Castrilli

El hombre no tiene intenciones de contemporizar. No le interesa buscar una mediación cuyo único sentido sería su propia instalación como hombre público, al margen de los resultados obtenidos en la gestión que le fuera encomendada. Una vez que aceptó el cargo, sabía que era cuestión de días o a lo sumo semanas antes de encontrarse en la situación actual, que es para lo que, aparentemente, fue convocado. Ahora las astas del toro están en sus manos. El toro (la AFA, no otra cosa) empezó retobándose como para demostrar que es lo suficientemente poderoso como para que alguien de afuera venga a indicarle los pasos a seguir. Pero en seguida se dio cuenta que no era un torero de los habituales, esos que cuando saben que el público los conoce, empiezan a moverse de acuerdo a lo que indican los coreógrafos de la política y dejan de lado sus ideas, o al menos sus instintos naturales.

Javier Castrilli ya lo demostró cuando se vestía de negro cada domingo para repartir justicia en un simple partido de fútbol, sin importarle demasiado los colores de la camiseta de los veintidós protagonistas principales. Por supuesto, eso de que la ley fuera pareja para todos le trajo más de un problema. Tanto fue así que prefirió dejar el arbitraje antes de deponer sus convicciones. Y en ese momento, aunque a muchos ahora parece fallarles la memoria, el padrino don Julio no movió un dedo por evitar que el hilo de la justicia se cortara por el costado más delgado: el de Castrilli.

La vida y sus vueltas hicieron que nuevamente el sherif y Grondona se sienten a la misma mesa a discutir sobre algunos de los problemas de siempre: la violencia en el fútbol y como combatirla. Cambiaron las circunstancias, eso sí. El hombre de la gran papada acumuló más poder –ese que brindan el dinero, la política y los grandes negocios- mientras que al ex juez lo respalda -¿hasta dónde?- un gobierno en plena luna de miel con la sociedad.

Si hay algo de lo que no se puede acusar a Grondona es de tonto. Siempre tuvo claro con qué bueyes araba el terreno que pisaba. Y esta vez no es la excepción. A una declaración desafiante –“el fútbol no se para”- le siguió el rápido reflejo de quien sabe quién tiene en la mano cartas insuficientes para ganar la partida. O al menos la mano. Entonces, con una resolución judicial que le cortaba la pata del fútbol capitalino –¡caramba! la ciudad de Boca y River, casualmente-, reculó silenciosamente y se mostró comprensivo con quienes tienen, por el momento, el mango de la sartén.

Todavía no se entró a discutir el asunto de fondo. El que quiere imponer Castrilli, sabiendo que para ello deberá torcer la muñeca de Grondona, pero también la de buena parte de los dirigentes que lo mantienen al vicepresidente de la FIFA en sus poderosos sillones desde hace décadas: los dirigentes del fútbol vernáculo.

Si bien no todos están alineados como ovejas detrás del hombre fuerte de la AFA, en los momentos decisivos de la vida de esa institución la gran mayoría de ellos mostró la típica actitud corporativa de la dirigencia argentina, evitando sacar los pies del plato a riesgo personal de pérdida de poder político y económico –entre otras cosas, recordar que los contratos multimillonarios con la televisión se definen en las salas de la calle Viamonte, en la Capital argentina-.

La pulseada está en marcha nuevamente, pero esta vez los contendientes están bastante más parejos que en los últimos veinte años, cuando sólo algunos pocos periodistas y algún que otro dirigente se atrevió a pararse en frente del padrino para defender lo que creía justo.

El actual presidente de Boca –y por estas horas, si los porteños lo apoyaron, intendente capitalino- fue en su momento un soplo de aire fresco en cuanto a los manejos despóticos e irresponsables de la dirigencia del fútbol argentino, imponiendo un criterio empresarial en cuanto a la administración de los dineros de los clubes de fútbol, que llevaron a la actual situación calamitosa a casi todos las instituciones, privilegiando el despilfarro y la demagogia por sobre la racional asignación de los fondos disponibles en las arcas de cada club. Y sólo porque se trataba de un hombre con el dinero y el poder necesario para que nadie lo expulsara de la comunidad futbolística antes de ver las consecuencias de esa nueva forma de gestionar, y porque la suerte quiso que los resultados deportivos estuvieran de su lado, Macri pudo concretar su proyecto. Y además, por supuesto, porque, en todo caso, su accionar se limitaría a su club, Boca, sin que el resto estuviera obligado a copiarlo.

La racionalidad y la seriedad de Castrilli ahora parecen tener el poder resolutorio del que careció anteriormente. Si, como es de imaginar, el hombre sigue su instinto, impondrá a la AFA las reformas necesarias para llevar la violencia en el fútbol a los niveles razonables en cualquier país civilizado del planeta. Esto es, una organización que castigue con toda la firmeza necesaria a quienes no hacen lo necesario para erradicar a los violentos de las canchas de fútbol.

Muchos dirigentes que apañaron a esta gente se verán en problemas para cumplir con estas exigencias. Y presionarán, a través de Grondona, para que los cambios no sean de fondo.

La corporación futbolística está en alerta roja y dispuesta a luchar.

Uno de los tantos símbolos de la Argentina decadente pelea por sobrevivir.

Quién sabe, si se la puede derrotar, si no será la puerta por donde se pueda colar la decencia necesaria en el resto de la dirigencia, para torcer nuestro destino de país subdesarrollado.

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