“En
mi barrio, en la esquina de Vicente López y Planes y
Marie Curie, hay un predio lleno de ratas, lugar por
el que transitan niños; se arrojan allí perros muertos,
bolsas de basura, pañales, etc. Fui a la sociedad de
fomento y nunca hay nadie; siempre está cerrado, las
ventanas tapiadas”. Tal es el texto de un fragmento
de la carta publicada en el número 361
de este semanario, firmada por una vecina del barrio
Zacagnini, la señora Norma Beatriz Sgromo, quien
recurrió a publicar su queja de este modo, después de
numerosas e infructuosas gestiones realizadas ante la
Defensoría del Pueblo, que le respondió que “no podía
hacer nada”.
El lunes
30 de agosto, la señora Sgromo recibió una llamada en
su domicilio, de parte de una funcionaria que no se
identificó, pero dijo pertenecer a la Defensoría, que
la increpó por dirigir su carta a este medio. A la funcionaria
no le preocupaban demasiado los términos de la nota,
ni el episodio del barrio desatendido por sus fomentistas,
que se ha convertido, según los dichos de la vecina
en entrevista con Noticias
& Protagonistas, en “el territorio
de intercambio de los cartoneros que dejan allí
lo que les sobra”.
Nos dice
la señora Sgromo que “la preocupación era la publicación”.
Ése es el gran tema. Una funcionaria de la Defensoría
que no soporta que sea “ese diario” el que le
saque la mugre de abajo de la alfombra, por más que
sea ella la que no puede hacer nada por sacarla de los
baldíos del barrio Zacagnini.
La funcionaria
al teléfono dijo “usted no debe leer ese medio ni
dirigirse a él”. ¿Le suena esto, estimado lector?¿Le
suena? Vivimos usted y yo en una ciudad donde alguien
puede decirle a un vecino que leer o publicar en este
semanario es “algo que no se debe hacer”.
Refiere
la vecina, que efectivamente se le dijo que un inspector
municipal acudió a la zona, y no registró irregularidad
alguna. Pero la presencia del inspector no le consta
a nadie, ya que él, en el caso de que haya acudido,
no se identificó con los vecinos, ni anunció de modo
alguno su actividad ante la denunciante.
La señora
está preocupada y dolida, dice “somos nosotros, estamos
mal acostumbrados”. Ella sabe, sin embargo,
que la limpieza es una obligación de la municipalidad,
y que, en caso de que tal procedimiento, tan costoso
para los vecinos, no se realice con total solvencia,
es obligación de los contribuyentes alertar sobre la
irregularidad. Ella lo sabe, la funcionaria no. La funcionaria
no quiere verse reflejada en estas páginas, por más
perros muertos que se acumulen en los baldíos locales.
También
sabe ella que las sociedades de fomento como Zacagnini
reciben por lo general un subsidio municipal, con el
cual se financian este tipo de tares.Por eso empezó
por allí, pero el local de la asociación estaba como
el terreno: abandonada de la mano de los funcionarios.
Le recomendamos
lo mejor que se nos ocurre, que es recurrir a las dependencias
de Asuntos de la Comunidad, que tiene potestad sobre
el ámbito de las asociaciones de fomento. Porque al
fin y al cabo, que una ciudad no se convierta en el
feudo de una mujer malhumorada que decide dónde se pueden
publicar las quejas, es un asunto de la comunidad. Que
una funcionaria sin nombre ni apellido increpe telefónicamente
a una contribuyente, que se otorgue el derecho de consultar
sus datos personales y registrar su número telefónico
para así imponer casi con la intimidación su propia
posición acerca de los medios de la ciudad, es también
un asunto de la comunidad.
Mientras
tanto, los micrófonos y las páginas de estos medios
seguirán a disposición de los vecinos que pagan tasas
costosísimas por servicios que no todos los funcionarios
se ocupan de cumplimentar. Seguirán abiertas, porque
los vecinos son gente grande que decide por sí misma
lo que lee y lo que denuncia. La señora de la Defensoría
no asustó a nadie. Norma Sgromo sigue al teléfono con
Noticias & Protagonistas.
Pero queda hecha la pregunta, ¿de quién nos defiende
la Defensoría del Pueblo?¿del pueblo?