| Que un músico que durante más de
treinta años ha pulsado su bajo con
los dedos de la mano izquierda se
dé cuenta de que es tan zurdo como
Paul McCartney y Jimi Hendrix quizá
sea el mayor hallazgo de esta entrevista.
Porteño, marplatense por voluntaria
adopción y ahora internacional, integró
aquí recordados grupos como S.O.S.,
Bregar, Dominó o la banda de Luis
Caro, hasta que su regreso a Buenos
Aires en 1987 lo juntó con los mayores
jazzeros argentinos así como le permitió
desarrollar sus proyectos individuales,
en tanto su proyección mundial lo
llevó a tocar, entre otros, con el
saxo austríaco Karlheinz Miklin, el
guitarrista belga Philip Catherine
y el mismísimo Al Di Meola, de cuya
banda viene de formar parte. Para
este cronista, junto con Pedro Aznar
y Javier Malosetti uno de los tres
mejores bajistas de la Argentina, acaba de
editar con su |
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Quinteto el CD Minority Report y visitó hace
una semana nuestra (su) ciudad con
Norberto Machline y Pocho Lapouble,
junto a quienes ofreció dos memorables
recitales con standards del jazz.
Luego del primero, se sentó con N&P en la platea ya desierta del Aula
Magna de la Facultad de Derecho y
dio rienda suelta a su atrapante verborragia. |
—Recuerdo que Chris Squire, el bajista
de Yes, dijo que eligió su instrumento porque
tenía las manos muy grandes para tocar la
guitarra. ¿Alguna similitud en tu caso?
—No. A mí, la verdad, el bajo me
gustó de movida.
—¿De cuándo estamos hablando?
—Ufff... Decisión por el bajo en
sí, yo creo que en el año 70. Yo tendría
10 años. Mi primer bajo lo tuve a los 12,
y el tipo que definitivamente me volcó al
instrumento fue Jack Bruce, con el disco
Live Cream. Por mis hermanos —uno
es nueve años mayor que yo, y el otro, cinco—,
escucho música desde muy chico; escuché
a los Beatles a los 5 años. Especialmente
el que tiene nueve años más que yo, Jorge,
ya compraba discos de los Beatles cuando
salían. Después empezó a comprar de Hendrix,
y a mí siempre me llamaba la atención el
bajo. Y Jack Bruce me parecía directamente
un animal, el sonido que tenía, lo que tocaba
el tipo, y cuando escuché Live Cream...
En esa época todo el mundo tocaba la guitarra,
que era como el lead, pero a mí me
gustaba el bajo. Y después, cuando escuché
a otros tipos como Squire, ni hablar. Toqué
la guitarra, obviamente, pero el instrumento
mío, el que siempre quería tocar, era el
bajo. Siempre. Las manos no son chicas,
pero tampoco las tengo tan grandes. El problema
con las manos lo tuve cuando estudié violín
acá con Teddy Sánchez, viola solista de
la Orquesta Sinfónica Municipal. Te hablo
del año 80. Él me dijo: “Vos tenés manos
grandes. ¿Por qué no estudiás viola? Aparte,
no hay tantos violistas y tenés más salida
laboral”.
—¿Cómo te surgió la inquietud por
el violín?
—Cuando era chico me compraba todos
los instrumentos, flautas, xilófono, guitarras,
teclados. Me compré una vez un violín porque
lo vi ahí, pero lo que pasa es que los instrumentos
agudos, evidentemente, no me llaman. Una
vez me querían hacer entrar de violín practicante
en la Orquesta, al fondo, y finalmente no
pude porque soy zurdo, pero no fue una frustración
porque a los instrumentos agudos no los
siento míos.
—Siempre haciendo base...
—Ahora, cuando juego al fútbol, lo
hago de defensor. Siempre haciendo el aguante...
—Pero por lo que venimos hablando,
vos crecés escuchando a los intérpretes
que hacen del bajo un instrumento armónico,
que lo sacan de lo meramente rítmico. La
gran escalera, ¿no?: McCartney, Bruce y
Squire.
