ACTUALIDAD

por Rodolfo Olivera

Teoría y realidad

La conjunción de los presupuestos teóricos con los resultados prácticos, razonablemente tiene un margen de desacierto aceptable, máxime cuando se trata de ciencias no exactas (no inmunes tampoco). Ahora, dependerá del margen de error la validez de la Teoría: si es pequeño, la falla no invalida su esencia; pero si el resultado efectivo y comprobable es muy diferente o aún opuesto al esperado, tendrá que reconocer el error.

La Teoría Política suele ofrecer explicaciones valiosas, o cuanto menos pistas sugestivas que, incluso, revisten importancia hasta cuando se arriba a conclusiones opuestas a las que se esperaba. En el esquema de pensamiento liberal (siempre citado por Mariano Grondona, por ejemplo), está presente la figura de Alexis de Tocqueville (en el primer tercio del siglo XIX). Este importante referente se preguntaba cómo poner a salvo la libertad en medio de la igualdad.

Considerando las características de su tiempo, pensaba en un proceso que mostraba una irresistible tendencia a la igualación en el plano social y cultural, o en el orden de las costumbres, las oportunidades, los valores, los sentimientos y las ideas u orientaciones intelectuales. Parecía ser, a su modo de ver, que un sector creciente (apuntando a mayoritario) de la sociedad, se sentía una cómoda en una oprimente, tiránica uniformización general de opiniones, y ligarse a un consecuente Estado tutelar cada vez más grande, centralizado, minucioso, burocrático y "protector".

Lo paradójico es que tal uniformización se produjo, pero exactamente al revés: de la mano de la teoría en la que Tocqueville creía. Para -supuestamente- evitar la uniformización, la supremacía del individuo evitaría los males políticos y hasta filosóficos de la "nefasta" igualación. Sin embargo, siglo y medio después, entronizado el neoliberalismo (financiero), casi podría repetirse textualmente su profecía: se pretendió unificar las opiniones (tanto que el modelo era simple "sentido común").

En vez del Estado fueron los mercados los que crecieron de manera elefantiásica, los que tutelaron a quienes pretendían escaparse del cuadro, los que "protegían" contra los desvíos (con ajustes y ortodoxia financiera), y los que llevaron a la centralización (de beneficios). En algo Tocqueville estuvo acertado: un proceso de este tipo evitaría "igualar"; sólo que... se excedieron en el objetivo, y la desigualdad se instaló como una clara y directa consecuencia de aquel "sentido común" transformado en modelo de gestión económica planetaria.

Sentido común que se trasladó a la opinión masificadora (el pensamiento único) y las propuestas políticas de "esto o el vacío". Supuestamente en contrario al absolutismo centralista (El Estado soy yo), se cayó en otro esquema tan absoluto y tan centralizado como el que se pretendía extirpar. No sólo era "esto o el caos", era "Esto, y de esta forma". Nada más lejos de la "libertad" promocionada. Y a la vez, motor y clave de la desigualdad final. Claro, seguramente (no hay que pensar mal) éste no era el tipo de "desigualdad" en la que pensaba Tocqueville; porque ésta es peligrosa y creciente. Para todos.

Ahora bien, ¿a qué desigualdad nos referimos?, ¿cuál es la desigualdad que ha crecido en el último cuarto del siglo XX? Habría que partir de alguna base, por ejemplo, que las categorías igualdad / desigualdad social estuviesen indicadas por la brecha en la distribución de ingresos entre "los de arriba" y "los de abajo". Este es un criterio bastante aceptado y coherente. Si convenimos en él, entonces habría que ver si es verdad que en algún momento o ciclo de los últimos doscientos años esa brecha se acortó y mostró así un crecimiento real o propiamente dicho de la igualdad (hacia arriba).

