¡Heil,
Florencio!
Dos
casos expuestos en el Juicio por la Verdad, que llevó
adelante en 2001 el Tribunal Oral Federal marplatense,
o bien fueron tergiversados o bien no fueron siquiera
publicados por el diario La Capital y, lo que es
más grave aún, por el mismo Diario del Juicio.
Florencio Aldrey Iglesias, a partir de recientes acciones
judiciales, vuelve a revelar su totalitarismo, su manejo
espurio de la información y su calidad de censor, situación
a la que algunos periodistas de su medio se avienen y
otros sufren.
Basta con
mirar el edificio ubicado en avenida Champagnat 2551:
una construcción precaria, baja, con pequeños ventanucos
—que en una época tapaban las mismas estanterías del Archivo—
que a la vez sirven para exponer a los periodistas a la
visión pública pero esencialmente hace que reciban poco
aire y poca luz. Los mismos integrantes de la redacción
de La Capital llaman a su lugar de trabajo diario
durante siete horas (que exceden las seis del Convenio
que el dueño del multimedio desconoce y siempre terminan
siendo más de siete) “La Cárcel”. Algunos son más puntuales
y le dicen “Alcatraz”. Los rumores corren en voz baja,
en el pasillo donde está instalada la máquina de café,
siempre mirando en derredor para que ningún jefe ni ningún
“alcahuete” los tome desprevenidos. El autoproclamado
“diario más diario” semeja, en su arquitectura y en su
dinámica interna, más que un reducto de la libre expresión,
un campo de concentración. Y, a su manera, lo es.
La Capital
informa lo que quiere, es decir, lo que le conviene al
presidente de su “Directorio” (figura que pretende ocultar
un poder unipersonal, oscuro y omnímodo) y lo que sus
obedientes esbirros hacen que se publique. El “delfín”
de Florencio y uno de los dos jefes de redacción, Marcelo
Silvio Pasetti, recorre una y otra vez el pasillo
—paralelo a Champagnat— que lleva de la parte periodística
(si así se la puede llamar) a la parte empresarial, para
recibir las órdenes del “Ciudadano Kane” y “bajar línea”
a los redactores. Desde su cubículo, la jefe de personal,
Marcia Hoet, se encarga diariamente de perseguir
a los trabajadores con planillas ilegales que registran
todos sus movimientos dentro y fuera de la “cárcel”, amenazas
y “chicanas” psicopáticas, análogas a las que hace un
par de años denunciaron públicamente un grupo de trabajadores
de otra empresa de Florencio, lácteos “Amanecer S.A.”.
En ese clima que remeda Auschwitz ¿se puede ser un periodista
que no decline sus principios éticos y de verdad brinde
“sus noticias, que siempre son primicias”? Ardua, difícil,
imposible tarea. El diario La Capital es un bastión
de poder del empresario más corrupto del que tenga recuerdo
Mar del Plata y su misión es desinformar a la comunidad.
Censura,
disimulo y omisiones
La Capital,
como todo diario, tiene un archivo. Allí se apolillan
y empolvan las colecciones encuadernadas del matutino
incluso desde antes que Aldrey Iglesias fuera su propietario.
El acceso al mismo está cerrado al ciudadano común y su
uso por parte de los propios periodistas no es el que
corresponde, a veces por propia desidia, otras veces por
falta de tiempo, otras porque se hace imposible encontrar
un sobre mal colocado, un tomo robado o perdido en la
mudanza, hace ya décadas, del edificio de Hipólito Yrigoyen
entre Alberti y Rawson, que actualmente ocupa LU9. Y otras,
porque lisa y llanamente hubo nombres e informaciones
que se borraron. Casualmente, muchos, la gran mayoría,
correspondientes a las violaciones a los Derechos Humanos
durante la última dictadura militar, de la que Florencio,
el censor, fue indiscutible cómplice.
En un artículo
publicado en La Capital del 12 de febrero de 2001,
páginas 3 y 4, en el que se cubría la audiencia del Juicio
por la Verdad y trataba el asesinato de la estudiante
de Arquitectura, Silvia Filler, por parte de un
comando de la CNU (Concentración Nacional Universitaria,
un grupo armado de ultraderecha) alguien escribió: “cabe
recordar que [el doctor Gustavo] Demarchi formaba
parte de las autoridades universitarias de la época”.
Pero la información no era exacta, y Demarchi recurrió
a la Justicia Penal.