—Pasa que el bajo va desarrollándose
mucho con el tiempo, es un instrumento que
va ganando mucha posición, y eso trae también
problemas, porque cuando necesitan un bajista
y vos estás acostumbrado a tocar cosas más
de líder, no te llaman justamente por eso,
porque los tipos necesitan un bajista con
una función más vieja. Por eso uno tiene
que tener elasticidad para poder adecuarse
a la situación. Ahí está el gran secreto.
Quizás es muy específico lo que te digo,
pero eso se nota especialmente en los instrumentos
de sección rítmica: piano, bajo y batería.
Si vos tocás el bajo y no te gusta acompañar,
que estás esperando “loco, dejame pasar
al frente”... En una palabra: yo hago solos
con el bajo, pero no me gustaría que me
dijeran “me gusta cómo hacés los solos pero
no cómo acompañás”. De última, preferiría
que fuera al revés, “me gusta cómo acompañás,
sos un tipo sólido”. Trato de poner énfasis
en el acompañamiento. Después, y depende
de la formación en que toques, vas adelante
y tenés solos, y eso me interesa porque
se trata de desarrollar el instrumento,
pero no hay que olvidarse de que básicamente
el bajo es un instrumento de sección rítmica.
—Cuando estabas trabajando acá con
Luis Caro, lo que quería todo el mundo era
escucharte meter dedos y hacer solos. ¿Cómo
lográs escaparte de eso?
—Te puedo decir que he comprobado
en cada lugar adonde he ido a tocar, acá
y fuera del país, que la pirotecnia es lo
que a la gente le llama la atención y lo
que busca. Es internacional, evidentemente.
Pero el tema también tiene que ver con la
edad. Cuando sos chico, descuidás algunas
cosas más esenciales para tener un poco
más de notoriedad. Es como estar en la frecuencia:
vos esperás que el tipo meta dedos porque
sabés que el tipo que está tocando va a
meter dedos. En cambio, si vos sabés que
el tipo es alguien que tiene un poco más
de control sobre lo que está haciendo, sería
ridículo decirle, por ejemplo, a un Anthony
Jackson que toque como un pibe que recién
empezó, se estudió todos los libros y está
tocando doce horas por día en la casa. Ese
tipo tiene una carrera hecha, tal que si
quiere meterte todos esos dedos, te los
va a meter, pero ya lo sabe administrar
un poco más. En mi caso, es una cuestión
de edad. En ese momento llamaba más la atención
eso, y además era novedad. En esa época
en Mar del Plata, yo venía tocando fretless
[bajo sin trastes], cosas de Jaco Pastorius
en vivo, algo que antes no se hacía, y había
un enganche con eso en particular. Pero
eso es una etapa de la edad y de la carrera.
Ojo, me encanta haberlo hecho, y tengo cosas
grabadas en vivo, pero hoy no sé si haría
exactamente eso, a pesar de que Pastorius
me encanta. Pero lo dejé de escuchar por
lo enfermo que estaba en esa época con el
tipo, lo ponía todo el día. Y hace ya muchos
años que no lo escucho, aunque sigue matándome.
En aquel momento la gente estaba buscando
eso porque sabía que yo estaba en eso. En
este momento, trato más con el Quinteto
que la cosa esté un poco más balanceada.
Obviamente, me interesa que el bajo tenga
una función importante, pero no la principal.
No es que armara un Quinteto para ponerme
yo al frente y que me acompañen cuatro tipos.
Tal vez por haber escuchado música británica
desde chico y después pasarme al jazz, tengo
todavía toda esa esencia del grupo, del
conjunto, y aunque haya solistas, que la
torta se distribuya un poco más. Me interesa
que el trompetista se luzca, que todos los
instrumentistas se luzcan. Creo que en el
disco pasa un poco eso. Creo, y espero,
porque era mi idea. Yo la concibo así, con
un formato más de jazz. Es como la mezcla
de los dos mundos: todo el background
de rock británico, así de grupo, y todo
el desarrollo individualista del jazz, lo
solista. Lo que me interesó siempre es la
música. Cuando un tipo decía “qué bien que
toca este tipo”, a mí siempre me llamaba
la atención, porque estaba acostumbrado
a decir “qué bien que suena ese grupo”,
poner un disco y no decir “cómo tocan” sino
“qué buenos temas, qué buenos arreglos”.