No faltan quienes sostienen que tras la II Guerra Mundial esto ocurrió; el mismo Eric Hobsbawm habla de una "edad de oro"; sin embargo, quizá pueda pensarse de otro modo. En la posguerra podría hablarse de un mejoramiento de las condiciones de existencia de los estratos inferiores; pero no, stricto sensu, de una mayor igualdad o menor desigualdad: porque los sectores más ricos siempre se habrían beneficiado igual o más que los más pobres. Es decir, siempre la brecha se habría mantenido o ampliado sucesivamente. Y si era el acortamiento de la brecha el parámetro fijado para analizar la igualación (esperable) entonces, contra la creencia general, lo que se habría mantenido y quizá hasta aumentado, fue la desigualdad.

Claro que existen sofismas ingeniosos y perversos con los que invertir la idea. Por ejemplo, el Informe del BID 2000, sugiere que la desigualdad "importante" ocurre entre el 10 / 20% de la población con el ingreso superior y el resto de la población, lo cual vendría a decir que el 90 u 80% es más o menos igual entre sí. Una igualación por defecto (caída) de los sectores medios (socialmente) o de los Estados no desarrollados (geopolíticamente), paralela al crecimiento de los beneficiarios del sistema. Una pirámide que se afinó hacia arriba, y se ensanchó hacia abajo. Objetivamente es indiscutible: aumentó el número de individuos igualados... en la marginación del consumo, aumentó el número de Estados igualados... en las dificultades para el desarrollo. Una vez más, no era la "desigualdad" pensada ni buscada por Tocqueville. Como tampoco que fuera una deformación negativa de su idea de libertad, la que condujera a semejante crisis (numérica, estadísticamente indiscutible, por más que abunden los Pilatos que hoy se lavan las manos y buscan a quienes endosar responsabilidades).

Hoy los números pueden leerse teniendo en cuenta el aumento de la distancia (desigualdad) entre los pocos que sí y los muchos que no consumen, o la mayor cercanía (igualdad) entre sí de los muchos que no pueden hacerlo. ¿Se entiende?. El problema es que las diferencias se están volviendo tan irritantes, tan visibles, tan abarcativas y tan prepotentes, que acarrean riesgo de explosión. Porque ya no son solo económicas, sino que se expresan en lo cultural, lo educativo, la salud, la ciencia y la tecnología, el acceso o control de los recursos.

Los que salieron bien parados en la década del ´90, estereotipan cualquier cosa con tal de hallar una explicación que los deje afuera del banquillo. Entonces, por ejemplo, se la pasan extrapolando categorías, modelos, incluso antecedentes, de una sociedad (desarrollada y con un determinado contexto) a otra (no desarrollada y en otro contexto), haciendo tabla rasa de los rasgos, de la historia, y de las capacidades y recursos propios.

O bien establecen relaciones técnicas, donde cualquier A o cualquier B actuarán e inter-actuarán de una determinada -y única- manera (he allí el milagro del "sentido común"), lo que inevitablemente llevará al beneficio de todo el conjunto social. No se piensa que todos los A y todos los B son... desiguales. Y que las condiciones, tal y como están dadas, no tienden a resolver la desigualdad indeseable (social), por sostenerse en una igualdad también indeseable, que -¡caramba!- es producto de una idea tan, pero tan liberal, que anuló la libertad (de pensamiento y de opción diferente).

Ideólogos que, también, prescinden a sabiendas de una conceptualización precisa, confundiendo, por ejemplo, datos de la riqueza (potencial) nacional, con la distribución del ingreso. O los números macroeconómicos técnica y políticamente pueden mostrarse correctos, pero que cuando se los relaciona con los índices crecientes de pobreza y marginación quedan frecuentemente malparados. Claro que hasta para eso se ha inventado la respuesta: "estamos mal, pero vamos bien".

No. No vamos bien. A ustedes les fue bien, y a muchos más que ustedes les fue mal. Nunca los trataría de estúpidos, porque no lo son. Nunca los condenaría al silencio porque sería inadmisible. Pero se los puede invitar a pensar y observar (sin anteojeras) la realidad.