El
control de la natalidad es un tema urticante
y muy delicado donde convergen factores
sociales, económicos y también religiosos.
Desde la segunda mitad del siglo XX
a hoy se ha visto una especie de esquizofrenia
social en lo que respecta al derecho
de la mujer a decidir la cantidad de
hijos que quiere tener, y se ha pasado
de un extremo al otro sin dejar que
las verdaderas interesadas hagan oír
su propia voz.
Tenemos
en esta historia, desde una primera
mirada de reprobación por parte del
establishment masculino, que sospechaba y temía a ese gesto de poder
femenino, hasta llegar en la última
década a la casi obligación impuesta
por los más importantes organismos financieros
internacionales quienes, para aprobar
cualquier ayuda monetaria, exigen en
los países del sur del planeta planes
de control de natalidad para las clases
más bajas. Muy poco ha cambiado con
la llegada de Bush a la presidencia
de Estados Unidos, más allá de su postura
anti abortiva.
En
esta problemática se mezclan varios
temas muy complejos. Uno de ellos es
que por primera vez en la historia
de la humanidad y gracias a los anticonceptivos,
desde los años 60 del siglo XX la mujer
fue realmente dueña de su cuerpo, su
sexualidad y de la decisión de tener
o no hijos, libertad conocida sólo
por los hombres hasta ese momento. Para
los grupos patriarcales en el poder,
semejante revolución libertaria era
-y sigue siendo- casi tan inaceptable
como la bolchevique rusa del 17.
Para la misma época, los grupos feministas comenzaron
a aparecer como hongos en todo el occidente
blanco, y por lo general, las mujeres
que militaban en ellos eran de clase
media o alta y con un alto nivel de
educación. La lucha por la igualdad
en los sectores laborales, en los lugares
de acción política, o hasta en las relaciones
dentro del hogar, fue ardua y muy loable.
Las que vinimos detrás de ellas y gozamos
de sus logros como si fuesen derechos
naturales e históricos de nuestro género
no podemos menos que agradecerles la
pasión y el tesón puestos en la disputa.
Pero con el correr del tiempo, y a pesar de que muchos
de los inconvenientes sufridos por las
mujeres continúan –maltrato físico,
abandono de ellas y sus hijos, explotación
laboral, diferencia salarial- los
grupos han caído en la simplificación
de la lucha por el “derecho al aborto”,
o al menos es sólo en defensa de este
supuesto “derecho” cuando se
las escucha.
Es esta una simplificación peligrosa, no sólo porque
significa empobrecer el tema del
control familiar limitándolo a un
método que a todas luces es shockeante
para la madre y terminal para el hijo,
sino por todo lo que se deja de discutir:
necesidad de educación sexual responsable,
de educación mínima para las mujeres
de clases más desfavorecidas, políticas
de salud para la mujer que incluya médicos
no sólo para temas de embarazos sino
para la salud femenina en su totalidad,
enfermedades relacionada también con
las largas horas de trabajo que sufren,
o enfermedades de la tercera edad típicamente
femeninas, etc.
Es verdad que más del 70% de las mujeres que mueren
como consecuencia de abortos inducidos
es pobre. Por supuesto que entre
quienes cuentan con los aproximadamente
$3.500 que cuesta un aborto en un lugar
seguro, clínicas que cuentan con anestesistas,
cardiólogos y la limpieza necesaria
para no sufrir una infección posterior,
el porcentaje de muertes es infinitamente
más bajo. También es verdad que cuando
algún político intenta lanzar una campaña
de sexualidad responsable los sectores
más retrógrados de la población, con
la Iglesia a la cabeza, salen a enfrentarlo
con todo el poder que aún detentan,
llamándolo abortista aunque sea,
justamente, el llegar a esa instancia
final lo que se trata de evitar. Mismos
grupos que ya están haciendo lobby
en contra de que la jueza Argibay llegue
a la Corte Suprema de Justicia porque
comentó su postura a favor de la libertad
de la mujer a abortar.
