se mofan de los que están llamados a conducir la República, hoy y siempre.

“Yo soy el nombre de siempre. El nombre de hoy. El nombre de ayer.”