La enorme diferencia entre reconocerse desde el orígen o creerse el resultado
de la auto-elaboración espiritual
puede resultar caótica si
no se expresan y pautan los
límites con absoluta precisión.
Cuerpo y espíritu... la eterna
dicotomía -aparente, por supuesto-
Claro... a más de uno ni hablarle sobre el espíritu.
-"¿Lo qué?" te dicen, con mirada despavorida... "eso
del espíritu es cosa de religiones...
y yo no creo en esas cosas..."
Y se te quedan mirando,
como si hubieran hecho alarde
de la más perspicaz de sus
elucubraciones.
Con negar no evitamos que exista pero, por las dudas y el miedo a descubrir
algún que otro misterio, aquellos
que tienen los pies absolutamente
afirmados sobre la tierra
(más bien diría "pegados")
enfrentan la Verdad Universal
con la más ingenua liviandad.
Lo que no se ve no existe. Esa es su filosofía y guay de quien se la discuta.
Pero la Verdad sigue ahí, mal que a ellos les pese.
De todas maneras, no están absolutamente equivocados. La indiferencia también
forma parte de la estructura
de pensamiento con que estamos
"equipados" a fin
de no tener la completa consciencia
de quiénes somos y de dónde
vinimos.
La "conexión" del bebé en la panza con su Verdadero Ser comienza
a perderse luego del parto
y más aún cuando el contacto
con quienes lo rodean comienza
a plasmar una realidad integralmente
opuesta a la que su pequeña
y poderosa mente "más
espiritual" concebía
desde su matriz.
Y la vida se desenvuelve frente a sus ojitos... y debe aceptarla como tal, con
sus derechos y reveses. Y
es allí donde comienzan los
mecanismos de defensa a tomar
protagonismo. La apabullante
realidad debe ser combatida
con explicaciones más reales,
y comienza entonces un proceso
de auto-estimulación hacia
lo material que lo aleja inexorablemente
de su intangible comienzo.
En definitiva -y genéricamente
hablando- se hace Hombre...
La
sociedad de la mesa redonda
En uno de los capítulos de su libro
"Plumas al Viento",
el Dr. Juan Seperiza Zaninovich,
me y nos regala una hermosa
reflexión:
Los demás también tienen su historia.
Cada uno de esos que ves,
amigo lector, quienquiera
que seas, uno, otro y otro
de los que pasan a tu lado
y miras como seres extraños
y que a ti no te importan,
es un protagonista.
Cada uno de ellos, es un Yo
y, decir Yo, es decir centro
del mundo.
Para ti, tú eres centro del
Universo, lo de más importancia
que hay en él. Para ti, el
mundo existe mientras tú existas;
en tanto haya un hálito de
vida consciente en tu ser.
He aquí la prueba más irrefutable
de que tú eres su centro y
su base.
Para cada uno de los otros,
es como tú... es otro tú.
¿Cómo armonizar tantos "Yo"?
¿Cómo centrar tantos "centros"?
Pues, no hay más que considerar
la vida social humana como
una gran "mesa Redonda",
donde todos y cada uno son
los primeros.
Los
posibles
En el hombre, los tres aspectos de
la existencia: pasado, presente
y futuro, se funden en otros
tantos estados anímicos de
interés individual: recuerdos,
actividad o preocupación presente
y perspectivas para el porvenir.
Los aportes del pasado, que incuban
la experiencia e hilvanan
el yo pretérito con
el del instante que se vive
para formar la personalidad,
no constituyen volutas de
humo que se desvanecen en
el tiempo; no vuelven a la
nada. De ninguna manera. Los
sedimentos que dejan,
sirven de viento propulsor
a las acciones que se suceden;
van marcando el rumbo a la
vida; determinan la modalidad
de actuación del individuo.
Si en el pasado no hubiera
ocurrido esto o aquello: si
tal o cual no hubieran tenido
una determinada conducta para
ese "yo", las acciones
posteriores de este último,
no habrían llevado al giro
que tomaron.
El "yo", la "personalidad"
de un hombre adulto, forma
un bagaje cada día más voluminoso
y pesado. La cámara de los
hechos, de las experiencias,
se va llenando hasta llegar
a abarrotarse, ordenada o
desordenadamente.