Siempre tuve un sentido más armónico que
melódico, para decirlo de alguna manera.
Entonces, el tipo que busca más melódicamente,
le presta más atención a un solista, y si
el solista es bueno pero el grupo no tanto,
igual le gusta, cosa que a mí no me gusta
tanto.
De Georgina a Al Di Meola
—La maduración también tiene que
ver, lógicamente, con tus viajes a Buenos
Aires primero, y luego al exterior. ¿Con
qué desafíos nuevos te encontraste, qué
cosas tuviste que dejar en el camino, cómo
influyó en la técnica del instrumento?
—Siempre lo que me movió a mí es
el trabajo. Yo esto lo traté de tomar como
un trabajo. Yo venía a veranear a Mar del
Plata, y realmente vivía cuando venía acá,
cuatro meses en verano, quince días en las
vacaciones de invierno más fines de semana.
Mar del Plata me movía, y vine a la Facultad.
Después, dejé la Facultad definitivamente
por la música. Venía tocando, pero lo tomé
como algo absolutamente profesional.
—¿Qué estudiaste?
—Licenciatura en Economía. Cuando
inauguraron en Funes, ¿viste? Yo empecé
ahí, en la de ladrillo. Hice dos años, 80
y 81. Venirme a vivir a Mar del Plata para
mí fue tremendo. Te digo sinceramente: tuve
oportunidad de conocer ciudades de la puta
madre en el mundo, pero para mí ésta sigue
siendo la que más me gusta. Es más, lo tengo
planeado aunque no tengo definido cuándo,
pero yo voy a volver a vivir a Mar del Plata;
si puedo, lo voy a hacer. Y con respecto
a lo que me decías, yo dejé la Facultad
y tomé la música como algo definitivo, y
me dije “si me voy a dedicar a esto, aunque
me gustan tales cosas, del palo que me llamen
voy a tratar de estar”. Y empecé a ver la
música con distintos ojos. Si vos tocás
en un grupo, y es de amigos, y nadie es
el líder que se impone por trabajo, cada
uno toca lo que quiere y se van poniendo
de acuerdo. Pero si tenés un líder o un
director, te tenés que someter un poco a
lo que el tipo pide y tratar de entender,
por más que vos no estés de acuerdo con
lo que el tipo dice. Eso te enseña sí o
sí. Y, por supuesto, tocar siempre con tipos
como pasó hoy a la noche. Yo, cuando me
fui a vivir a Buenos Aires en el año 87,
tocaba fusión con Lucio Mazaira y Guillermo
Romero, paralelamente al trabajo que tuve
con Sandra y Celeste. Ellos eran músicos
de ese grupo, tocábamos en “Oliverio” y
todo eso. Pero mi intención era abrirme
de la fusión, no porque no me gustara, sino
porque quería abarcar un poco más este estilo.
Y mi intención fue tocar con tipos del estilo,
del palo, que tuvieran el idioma, cosa de
que yo me tuviera que obligar a tocar en
el idioma de los tipos. Y por suerte pude
tocar con Larumbe, con el Gordo Fernández,
con Walter Malosetti, con Baby López Furst,
con Casalla, con Lapouble, con Minichilo,
con Machline, un montón de tipos grandes.
Y prestar atención cuando los tipos están
tocando algo, y cómo lo tocan. Por ejemplo,
un tipo como Pocho no es alguien que va
a revolear las manos como puede hacer otro
baterista, pero el idioma que tiene para
tocar es único en la Argentina. Es muy delicado,
muy artista. Aparte arregla, es muy preparado
musicalmente. Tal vez esté en uno las ganas
de apreciarlo, pero si tenés la oportunidad
de tocar cosas así, y otros trabajos que
me han salido, tanto sea tocar folklore,
o en un programa de televisión como el de
Georgina Barbarossa, donde estuve dos años...