Por otra
parte, el 9 y el 16 de abril del mismo 2001, en
el marco del mismo Juicio por la Verdad, declaró el periodista,
escritor y gremialista de Prensa Amílcar González,
una de las personas más comprometidas y, por lo tanto,
perseguidas durante la dictadura. González, en tiempos
más venturosos para el país, había trabajado en La
Capital, de donde era uno de los redactores más destacados.
Sin embargo, en 2001 La Capital omitió dar cuenta
del testimonio en el que Amílcar involucraba como cómplice
de la represión al mismísimo Aldrey Iglesias. Y, lo que
es más grave, el Diario del Juicio, documento supuestamente
dedicado a preservar la memoria de los hechos más aberrantes
de la historia argentina y redactado por una persona
que integra la redacción de La Capital, estos dichos
de González también se omiten, como lo hizo constar el
propio periodista en una carta del 14 de febrero de
2002 dirigida a la Comisión del Juicio por la Verdad
y titulada “La censura, los disimulos y las omisiones
son un modo flagrante de la represión”.
El
juicio al Juicio
El 26
de julio de 2004, ante el doctor Demarchi por derecho
propio en ejercicio de la profesión y el doctor Jorge
Enrique Kempner, apoderado de Editorial La Capital
S.A., declararon en la causa “Demarchi Gustavo
Modesto c/Editorial La Capital S.A.” cinco miembros
del diario La Capital: el jefe de redacción Oscar
Segundo Lardizábal; la secretaria de redacción Susana
Mabel Scándali y los redactores Walter Daniel Della
Torre, María Limay Ameztoy Oneto y Eduardo
Juan Bouisson. Todos se refirieron a los casos Demarchi
y González. Las declaraciones son sorprendentes, o
al menos habrán sorprendido, o sorprenderán, a Aldrey
Iglesias, dado que los cinco periodistas mostraron una
firme voluntad de contar los hechos tal como ocurrieron,
aunque ello fuera en desmedro de los intereses del empresario.
La Justicia les otorgaba, evidentemente, la garantía de
libertad de expresión que día a día el empresario gallego
les suprime.
De las
veintiuna preguntas que les fueron formuladas a cada uno,
las más importantes se refieren a la existencia y manejo
del archivo, donde se podría comprobar el dato de si Demarchi
fue funcionario de la Universidad cuando fue asesinada
Filler, si algún testigo involucró a directivos del diario
La Capital por el secuestro y desaparición de personas
durante la dictadura (en referencia al testimonio de González)
y, en el caso de los trabajadores jerárquicos, su responsabilidad
sobre la publicación del artículo. Lardizábal respondió
—luego de que el apoderado de la empresa intentara desechar
la primera cuestión, lo que le fue denegado— que “no
recuerda haber supervisado esa nota [...] por tener
franco”, que “no le consta” si se recurrió
al archivo y que “cree que sí, algún testigo, fue Amílcar
González” así como que “tiene entendido que sí”
se publicó el testimonio.
Seguidamente
declaró Della Torre. Sobre la imputación a Demarchi, señaló
que “sólo lo leyó en lo que salió en las publicaciones
periodísticas” (La Capital y El Atlántico).
Sobre el archivo, que “no tienen el archivo que les
gustaría tener, se refiere a que no está sistematizado,
por lo tanto es bastante complejo buscar información”
así como que la diversidad de tareas que se les encomienda
a los periodistas “genera limitación al momento de
recordar una fecha”. Y sobre González, que fue él,
que recuerda haberlo leído en El Atlántico y que
“cree que La Capital mencionó que declaraba ese día
o había declarado ese testigo, Amílcar González. Pero
no recuerda que se haya publicado lo que declaró”.
Ameztoy
Oneto dijo que “nunca escribió nada” referido a
Demarchi. Sobre el archivo, que no sabe si se encuentran
allí todas las publicaciones porque “hubo algunos problemas:
inundaciones, robos”, y que su uso “depende del
caso y de la necesidad del periodista, del criterio del
periodista”. Acerca de los dichos de González, que
ella cubrió como periodista, que “recuerda que hubo
una exposición sobre el papel de La Capital”, que
la referencia fue “de crítica” y que esos juicios
“no fueron publicados” por el diario.
“Susy”
Scandali aportó sobre Demarchi que “no sabe, pero se
desprende de la crónica que sí, que lo debe haber dicho
[el doctor Alfredo] Battaglia”. Acerca del
archivo, que “no sabe” si se recurrió a él para
cubrir el caso Filler. Y sobre González, que “Tiene
entendido que sí” involucró a directivos de La
Capital, que ello “no” se publicó en La
Capital y sí en otro medio gráfico local, que “cree
que es El Atlántico”.
