Una búsqueda que nos acerca a nosotros mismos
¿Sos o te hacés?

Por Julio Archet

Si te importa y te preocupa, aunque sea un poco, tu actual forma de vivir la vida y quisieras cambiar, o tal vez simplemente reestructurar tu presente para condicionar un poco mejor tu futuro, es muy posible que estés incluido en el inmenso cúmulo de buscadores del yo... para los que ser o hacerse, casi es lo mismo...

La enorme diferencia entre reconocerse desde el orígen o creerse el resultado de la auto-elaboración espiritual puede resultar caótica si no se expresan y pautan los límites con absoluta precisión. Cuerpo y espíritu... la eterna dicotomía -aparente, por supuesto-
Claro... a más de uno ni hablarle sobre el espíritu.
-"¿Lo qué?"  te dicen, con mirada despavorida... "eso del espíritu es cosa de religiones... y yo no creo en esas cosas..." Y se te quedan mirando, como si hubieran hecho alarde de la más perspicaz de sus elucubraciones.
Con negar no evitamos que exista pero, por las dudas y el miedo a descubrir algún que otro misterio, aquellos que tienen los pies absolutamente afirmados sobre la tierra (más bien diría "pegados") enfrentan la Verdad Universal con la más ingenua liviandad.
Lo que no se ve no existe. Esa es su filosofía y guay de quien se la discuta.

Pero la Verdad sigue ahí, mal que a ellos les pese.
De todas maneras, no están absolutamente equivocados. La indiferencia también forma parte de la estructura de pensamiento con que estamos "equipados" a fin de no tener la completa consciencia de quiénes somos y de dónde vinimos.
La "conexión" del bebé en la panza con su Verdadero Ser comienza a perderse luego del parto y más aún cuando el contacto con quienes lo rodean comienza a plasmar una realidad integralmente opuesta a la que su pequeña y poderosa mente "más espiritual" concebía desde su matriz.

Y la vida se desenvuelve frente a sus ojitos... y debe aceptarla como tal, con sus derechos y reveses. Y es allí donde comienzan los mecanismos de defensa a tomar protagonismo. La apabullante realidad debe ser combatida con explicaciones más reales, y comienza entonces un proceso de auto-estimulación hacia lo material que lo aleja inexorablemente de su intangible comienzo. En definitiva -y genéricamente hablando- se hace Hombre...

La sociedad de la mesa redonda

En uno de los capítulos de su libro "Plumas al Viento", el Dr. Juan Seperiza Zaninovich, me y nos regala una hermosa reflexión:
Los demás también tienen su historia. Cada uno de esos que ves, amigo lector, quienquiera que seas, uno, otro y otro de los que pasan a tu lado y miras como seres extraños y que a ti no te importan, es un protagonista. Cada uno de ellos, es un Yo y, decir Yo, es decir centro del mundo.
Para ti, tú eres centro del Universo, lo de más importancia que hay en él. Para ti, el mundo existe mientras tú existas; en tanto haya un hálito de vida consciente en tu ser. He aquí la prueba más irrefutable de que tú eres su centro y su base.
Para cada uno de los otros, es como tú... es otro tú.
¿Cómo armonizar tantos "Yo"? ¿Cómo centrar tantos "centros"? Pues, no hay más que considerar la vida social humana como una gran "mesa Redonda", donde todos y cada uno son los primeros.

Los posibles

En el hombre, los tres aspectos de la existencia: pasado, presente y futuro, se funden en otros tantos estados anímicos de interés individual: recuerdos, actividad o preocupación presente y perspectivas para el porvenir.
Los aportes del pasado, que incuban la experiencia e hilvanan el yo pretérito con el del instante que se vive para formar la personalidad, no constituyen volutas de humo que se desvanecen en el tiempo; no vuelven a la nada. De ninguna manera. Los sedimentos que dejan, sirven de viento propulsor a las acciones que se suceden; van marcando el rumbo a la vida; determinan la modalidad de actuación del individuo. Si en el pasado no hubiera ocurrido esto o aquello: si tal o cual no hubieran tenido una determinada conducta para ese "yo", las acciones posteriores de este último, no habrían llevado al giro que tomaron.
El "yo", la "personalidad" de un hombre adulto, forma un bagaje cada día más voluminoso y pesado. La cámara de los hechos, de las experiencias, se va llenando hasta llegar a abarrotarse, ordenada o desordenadamente.
Si fuera posible ponderar ese bagaje psicológico de los individuos, lograríamos conocer por su volumen y peso la intensidad de una vida.

