OPINIÓN

por Rosanna González Pena

La violencia escolar
Una cuestión de todos

La gran mayoría de las sociedades latinoamericanas ha visto aparecer en los últimos tiempos a la violencia como una práctica social habitual, con ejemplos a diario de venta de drogas y armas, asesinatos ocurridos durante robos, acciones desmesuradas de algunas fuerzas policiales y violencia contra las mujeres y los chicos. Últimamente vemos con asombro la presencia de la violencia también dentro del ámbito escolar.

Esto forma parte de la gran paradoja de las sociedades latinoamericanas actuales: por un lado regímenes democráticos en los gobiernos y por el otro lado una sociedad que parece aceptar la violencia, o como mínimo resignarse a ella, incorporándola como una práctica más, tanto como la aceptaba en la política cotidiana hace treinta años. La violencia urbana puede ser explicada por la segregación social y espacial de los sectores marginados, por el aumento del desempleo y por el recurso de las acciones directas debido al descrédito de la policía y del sistema jurídico.

Si determinados grupos terminan por aceptarla como una forma más de sociabilidad, como una afirmación de poder, o como forma de control social, la violencia se configura como un dispositivo continuo que no va a decrecer. Usar la fuerza y la cohesión en la relación con los otros estuvo presente hace unas décadas en un nivel macro, desde el Estado, y ahora a un nivel micro, entre los miembros de la sociedad.

La violencia escolar es algo cotidiano en algunas escuelas de nuestra ciudad. Tengo muchos amigos y compañeros docentes en todos los niveles como para poder asegurarlo sin problemas. En los sectores más pobres de nuestra sociedad las maestras luchan todos los días con una realidad que era impensable en los tiempos en que estudiábamos para formarnos como docentes, y muchas de ellas admiten sin vergüenza que no estamos preparados para hacer frente a esta realidad cruda. Y no sólo es una problemática de quienes trabajan con adolescentes sino incluso entre los chicos de nivel inicial.

La violencia escolar no ocurre solamente en los países periféricos, tal como podemos observar a diario a través de la prensa internacional. En Francia por ejemplo, el fenómeno de la violencia escolar es debatido desde 1981 y en esa época se culpaba al cambio de la relación del adulto con los chicos y los jóvenes en medio de una crisis del oficio de educador, unido a la aparición por esos años en Europa del desempleo, los nuevos modelos familiares, una crisis de identidad y el prolongamiento de la adolescencia.

De la experiencia francesa se pueden extraer varias conclusiones y procedimientos para superar la violencia: desenvolver la posibilidad de hablar y hacer que las palabras tomen el lugar de los actos violentos. Muchas escuelas dieron un paso más allá y publicaron un periódico interno, enseñando a los alumnos el poder de la palabra escrita. Por medio de un diálogo casi obstinado se logró en muchos casos la internalización del respeto por el otro, con acciones y sentimientos de reciprocidad que ayudaron a eliminar en parte la violencia en el aula cambiándola por puntos de encuentro.

Este aprendizaje real de libertad vivida en lo cotidiano, a través de acciones de ayuda mutua escolar, de relacionarse con la vida social de la localidad que circunda la escuela, del reconocimiento del pluralismo cultural dentro del espacio escolar, fueron la primera línea de acción contra la violencia en la escuela.

Del otro lado del Atlántico, en los Estados Unidos, el tema de la violencia en la escuela se estudia desde 1978 y ya era considerado un problema nacional. Para los educadores y sociólogos americanos las causas probables son la ausencia de la familia y de una intensa vida comunitaria, y la falta de espacios para construir lazos sociales. Pero el problema es que parte de la sociedad americana por años aceptó la violencia como un hecho normal, potenciada por el fácil acceso a las armas y a las drogas, circunstancias que recién ahora se están dando en nuestros países.

