Las penas son de nosotros
(La platita se la llevan)
por José Luis Jacobo

Le tocó una vez más a este equipo periodístico sacar a la luz miserias y desmanes de ésta, nuestra sociedad. En esta ocasión, se trata del uso y abuso de la necesidad de quienes nada tienen, para que unos pocos vivos se llenen  los bolsillos.
La situación salió a la luz en la constitución del Consejo Económico y Social de General Pueyrredon, el lugar que luego se convertiría en campo de batalla por la utilización de los planes de ayuda gubernamental, recursos públicos de los que obtienen fondos las llamadas “organizaciones sociales”. En esa reunión quedó expuesto con toda crudeza el bluff que se ha montado a partir de los déficits de toda clase que se han venido sumando durante las últimas décadas en los sectores más desposeídos de la población.

Mario Pucce es un vecinalista de Mar del Plata, devenido piquetero de la agrupación “Atahualpa”. Pucce fue el impulsor del proyecto de la “feria piquetera”, emprendimiento cuyo fin proclamado fue el de darle trabajo a los beneficiarios de planes sociales que, al ubicarse en plena temporada alta en lugares céntricos como Plaza San Martín o Colón, permitirían -según su criterio- exhibir productos fabricados por los desocupados y venderlos, iniciando así, supuestamente, un círculo virtuoso para sacar de a poco a los pauperizados de la mendicidad.

Todo muy bonito y loable, salvo que es mentira. No hay puestos de venta que revelen trabajo artesanal. No son 50 ni 40 como se anunció, y toda la presión sobre el Concejo Deliberante y el Ejecutivo ha tenido por objeto hacerse de un subsidio de la Nación de $10.000 para levantar los stands, que a todas luces no son tales.

Al frente de las responsabilidades comunales en el área afectada está Vilma Baragiola, militante del MODESO, línea interna de la Unión Cívica Radical hoy en extinción luego de haber sido por más de una década factor de poder interno y cuya supervivencia política está atada a que no haya ruido político-mediático con la ayuda social en Mar del Plata. Sobre sus hombros descansa la tarea de evitar el arrebato de fondos públicos; no obstante, nuestras fuentes aseguran que Pucce habría obtenido ya más de $61.000 en ayuda para emprendimientos que nadie parece controlar.

En oportunidad de entrevistarla en la radio, Baragiola me manifestó que los planes se supervisan desde un ente nacional bajo la órbita de la hermana del presidente, Alicia Kirchner. Si es así, fregados que estamos, porque los personajes que en nuestra ciudad reportan directamente a la hermana del presidente son de lo más discutible y criticable del peronismo lugareño. Por caso, Eduardo Niella.

Los datos que nos llegan de los vecinos revelan que Pucce contaría con protección política brindada directamente por el MODESO, facción que, ya dijimos, responde a Baragiola. En particular se acumulan quejas sobre el proceder de Gonzalo Quevedo, que cumple funciones en Desarrollo Social sin haber sido nombrado para cargo alguno en el área.

Si no fuera suficiente vergüenza la pobreza y el hambre, la manipulación de los planes y subsidios y el comercio de influencias son conductas repugnantes, a las que no resultaría completamente ajeno el titular del SUTEBA local, Raúl Calamante.

El programa FOPAR, que canaliza recursos públicos para comedores populares, también está en el ojo de la tormenta. Denunciado por jefas de familia, está libre de todo control reglamentario y la última inspección que sobre él se realizó data de septiembre de 2003. El FOPAR es un programa del Banco Mundial, que el año pasado aportó a la Argentina fondos por u$s91.000.000, y cuyo objetivo es aliviar la situación de los pauperizados en un país (el nuestro) que produce alimentos para 300 millones de personas.

La maraña de injerencias locales, provinciales y nacionales sobre cuestiones como las que aquí estamos tratando diluye la responsabilidad final, facilita la ausencia de control, y genera un despojo de recursos que, al fin y al cabo, sólo afecta a aquellos que son su razón de ser: los desposeídos. Y así va conformándose el dibujo final de un círculo perverso que alguien, de una vez y para siempre, deberá quebrar. Para que los recursos que generamos todos no resulten en penas para los desposeídos y enorme negocio para los bolsillos donde va a parar ese dinero.