Movete con Georgina por ahí es una
boludez, pero ahí, por ejemplo, te cae Raúl
Lavié al canal, trae al bandoneonista con
las partes y tenés que tocar en vivo. Y
ahí no podés tocar como Jaco Pastorius,
sino de otra manera, y eso te permite que
seas un tipo reliable [confiable],
que te puedan llamar para hacer determinado
tipo de cosas. Todo es un feedback,
te metés en la rueda. Excepto que seas un
tipo que digas “yo voy a hacer esta sola”,
lo cual también es muy loable, pero no es
mi caso. Yo me traté de abrir por todos
lados. Con respecto a la música popular
y a lo que a mí me gusta, traté de tocar
con tipos que manejen el estilo de la improvisación
y del swing, que son éstos, y después poder
aplicar eso mismo a cosas más complejas
a nivel rítmico y armónico. Pero me parece
que primero tenés que manejar esto. Yo lo
sentí como una etapa previa, por la música
que venía escuchando y por cómo veía que
evolucionaban las cosas. Entonces, eso tal
vez ha llevado a una evolución como para
no sólo meter dedos, sino también conversar
rítmicamente con el ritmo que proponen los
tipos que están tocando con vos. Que el
idioma sea parecido, porque si estás tocando
en un contexto así, ellos están tocando
una onda Red Garland y vos tocás en el bajo
frases tipo John Scofield o una cosa más
outside, estás hablando un idioma
que no tiene nada que ver. Eso también hace
que dentro del jazz puedas conversar. Conocer
los estilos, eso creo que fue lo que me
fue dando un poco de madurez; aparte de
la edad y la vida, principalmente (sonríe).
—¿Lo mismo se aplica a los músicos
de afuera con los que estuviste?
—Con los músicos de afuera es todo
más específico. Acá en Argentina tenés que
tocar desde heavy metal hasta tango, todo.
En cambio, afuera no, ahí te llaman para
una determinada cosa. Y en ésa te aprietan
hasta niveles que realmente yo no podía
creer. Yo he tenido la oportunidad de tocar
con Miklin, un saxofonista austríaco con
quien estuvimos acá en Mar del Plata y va
a venir de vuelta. Bueno, ahí se hace jazz
latino. Jazz latino implica, obviamente,
que tenés que conocer standards de
jazz, pero después tocás sobre ritmos latinos.
También damos clínicas allá en Europa. Y
vos tenés que conocer. Das una clínica y
los tipos te preguntan cómo es la rumba,
el cha-cha, el son, el samba brasileño,
el sambón, el candombe, y tenés que conocer
las claves de cada uno de esos ritmos. Eso
te obliga a ser específico. Y a su vez,
como también llevamos temas, componer en
esa onda. Eso te da un desarrollo a nivel
de búsqueda profesional. No lo hago para
probar en mi casa, solo, que sería válido.
En este caso se graban discos en vivo y
se editan en Europa, como ha pasado, y yo
por suerte pude meter unos temas ahí. Pero
es un desafío profesional de estilo.
Después, tuve la suerte de tocar
con un tipo como Philip Catherine,
un guitarrista belga que ha tocado
con Larry Coryell a dúo, con Dexter
Gordon, con Chet Baker. Y el tipo
toca esos temas. Por ejemplo, él me
decía que “I Fall In Love Too Easily”
es un tema que lo aprendió a tocar
con Chet Baker. O sea, estás tocando
con el tipo que tocó con esos monos
y que tiene discos grabados con ellos...
Es una cosa súper standard,
te pide por ejemplo que cuando tocás
en dos tenés que tocar en dos, sin
dibujos, o sea, cosas estilísticas
que te reclama. Es un tipo que viene
de la onda del Hot Club de París,
Django Reinhardt y todas esas cosas,
entonces tenés que saber adaptarte.
Obviamente que podés meter tus cosas,
pero tenés que saber qué es lo que
tenés que tocar. |
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Otro caso fue lo de Al Di Meola en
el año 2002. Loco, eso fue tremendo a nivel
exigencia. No te puedo explicar. Nunca estuve
en un lugar con tanta exigencia musical,
es como tocar en la Filarmónica de Berlín.