¡Cuán compleja es la vida humana!

¿Se ha detenido a pensar el lector que me sigue en el curso de esta disquisición, en las incontables posibilidades de su existencia?
No me detengo a analizar las posibilidades de su origen genético. Pero... si sus progenitores, en vez de radicarse en un determinado lugar, hubieran elegido otro; si su educación hubiera transcurrido en otro ambiente, dentro de distinta idiosincrasia; si ya en edad de razonar y determinar sus actos, hubiera tomado por una senda apartada de la que eligió ¿habría sido lo que fue y es?
Como es natural, a cada nueva posibilidad, ante cada "sí condicional" que se agregue, se presentan mayores bifurcaciones, aumentándose las posibilidades en progresión, al menos aritmética.
El hombre maduro, que ya fatalmente ha enderezado por un camino del que no puede retornar, ¡con qué ansias muchas veces desea reiniciar la ruta!
Que no se diga que el hombre cabal debe estar satisfecho "por siempre" de su conducta.
No; no hay hombre, por más perfecto que sea considerado, que pueda sentirse plenamente concorde con su vida. Debemos emprender la marcha ante el desconocimiento del futuro y, ese futuro, cuando llega a presente, nos juega con frecuencia muy malas pasadas. No existe el hombre a quien el futuro haya guardado lealtad absoluta.
No siempre se querría reiniciar la vida desde su comienzo; pero no podemos menos de decir: "si me fuera dado volver a ese recodo del camino, no torcería a la derecha, como lo hice, sino a la izquierda". ¿Qué sorpresas nos traería ese nuevo ramal? He allí la hermosa disyuntiva...

Avance y retroceso

La psicología humana, individual y colectiva, gira en oscilaciones de avance y retroceso, sin salirse de límites fijos y definidos. En la materia inerte, en la materia viva y en la vida espiritual humana, ocurre exactamente lo mismo.
Lo que diferencia a esta última de las otras evoluciones, es que las dos primeras, en todos sus aspectos, tanto en lo fundamental, como en las modalidades formales, son siempre iguales. En la humana, en cambio, la forma varía ya que, tratándose de seres dotados de inteligencia, entra en juego la elucubración, la invención, la captación de las Leyes físicas y, por ende, los medios van siendo diversos, sin que por ello se transmute la base fundamental.

La explicación de lo dicho la encontramos en que todo lo que existe en el Universo, incluido el hombre, es limitado, en su razón de causas segundas, o seres finitos. Lo único ilimitado que hay en el ser humano, es su entendimiento, en cuanto que a las posibilidades de su conocer, no cabe demarcarles confines; pero sí que son limitadas sus nociones de cualquier momento definido.
De aquí se deduce que, necesariamente, fatalmente, llega un momento en que se impone una reacción ante una tendencia que toca el punto máximo. De lo contrario, sobrevendría la catástrofe, la destrucción.
Quizá si el fin de la especie humana se produzca, no por un cataclismo de los elementos físicos, sino por un cataclismo psíquico colectivo, ante la falta de una reacción, que hasta aquí siempre se ha presentado en el momento oportuno, salvando a la Humanidad.

Es la Ley de las compensaciones y de la conservación, que actúan al igual que la de la gravedad y atracción, en el mantenimiento armónico de las partes del Universo. Si por una vez se suspendieran sus efectos o una causa extraña viniera a perturbarlos, esa armonía se desbarataría en forma de cataclismo.

