| Digo,
para los que leemos columnas como esta, ¿Qué
hicimos para no llegar a esta situación? No,
no sólo con palabras, no cuenta. ¿No seremos
de esos que decimos que los argentinos “somos
tan extremistas que a veces nos creemos los
peores del mundo”? Porque el único error incurrido
en esa expresión es el “a veces”. Somos corruptos,
indolentes e inútiles a más no poder. A otros
pueblos les fue dado casi nada y de ello hicieron
casi todo, a nosotros, con casi todo, no hicimos
nada. Bueno, ojalá no hubiéramos hecho nada,
estaríamos infinitamente mejor.
Con
el escarnio –que de esto se trata esta columna,
como ya quedó expuesto- a nuestro comportamiento,
los argentinos tenemos dos actitudes habituales
y equivalentes: la recién mencionada que habla
del extremismo y con ese recurso elude la
confrontación, o la del asentimiento verbal
y gestual ampuloso, repetido movimiento vertical
de cabeza incluido. En ambos casos el efecto
es el mismo: ninguno. Sin embargo esta catarsis
sirve, aunque más no sea, como descarga emocional
por la impotencia que genera ver el indigno
conjunto social que representamos.
Geniales
inventores, creemos que el mundo se sigue
asombrando del colectivo y la birome, dos
de los principales avances de la humanidad,
en nuestro concepto. El resto de la evolución
de la raza, según nuestro sabio parecer, cualquier
mono medianamente estúpido lo hubiera logrado.
Y en menos tiempo, seguramente. Así de engreídos
somos.
Sin
embargo, es cierto que la parte civilizada
del planeta nos tiene por un pueblo distinto:
No hay sociedad que haya recibido tanto de
lo bueno que existe en esta bola de tierra
y agua que habitamos, que se empeñe en desperdiciarlo
en la forma vergonzosa y continua en que nosotros
lo hacemos. Hasta existen –y no es cuento!-
lugares en los que somos materia de estudio
por esto. Es como dice el chiste ese sobre
las riquezas que Dios le dio a cada pueblo,
que termina con el Creador justificando su
excesiva dadivosidad para con nuestras tierras,
respondiendo a las quejas de los otros países
algo así como: “no protestéis, que para compensar,
a esa tierra la poblaré con argentinos”.
Es
así nomás. Existe, sin embargo, un arte en
el que somos tan creativos como el que más:
el de las excusas. Siempre la responsabilidad
por los errores, las falacias y las estupideces
que protagonizamos, es de alguien más. Vale
recordar aquel famoso monólogo de Tato (“la
culpa es del otro”) que cada tanto, como un
espejo para reflejar nuestra idiotez, alguien
tiene la lucidez de poner al aire. Pero ni
aún así reaccionamos.
De
seguir por este camino, llegará el momento
en que volveremos a cuestionar a la democracia
como sistema de organización social eficiente
para mejorar la calidad de vida de la gente.
Todo con tal de no cambiar nuestro comportamiento
ni cuestionarnos como individuos o como sociedad.
Lo que me trae a la mente –para terminar con
las comparaciones mitológicas- la fábula de
la rana y el escorpión, en la que éste termina
matando a la primera, aún a costo de su vida,
por no poder rebelarse contra su naturaleza
depredadora. Una vez más...
Cabe
preguntarse cómo se sale de una encrucijada
como esta: aceptamos ser guiados por quienes
son elegidos por la mayoría de nosotros. Esta
mayoría (que no son siempre “los demás”, sino
que a veces nos incluye) ineludiblemente corona
gobiernos corruptos e ineficientes que nos
llevan a una situación peor que la existente
al momento de asumir su mandato. Luego de
un lapso que puede ser de uno o dos ciclos
presidenciales –dependiendo de cuánto disfrutemos
la vejación a la que nos someten-, los desterramos
con furia. Como la “viuda negra”, la araña
que mata a su pareja después de copular con
ella.
Hay
dos explicaciones posibles para este comportamiento
colectivo: la primera es que esos gobiernos
nos representen tan fielmente que, más allá
de que no podamos admitirlo “de la boca para
afuera”, el sistema estaría funcionando de
mil maravillas, ya que nuestros “representantes”
serían, entonces, como en pocos otros territorios
de la tierra, “representativos” de sus “representados”
(aunque esta frase parezca escapada de una
canción de Sabina). Con todo lo que esto implica
sobre nuestra verdadera moral.
La
otra posibilidad es que exista una amplia
mayoría de electores incapacitados para hacer
correctamente su tarea, la de elegir –por
sus carencias educativas, culturales y hasta
de salubridad-, que resulten fácilmente captables
a través de prácticas (degeneraciones, en
realidad) políticas tales como la demagogia
o el clientelismo. Con lo que la “solución”
del problema sería retroceder un siglo y volver
a una forma menos abierta de elección de autoridades
de gobierno, como lo sería un sistema de “voto
calificado”.
Como
no parece lógico pensar que ninguna de estas
dos explicaciones sea aceptada por la mayoría
de los argentinos, es sencillo predecir que
estamos condenados a seguir siendo una especie
extraña de pueblo autodestructivo, muy eficiente
en su tarea. La de la autodestrucción, claro.
No
debería hacer falta aclararlo, pero -tratándose
de argentinos- aún así, mejor hacer expresa
mención a que esta opinión es una generalización,
lo que no quita que existan –todos conocemos
muchas- excepciones desde el punto de vista
de la consideración individual de las
personas. Aunque al analizar el conjunto,
no podemos dejar fuera de él a ningún integrante
de la sociedad.
Lo
que implica que aún a la gran cantidad de
argentinos lúcidos a los que escuchamos o
leemos cada tanto, se los puede seguir juzgando
lúcidos en tanto individuos, y estúpidos en
tanto argentinos como categoría abarcadora.
En
todo caso, sin pretender –obviamente- “enmendar
la plana” a nadie, me tomo el atrevimiento
de sugerir, a quienes conjeturan los cambios
necesarios para que salgamos de este estanque
putrefacto en que estamos, que a lo mejor
los argentinos no queremos –como conjunto
social- cambiar. Es decir, que queremos otros
resultados (calidad de vida), pero siguiendo
los mismos procedimientos (comportamientos).
Sí,
sabemos que es difícil que, con la receta
y los ingredientes de una torta de chocolate,
obtengamos un locro. Pero... y ¿por qué no?
Después de todo, somos distintos... más creativos
y más vivos que el resto. ¿No está
de acuerdo?
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