Cada frasecita para él es un mundo. El tipo
te pide el ataque de cada nota, la duración,
el color, dónde tenés que pisar. Hasta a
veces te sugiere digitaciones. Es una cosa
de locos. Y está todo escrito. Lo que pide
mucho es articulación, es un maniático de
la articulación, tenés que articular junto
con él... ¿Viste los unísonos que hace ese
tipo? Te encargo lo que es eso. Y es un
tipo que toca eso nada más, es específico.
Afuera es todo muy específico. En cambio,
acá es más abarcativo, tenés que ser un
todoterreno para poder trabajar; si no,
tenés que tener un respaldo de algún otro
lado para poder decir “yo toco nada más
que esto”. Yo, por lo menos, no lo puedo
hacer. Tengo que tratar de tocar lo que
pueda, enseñar, todo.
De zurdos y Beatles
—Me impresionó, en el recital, la
versión arreglada por Pocho Lapouble de
“Madera noruega”. Y de pronto, me acuerdo
del recital de Amnesty en 1988, cuando Peter
Gabriel, que era la súperestrella inalcanzable
de Genesis, invitó a bailar a las Madres
de Plaza de Mayo, y las dos historias de
mi vida se superpusieron. Y me imagino a
Alejandrito Herrera en los 60 escuchando
a los Beatles. Encima, McCartney, un bajista
zurdo...
—Mirá vos, es verdad... Y Hendrix,
zurdo... Los dos tipos que me mataban, zurdos.
—¿Nunca lo habías pensado?
—No. Me acuerdo de que hablar de
Hendrix era como hablar de Dios. Eran los
70, ya poníamos Frank Zappa, pero Hendrix...
ni hablemos de este tipo, es como si estuviera
tocando Dios. Y ahora me estoy poniendo
a pensar... Sí, zurdo. Como el animal éste
de McCartney. Bueno, pero los Beatles son...
No es uno, para mí son los cuatro. Eso es
algo que para mí sí ya está fuera de competición.
No se pueden medir, no se pueden analizar.
No sé... están dentro de mí.
—Por eso. Fuera de todo análisis,
te veía tocando esa música inglesa de tu
infancia en ritmo de candombe, que es algo
también tan tuyo... ¿Qué sentiste en ese
momento?
—(Piensa.) Mirá, básicamente
poder tocar un tema de los Beatles es...
cómodo. Porque ¿quién no conoce los temas
de los Beatles? ¿Quién? Por más que no te
gusten, los conocés. Entonces, siempre guiarte
con un idioma que te es familiar es muy
importante para poder tocar con cierto relax.
Pocho es un tipo muy creativo, y cuando
se armó este trío trajo varios temas de
los Beatles: “Something”, “A Hard Day’s
Night”, unos cuantos más. Y el ritmo de
candombe también me es muy familiar, porque
yo estuve tocando con Ricardo Nolé desde
el año 90, toqué con Ruben Rada, con Miklin
tocamos miles de candombes. Y lo que se
siente a nivel músico, lo que yo estoy pensando
al tocar, es tratar de interpretar, es la
comodidad de poder tocar algo que realmente
es como inconsciente mío. No sé... Tocar
un tema de los Beatles es como perfecto,
sé por dónde me guío, sé por dónde va a
estar, sé por qué el ritmo es así, porque
ya conozco el original, la melodía. La melodía
es fundamental. Es lo que le decía hoy al
hijo de Caro cuando le hablaba de estos
tipos. Le decía: “lo que tienen es que ellos
escucharon este tipo de música, de idioma
de jazz, como yo escuchaba los Beatles,
cosa de que para ellos tocar temas de Sonny
Rollins o de Charlie Parker es como para
mí tocar un tema de los Beatles”. Porque
ellos se educaron con eso. De la misma manera
que yo me junté con ellos porque ellos tocan
la música que yo quería tocar como si fuera
de ellos, o sea, escuchada de toda la vida,
puedo decir que para mí tocar los Beatles
sería como eso. Es algo que me es hasta
habitual, te diría. Una cosa que no sólo
es un placer, sino que conozco la música
como es, la siento como es. Para mí, con
los Beatles, este arreglo o el que sea es
lo más. Para mí es lo más. Sería como Bach.
Es perfecto. Pero también te tengo que reconocer
que, aunque toque un arreglo, el original
va a ser irrepetible.