Teoría
y realidad
La
conjunción de los presupuestos teóricos con los resultados
prácticos, razonablemente tiene un margen de desacierto
aceptable, máxime cuando se trata de ciencias no exactas
(no inmunes tampoco). Ahora, dependerá del margen
de error la validez de la Teoría: si es pequeño, la
falla no invalida su esencia; pero si el resultado
efectivo y comprobable es muy diferente o aún opuesto
al esperado, tendrá que reconocer el error.
La
Teoría Política suele ofrecer explicaciones valiosas,
o cuanto menos pistas sugestivas que, incluso, revisten
importancia hasta cuando se arriba a conclusiones
opuestas a las que se esperaba. En el esquema de pensamiento
liberal (siempre citado por Mariano Grondona, por
ejemplo), está presente la figura de Alexis de Tocqueville
(en el primer tercio del siglo XIX). Este importante
referente se preguntaba cómo poner a salvo
la libertad en medio de la igualdad.
Considerando
las características de su tiempo, pensaba en un proceso
que mostraba una irresistible tendencia a la igualación
en el plano social y cultural, o en el orden de las
costumbres, las oportunidades, los valores, los sentimientos
y las ideas u orientaciones intelectuales. Parecía
ser, a su modo de ver, que un sector creciente (apuntando
a mayoritario) de la sociedad, se sentía una cómoda
en una oprimente, tiránica uniformización general
de opiniones, y ligarse a un consecuente Estado
tutelar cada vez más grande, centralizado, minucioso,
burocrático y "protector".
Lo
paradójico es que tal uniformización se produjo, pero
exactamente al revés: de la mano de la teoría en la
que Tocqueville creía. Para -supuestamente- evitar
la uniformización, la supremacía del individuo evitaría
los males políticos y hasta filosóficos de la "nefasta"
igualación. Sin embargo, siglo y medio después, entronizado
el neoliberalismo (financiero), casi podría repetirse
textualmente su profecía: se pretendió unificar las
opiniones (tanto que el modelo era simple "sentido
común").
En
vez del Estado fueron los mercados los que crecieron
de manera elefantiásica, los que tutelaron a quienes
pretendían escaparse del cuadro, los que "protegían"
contra los desvíos (con ajustes y ortodoxia financiera),
y los que llevaron a la centralización (de beneficios).
En algo Tocqueville estuvo acertado: un proceso
de este tipo evitaría "igualar";
sólo que... se excedieron en el objetivo, y la desigualdad
se instaló como una clara y directa consecuencia de
aquel "sentido común" transformado
en modelo de gestión económica planetaria.
Sentido
común que se trasladó a la opinión masificadora (el
pensamiento único) y las propuestas políticas de "esto
o el vacío". Supuestamente en contrario al
absolutismo centralista (El Estado soy yo),
se cayó en otro esquema tan absoluto y tan centralizado
como el que se pretendía extirpar. No sólo era "esto
o el caos", era "Esto, y de esta
forma". Nada más lejos de la "libertad"
promocionada. Y a la vez, motor y clave de la desigualdad
final. Claro, seguramente (no hay que pensar mal)
éste no era el tipo de "desigualdad"
en la que pensaba Tocqueville; porque ésta es peligrosa
y creciente. Para todos.
Ahora
bien, ¿a qué desigualdad nos referimos?, ¿cuál es
la desigualdad que ha crecido en el último cuarto
del siglo XX? Habría que partir de alguna base, por
ejemplo, que las categorías igualdad / desigualdad
social estuviesen indicadas por la brecha en
la distribución de ingresos entre "los de
arriba" y "los de abajo".
Este es un criterio bastante aceptado y coherente.
Si convenimos en él, entonces habría que ver si es
verdad que en algún momento o ciclo de los últimos
doscientos años esa brecha se acortó y mostró así
un crecimiento real o propiamente dicho de
la igualdad (hacia arriba).