Pero es hipócrita por parte de un Estado como el
que supimos tener hace años en nuestro
país, con Menem en la presidencia, luchar
denodadamente contra el aborto y no
hacer absolutamente nada por los miles
de niños desnutridos y viviendo en condiciones
de extrema pobreza. También es poco
serio que un juez de la Nación decida
que una niña de 10 años, violada por
un familiar, deba llevar adelante un
embarazo para proteger los derechos
del nonato. Un no tajante frente a cualquier
tipo de abortos es tan necio e injusto
como lo contrario.
Veo
en el trato de este tema un error que
se repite con muchas problemáticas mundiales,
extrapolar los intereses y las soluciones
del occidente blanco y cristiano a todas
las poblaciones del mundo, sea cual fuese su cultura, sus valores y sobre todo
sus verdaderas necesidades. Si a Occidente
le gusta o le conviene, se hace y punto.
Para las mujeres de las sociedades de
consumo tener hijos es costoso en dinero
y oportunidades personales perdidas.
Trasladar la lógica de “nosotras
estamos mejor sin muchos hijos y
ustedes siguen mal porque tienen
muchos hijos”, es un error.
En otras sociedades, o incluso en otras clases sociales,
el tener muchos hijos no es una desgracia,
sino más bien, algo que les da status
y jerarquía dentro de su comunidad,
como por ejemplo en el Islam o en algunas
culturas africanas. La mujer se encuentra
entre un deseo propio, una imposición
de la sociedad y de su pareja por tener
numerosos hijos y por otro lado se ven
sometidas por los organismos internacionales
a dejar de tenerlos. Cualquiera decide
menos ellas.
Naciones
Unidas llevó a cabo en Nigeria, hace
unos años, una iniciativa de “maternidad
sin riesgos”. Los primeros afiches que pegaron en
las calles decían “Hijos: cuando
quiero y si quiero”. Esto que podría
parecer normal en las calles de cualquier
gran ciudad europea o americana resultaba
inexplicable en el contexto africano.
Es impensable una frase así en boca
de una mujer de la zona para la cual
tener muchos hijos es no sólo deseable
sino honroso dentro de la comunidad
y la esterilización la marginaría de
su sociedad.
También
los médicos occidentales suelen cometer
errores. No es raro escucharlos decir que las mujeres africanas
o islámicas que se niegan a un control
de la natalidad son irracionales o poco
conscientes y, desde su espacio de poder,
el que les otorga el conocimiento de
las ciencias de la salud, sentencian.
No es desconocido para nadie que han
existido en Latinoamérica -Perú y Brasil-
planes de esterilización sin el consentimiento
de las mujeres, por lo general indígenas.
Angela Da Silva, perteneciente al Movimiento Negro
Unificado del Brasil, ingeniera
agrónoma, descubrió que para financiar
la preservación de la Amazonia, el Banco
Mundial, de ahora en adelante le exige
al gobierno brasileño que implemente
la planificación familiar en la gente
de la zona, a cambio de las ayudas
necesarias para la mejora de los bosques.
Su
cambio de perspectiva en el tema lo
tuvo cuando en un viaje a Europa,
descubre que allí, en contraposición
a lo escuchado en los países pobres,
la política de población era pronatalista,
para que las mujeres europeas blancas
se reproduzcan. Lo que era normal entre
los ecologistas para la fauna y la flora
lo era también para las personas. ¿Por
qué los derechos de las poblaciones
pobres del mundo, que son las que menos
consumen, no eran respetados de la misma
manera? Es normal controlar a las
mujeres si son africanas o latinoamericanas.
Es normal controlar los continentes
pobres y a su población que no hace
falta para el mercado, que sobra y se
puede tornar peligrosa en sus intentos
por buscar un lugar mejor.
Mientras
la población de África se duplicó, la
producción de alimentos se triplicó.
No es la cantidad de gente que hay en
este mundo sino cómo se distribuyen
los bienes el real problema a tratar.
Dar por supuesto que las mujeres pobres
del Sur quieren tener pocos hijos o
no tenerlos es negarles el derecho a
decidir. Educarlas, brindarles salud
y protección es la función del Estado.
Ellas mismas decidirán cuántos hijos
tener y cuándo. No es función del mercado
mundial decidir si es mejor que los
chicos pobres no nazcan. No podemos
caer en la trampa tomando una postura
supuestamente progre cuando en realidad
es sólo snob o fruto de la ignorancia
sobre el tema. 