Si fuera posible ponderar ese bagaje
psicológico de los individuos,
lograríamos conocer por su
volumen y peso la intensidad
de una vida.
¡Cuán
compleja es la vida humana!
¿Se ha detenido a pensar el lector
que me sigue en el curso de
esta disquisición, en las
incontables posibilidades
de su existencia?
No me detengo a analizar las posibilidades
de su origen genético. Pero...
si sus progenitores, en vez
de radicarse en un determinado
lugar, hubieran elegido otro;
si su educación hubiera transcurrido
en otro ambiente, dentro de
distinta idiosincrasia; si
ya en edad de razonar y determinar
sus actos, hubiera tomado
por una senda apartada de
la que eligió ¿habría sido
lo que fue y es?
Como es natural, a cada nueva posibilidad,
ante cada "sí condicional"
que se agregue, se presentan
mayores bifurcaciones, aumentándose
las posibilidades en progresión,
al menos aritmética.
El hombre maduro, que ya fatalmente
ha enderezado por un camino
del que no puede retornar,
¡con qué ansias muchas veces
desea reiniciar la ruta!
Que no se diga que el hombre cabal
debe estar satisfecho "por
siempre" de su conducta.
No; no hay hombre, por más perfecto
que sea considerado, que pueda
sentirse plenamente concorde
con su vida. Debemos emprender
la marcha ante el desconocimiento
del futuro y, ese futuro,
cuando llega a presente, nos
juega con frecuencia muy malas
pasadas. No existe el hombre
a quien el futuro haya guardado
lealtad absoluta.
No siempre se querría reiniciar la
vida desde su comienzo; pero
no podemos menos de decir:
"si me fuera dado
volver a ese recodo del camino,
no torcería a la derecha,
como lo hice, sino a la izquierda".
¿Qué sorpresas nos traería
ese nuevo ramal? He allí la
hermosa disyuntiva...
Avance
y retroceso
La psicología humana, individual
y colectiva, gira en oscilaciones
de avance y retroceso, sin
salirse de límites fijos y
definidos. En la materia inerte,
en la materia viva y en la
vida espiritual humana, ocurre
exactamente lo mismo.
Lo que diferencia a esta última de
las otras evoluciones, es
que las dos primeras, en todos
sus aspectos, tanto en lo
fundamental, como en las modalidades
formales, son siempre iguales.
En la humana, en cambio, la
forma varía ya que, tratándose
de seres dotados de inteligencia,
entra en juego la elucubración,
la invención, la captación
de las Leyes físicas y, por
ende, los medios van siendo
diversos, sin que por ello
se transmute la base fundamental.
La explicación de lo dicho la encontramos
en que todo lo que existe
en el Universo, incluido el
hombre, es limitado, en su
razón de causas segundas,
o seres finitos. Lo único
ilimitado que hay en el ser
humano, es su entendimiento,
en cuanto que a las posibilidades
de su conocer, no cabe demarcarles
confines; pero sí que son
limitadas sus nociones de
cualquier momento definido.
De aquí se deduce que, necesariamente,
fatalmente, llega un momento
en que se impone una reacción
ante una tendencia que toca
el punto máximo. De lo contrario,
sobrevendría la catástrofe,
la destrucción.
Quizá si el fin de la especie humana
se produzca, no por un cataclismo
de los elementos físicos,
sino por un cataclismo psíquico
colectivo, ante la falta de
una reacción, que hasta aquí
siempre se ha presentado en
el momento oportuno, salvando
a la Humanidad.
Es la Ley de las compensaciones
y de la conservación,
que actúan al igual que la
de la gravedad y atracción,
en el mantenimiento armónico
de las partes del Universo.
Si por una vez se suspendieran
sus efectos o una causa extraña
viniera a perturbarlos, esa
armonía se desbarataría en
forma de cataclismo.
Todo
tiene su límite
Todo se conserva o se transforma,
sin que nada se pierda; Ley
Universal que, para la materia,
se comprueba patentemente
en las experiencias de laboratorio.
En lo psicológico, tiene demostraciones
tanto en lo individual, introspectiva
o extrospectivamente; como
también en lo colectivo, para
la acción simultánea y para
la sucesiva de los tiempos.