Todo tiene su límite

Todo se conserva o se transforma, sin que nada se pierda; Ley Universal que, para la materia, se comprueba patentemente en las experiencias de laboratorio.
En lo psicológico, tiene demostraciones tanto en lo individual, introspectiva o extrospectivamente; como también en lo colectivo, para la acción simultánea y para la sucesiva de los tiempos.

En el individuo, cuando su acción es concorde con la Ley Universal, o imperativo categórico, según Kant, ella está dentro de la armonía. Cuando obra en desacuerdo con la expresada Ley, actúa la conciencia en su papel de juez y de verdugo. Puede ésta ser acallada, con un esfuerzo que repercute necesariamente en otras actividades: cambios fatales en el carácter, anomalías orgánicas y en un sinnúmero de accidentes que, en apariencia no guardan relación.

Para el creyente, la compensación absoluta se encuentra más allá. No obstante, es indispensable que también ocurra aquí, para que no quede burlada la especie viviente. En infinidad de casos, queda oculta a los ojos más avizores; pero no es razón para negarla. Cada cual, en una u otra forma, lleva en sí su propia compensación.
Para cada acción colectiva simultánea, para cada determinada generación, la compensación existe como aplicación del adagio antiguo: "corruptio unius, est generatio alterius". Lo perdido por unos, es lo ganado por otros y viceversa.
Para la sucesión de las edades, supuesto que la vida de la especie es una solo desde sus orígenes hasta el día en que llegue a desaparecer, con el pecado original o sin él, aceptando la efectividad de los atavismos y taras, igual que si se niegan, una edad es hija legítima de la anterior, de la que recibe su cultura y educación, sus virtudes como sus vicios, pagando sus consecuencias, enriqueciéndose con sus beneficios. Sobre ella recaen siempre, cuando de puntos extremos se trata, el peso y las penas evolutivas o revolucionarias, a causa de las deficiencias que tiene su cuna y raíz en las anteriores.
Esta Ley de la conservación y de las compensaciones, en cuanto a lo material, es efecto de que la Creación fue una y para siempre y, en cuanto a los actos psíquicos, individuales y colectivos, a que son ejecutados por seres finitos e influenciables que, como tales, han de desenvolverse en un ciclo cerrado.
En lo que respecta a nuestra generación, la que, indiscutiblemente se caracteriza por un materialismo práctico en todos los aspectos de la vida, podemos decir que si ésta va en aumento, no podrá ser ilimitado, sino que, por el contrario, necesariamente, debe surgir una reacción opuesta, como siempre ha ocurrido en la Historia.
Lo contrario significaría que ha terminado el ciclo de la existencia de la Humanidad, la que fenecerá por la ruptura de la armonía, por la paralización o neutralización de las energías opuestas, por desintegración de dentro hacia afuera, escapando de la fuerza centrípeta, a semejanza de lo que acontece con la materia que se desintegra en sus electrones.
Es de esperar que se trate de una presunción sin base.

¿Somos o nos hacemos?

No se trata de un simple juego de palabras... Es el interrogante profundo y eterno en la Historia de la Humanidad... el mismo que escribe y describe Shakespeare en su "ser o no ser..."
Lo cierta es que una parte nuestra nace con nosotros y perdura durante nuestra vida en mayor o menor proporción de protagonismo, según la dejemos ser parte activa de la realidad diaria.
La porción restante de nuestro Ser es el producto de nuestras experiencias vitales, que pulen la superficie de nuestra personalidad hasta sacarle brillo... u opacarla y quebrarla sin remedio. La decisión personal y única que cada uno debe tomar es proponer los límites sobre los que balancea el equilibrio entre el "ser" y el "hacerse", a fin de lograr la ansiada armonía de vida.
Vivir es un sinfín de desafíos a cumplir que imponen no poco esfuerzo. Quienes pretenden el todo por nada, tarde -generalmente- descubren su trascendental error...
Es por todo lo expuesto que el espíritu se forja y surge pleno... siempre que sumemos nuestra voluntad a tal fin.
"El verdadero Conocimiento espiritual no puede comenzar a menos que cada uno se dé cuenta de que cada instante puede ser el último". George Gurdjieff.