Las soluciones que pusieron en práctica los americanos pasaron más por un incremento de las medidas represivas, como los detectores de metales o la penalización de los adolescentes, sobre todo en las grandes ciudades. Por otro lado trabajaron en la negociación y la resolución de conflictos, por ejemplo con la mediación de los pares. La utilización de un tiempo no escolar para actividades de interacción con la comunidad y la práctica de negociación de conflictos parecen ser hasta ahora las estrategias privilegiadas por los educadores más humanistas entre los norteamericanos.

Otro problema en Latinoamérica es el de la violencia contra las instalaciones escolares, presente muy a menudo también en las escuelas marplatenses. En ciudades como Porto Alegre en Brasil, la violencia contra los edificios escolares es rutinaria y según datos oficiales de la Secretaría Municipal de Educación, la mayoría de las 40 escuelas municipales de 1ro. y 2do. nivel solicitaron, en los tres últimos años, la construcción de muros que muchas veces tuvieron que ser refaccionados con posterioridad.

Las formas de violencia contra el patrimonio escolar más frecuentes son, en primer lugar la rotura de muros, puertas y ventanas, siguen con la destrucción de aulas, de libros, de medios audiovisuales, de los autos de los maestros y profesores. Por otro lado se suman los robos de los televisores y videos, de alimentos de las despensas, de vidrios de las ventanas, materiales de educación física y equipamiento de computación. Obviamente no sólo rompen los autos de los docentes, también los roban.

En este tipo de violencia por lo general se encuentran involucrados grupos de adolescentes de entre 14 y 18 años. Parecen ser expresiones de resentimiento social de los jóvenes que están fuera o se sienten excluidos de la institución escolar. Estas estadísticas muestran una correspondencia directa entre exclusión social y la violencia escolar: la violencia es determinada socialmente. Cuanto más desfavorecidos se sienten los jóvenes, en términos económicos y culturales, tanto más confrontan con el medio y se agravan su autoestima y sus perspectivas de futuro. Los jóvenes pobres de nuestros países, viven hoy el desencanto de las promesas de futuro que antiguamente estaban contenidas en la propuesta escolar, y en este contexto emerge la violencia.

Muchos sectores de nuestra sociedad están marcados por el desempleo, la pobreza extrema, las drogas y la prostitución. Son problemas sociales que impactan en la búsqueda de empleos para integrar la economía formal y terminan expulsando a las personas a la economía informal y a un grupo reducido a la criminalidad. Las escuelas se convierten en un punto de explosión de la crisis económica, social, política y cultural y como lugar privilegiado de expresión de ese resentimiento social. De alguna forma es un pedido de ayuda a gritos que un sector de nuestros chicos le está haciendo a la "sociedad civilizada". De nosotros depende atenderlo o seguir sordos criticando las consecuencias sin querer enterarnos de las causas reales.

Los problemas más graves lo tienen las escuelas que se encuentran en los sectores de las ciudades donde hay núcleos de poblaciones pobres y miserables, donde la violencia sistémica puede formar parte de un modo de ganarse la vida y de relacionarse socialmente. La escuela es un punto de relación con estos grupos, que tienen demandas distintas de las que incluye la currícula ordinaria oficial de las instituciones escolares. Muchas veces también los jóvenes de estos barrios son víctimas de la violencia por sus hábitos sociales, por el modo de vestir, por el color de su piel o por el modo en que usan el pelo.

Parece trillado, pero es necesario que las escuelas trabajen no sólo con los alumnos sino también con las familias y con las comunidades en las que están insertas; este es un tremendo desafío para los educadores. Como explica José Vicente Tavares dos Santos, de la Universidad de Porto Alegre, esta acción colectiva contra la violencia en la escuela necesita de una ética de solidaridad, cuya base es el respeto por el otro, ejemplificada por una nueva relación entre la escuela y los grupos sociales que participan en ella y que comparten el espacio social.

Las acciones contra la violencia escolar son también un modo de lucha contra la desigualdad y el quiebre de la ciudadanía, inserto en una bien entendida lucha social por una escuela participativa e inclusiva, en el contexto de una verdadera transformación democrática de las sociedades latinoamericanas.