Finalmente,
Bouisson explicó que “no sabe cuál es la declaración,
viene recién de vacaciones y no está muy enterado del
tema en particular” y que “Es difícil consultar
el archivo cuando no se dispone de datos puntuales”.
En cuanto al involucramiento de directivos de La Capital,
sus declaraciones fueron palmarias: “Sí, presenció
particularmente, que Amílcar González [...] deslizó
sumas críticas contra el diario”, que “cree que
nombró al actual director Aldrey Iglesias”, que esa
información “no, no fue publicada”, que los que
determinaron que la cobertura fuera parcial fueron “los
jefes de redacción, Marcelo Pasetti y Oscar Lardizábal”,
que “es común que si se desliza una crítica a un medio,
éste no la publique” y que esta limitación anticipada
“podría considerarse censura previa”.
Las
palabras de González
Como señalamos,
el 14/2/02 González envió una carta a la Comisión del
Juicio por la Verdad en la que critica seriamente el número
1 del Diario del Juicio por la Verdad, donde, dice,
“de mi testimonio, al ser glosado en forma incompleta
y no textual, se ha suprimido una parte decisiva”
relativa a “los instigadores y los continuadores”
de la represión dictatorial. Allí reafirma: “Ese
hombre es Florencio Aldrey Iglesias, que fue cómplice
activo y residual de la dictadura militar y,
en esa condición, persiguió al Sindicato de Prensa y a
sus dirigentes” y, en 1984, junto con el intendente
Roig, el secretario de Turismo Ruberto y
el ministro de Trabajo nacional Casella “armó la intervención
al gremio e impidió que me reincorporaran a la agencia
Télam, [...] también se ocupó de prohijar una lista
opositora y amañar mi juicio por despido, cuyo expediente
hizo desaparecer”. Y agrega que ello sigue ocurriendo
“ante la mirada absorta cuando no tolerante de los
sectores de poder de la ciudad, léase: políticos, eclesiásticos,
sindicalistas, funcionarios, artistas, deportistas y casi
todos los periodistas, con la excepción de José Luis Jacobo,
que ha denunciado, con tenacidad, los estropicios de «Florencio»”.
“Iglesias
es un depredador especializado en periodistas”, señala
Amílcar González, “todos los daños que pueda hacer
al usufructo laboral de cualquier trabajador no se compara
con el estrago que realiza con la manipulación pública
y con la mentira” y “ha convertido lo que
pasa en la ciudad y la zona en una vulgar mercancía”.
“Quienes trabajan para este señor —en La Capital por
ejemplo— pasan más vicisitudes con la deontología [ética]
profesional que los periodistas del Völkischer Beobachter
o Izvestia, clásicos modelos de prensa totalitaria, donde
al menos, los que allí escribían conocían la línea editorial,
la compartían de antemano y no la tenían que cambiar de
improviso de acuerdo con la marcha errática de los negocios
del turismo, la publicidad o el dulce de leche”. “En fin,
a la censura, la Comisión y los juicios se la comieron.
El más glotón fue [el juez] Falcone, que la consintió
explícitamente durante un reportaje servicial y seguramente
pactado. Para que la obsecuencia fuera palmaria, se dejó
fotografiar por otro denunciado, el fotógrafo policial
Oscar Alfonso”, quien aún cumple funciones en La
Capital.
Pero ¿qué
dijo Amílcar González sobre Aldrey Iglesias? ¿Lo nombró?
¿Y a La Capital? Las Actas del Juicio son
claras y aquí está su transcripción textual: “En diciembre
de 1983 regresó a Argentina y volvió al sindicato. En
abril de 1984 el Ministerio de Trabajo le intervino el
sindicato y la intervención fue operada por César Casatkin,
que era de la UCR. La policía quería ingresar pero no
la dejaron. Presentaron un recurso de amparo y el juez
ordenó no innovar. El interventor asignado era Chávez,
cuyo jefe era socio de Aldrey Iglesias. Cuando volvió
al país pidió la reincorporación a Telam, y le contestaron
afirmativamente, hasta que apareció el tándem, Roig -
Aldrey Iglesias”. (9/4/2001)
“Para
González la censura en La Capital aún existe, basta con
ello analizar la manera en la que se publicó la audiencia
anterior, donde se suprimió mucha información y se omitió
referir a nombres alegados en su declaración; no se consignó
el nombre del Dr. Cincotta, ni el del Dr. De la Canale,
ni al represor Racedo ni sus críticas hacia el Diario
La Capital. Contrariamente el Diario El Atlántico informó
todo.” (16/4/2001)
Quien quiera
ver, que vea: www.nuncamas.org. |