No
faltan quienes sostienen que tras la II Guerra Mundial
esto ocurrió; el mismo Eric Hobsbawm habla de una
"edad de oro"; sin embargo, quizá pueda
pensarse de otro modo. En la posguerra podría hablarse
de un mejoramiento de las condiciones de
existencia de los estratos inferiores; pero no,
stricto sensu, de una mayor igualdad o menor
desigualdad: porque los sectores más ricos siempre
se habrían beneficiado igual o más que los más pobres.
Es decir, siempre la brecha se habría mantenido
o ampliado sucesivamente. Y si era el acortamiento
de la brecha el parámetro fijado para analizar la
igualación (esperable) entonces, contra la creencia
general, lo que se habría mantenido y quizá hasta
aumentado, fue la desigualdad.
Claro
que existen sofismas ingeniosos y perversos con los
que invertir la idea. Por ejemplo, el Informe del
BID 2000, sugiere que la desigualdad "importante"
ocurre entre el 10 / 20% de la población con el ingreso
superior y el resto de la población, lo cual vendría
a decir que el 90 u 80% es más o menos igual entre
sí. Una igualación por defecto (caída) de los
sectores medios (socialmente) o de los Estados no
desarrollados (geopolíticamente), paralela al crecimiento
de los beneficiarios del sistema. Una pirámide que
se afinó hacia arriba, y se ensanchó hacia abajo.
Objetivamente es indiscutible: aumentó el número de
individuos igualados... en la marginación del
consumo, aumentó el número de Estados igualados...
en las dificultades para el desarrollo. Una vez
más, no era la "desigualdad" pensada ni
buscada por Tocqueville. Como tampoco que fuera una
deformación negativa de su idea de libertad, la que
condujera a semejante crisis (numérica, estadísticamente
indiscutible, por más que abunden los Pilatos que
hoy se lavan las manos y buscan a quienes endosar
responsabilidades).
Hoy
los números pueden leerse teniendo en cuenta el aumento
de la distancia (desigualdad) entre los pocos que
sí y los muchos que no consumen, o la mayor cercanía
(igualdad) entre sí de los muchos que no pueden
hacerlo. ¿Se entiende?. El problema es que las diferencias
se están volviendo tan irritantes, tan visibles, tan
abarcativas y tan prepotentes, que acarrean riesgo
de explosión. Porque ya no son solo económicas, sino
que se expresan en lo cultural, lo educativo, la salud,
la ciencia y la tecnología, el acceso o control de
los recursos.
Los
que salieron bien parados en la década del ´90, estereotipan
cualquier cosa con tal de hallar una explicación que
los deje afuera del banquillo. Entonces, por ejemplo,
se la pasan extrapolando categorías, modelos, incluso
antecedentes, de una sociedad (desarrollada y con
un determinado contexto) a otra (no desarrollada y
en otro contexto), haciendo tabla rasa de los rasgos,
de la historia, y de las capacidades y recursos propios.
O bien
establecen relaciones técnicas, donde cualquier
A o cualquier B actuarán e inter-actuarán
de una determinada -y única- manera (he allí el milagro
del "sentido común"), lo que inevitablemente
llevará al beneficio de todo el conjunto social. No
se piensa que todos los A y todos los B son... desiguales.
Y que las condiciones, tal y como están dadas, no
tienden a resolver la desigualdad indeseable
(social), por sostenerse en una igualdad también
indeseable, que -¡caramba!- es producto de una
idea tan, pero tan liberal, que anuló la libertad
(de pensamiento y de opción diferente).
Ideólogos
que, también, prescinden a sabiendas de una conceptualización
precisa, confundiendo, por ejemplo, datos de la riqueza
(potencial) nacional, con la distribución del ingreso.
O los números macroeconómicos técnica y políticamente
pueden mostrarse correctos, pero que cuando se los
relaciona con los índices crecientes de pobreza y
marginación quedan frecuentemente malparados. Claro
que hasta para eso se ha inventado la respuesta: "estamos
mal, pero vamos bien".
No.
No vamos bien. A ustedes les fue bien, y a muchos
más que ustedes les fue mal. Nunca los trataría de
estúpidos, porque no lo son. Nunca los condenaría
al silencio porque sería inadmisible. Pero se los
puede invitar a pensar y observar (sin anteojeras)
la realidad.