En el individuo, cuando su acción
es concorde con la Ley Universal,
o imperativo categórico, según
Kant, ella está dentro de
la armonía. Cuando
obra en desacuerdo con la
expresada Ley, actúa la conciencia
en su papel de juez y de verdugo.
Puede ésta ser acallada, con
un esfuerzo que repercute
necesariamente en otras actividades:
cambios fatales en el carácter,
anomalías orgánicas y en un
sinnúmero de accidentes que,
en apariencia no guardan relación.
Para el creyente, la compensación
absoluta se encuentra más
allá. No obstante, es
indispensable que también
ocurra aquí, para que no quede
burlada la especie viviente.
En infinidad de casos, queda
oculta a los ojos más avizores;
pero no es razón para negarla.
Cada cual, en una u otra forma,
lleva en sí su propia compensación.
Para cada acción colectiva simultánea,
para cada determinada generación,
la compensación existe como
aplicación del adagio antiguo:
"corruptio unius,
est generatio alterius".
Lo perdido por unos, es lo
ganado por otros y viceversa.
Para la sucesión de las edades, supuesto
que la vida de la especie
es una solo desde sus orígenes
hasta el día en que llegue
a desaparecer, con el pecado
original o sin él, aceptando
la efectividad de los atavismos
y taras, igual que si se niegan,
una edad es hija legítima
de la anterior, de la que
recibe su cultura y educación,
sus virtudes como sus vicios,
pagando sus consecuencias,
enriqueciéndose con sus beneficios.
Sobre ella recaen siempre,
cuando de puntos extremos
se trata, el peso y las penas
evolutivas o revolucionarias,
a causa de las deficiencias
que tiene su cuna y raíz en
las anteriores.
Esta Ley de la conservación y de
las compensaciones, en cuanto
a lo material, es efecto de
que la Creación fue una y
para siempre y, en cuanto
a los actos psíquicos, individuales
y colectivos, a que son ejecutados
por seres finitos e influenciables
que, como tales, han de desenvolverse
en un ciclo cerrado.
En lo que respecta a nuestra generación,
la que, indiscutiblemente
se caracteriza por un materialismo
práctico en todos los aspectos
de la vida, podemos decir
que si ésta va en aumento,
no podrá ser ilimitado, sino
que, por el contrario, necesariamente,
debe surgir una reacción opuesta,
como siempre ha ocurrido en
la Historia.
Lo contrario significaría que ha
terminado el ciclo de la existencia
de la Humanidad, la que fenecerá
por la ruptura de la armonía,
por la paralización o neutralización
de las energías opuestas,
por desintegración de dentro
hacia afuera, escapando de
la fuerza centrípeta, a semejanza
de lo que acontece con la
materia que se desintegra
en sus electrones.
Es de esperar que se trate de una
presunción sin base.
¿Somos
o nos hacemos?
No se trata de un simple juego de palabras... Es el interrogante profundo y
eterno en la Historia de la
Humanidad... el mismo que
escribe y describe Shakespeare
en su "ser o no ser..."
Lo cierta es que una parte nuestra nace con nosotros y perdura durante nuestra
vida en mayor o menor proporción
de protagonismo, según la
dejemos ser parte activa de
la realidad diaria.
La porción restante de nuestro Ser es el producto de nuestras experiencias vitales,
que pulen la superficie de
nuestra personalidad hasta
sacarle brillo... u opacarla
y quebrarla sin remedio. La
decisión personal y única
que cada uno debe tomar es
proponer los límites sobre
los que balancea el equilibrio
entre el "ser" y
el "hacerse", a
fin de lograr la ansiada armonía
de vida.
Vivir es un sinfín de desafíos a cumplir que imponen no poco esfuerzo. Quienes
pretenden el todo por nada,
tarde -generalmente- descubren
su trascendental error...
Es por todo lo expuesto que el espíritu se forja y surge pleno... siempre que
sumemos nuestra voluntad a
tal fin.
"El
verdadero Conocimiento espiritual
no puede comenzar a menos
que cada uno se dé cuenta
de que cada instante puede
ser el último". George Gurdjieff.