La
violencia escolar
Una cuestión de todos
La
gran mayoría de las sociedades latinoamericanas ha
visto aparecer en los últimos tiempos a la violencia
como una práctica social habitual, con ejemplos a
diario de venta de drogas y armas, asesinatos ocurridos
durante robos, acciones desmesuradas de algunas fuerzas
policiales y violencia contra las mujeres y los chicos.
Últimamente vemos con asombro la presencia de la violencia
también dentro del ámbito escolar.
Esto
forma parte de la gran paradoja de las sociedades
latinoamericanas actuales: por un lado regímenes
democráticos en los gobiernos y por el otro lado una
sociedad que parece aceptar la violencia, o como mínimo
resignarse a ella, incorporándola como una práctica
más, tanto como la aceptaba en la política cotidiana
hace treinta años. La violencia urbana puede ser explicada
por la segregación social y espacial de los sectores
marginados, por el aumento del desempleo y por el
recurso de las acciones directas debido al descrédito
de la policía y del sistema jurídico.
Si
determinados grupos terminan por aceptarla como una
forma más de sociabilidad, como una afirmación de
poder, o como forma de control social, la violencia
se configura como un dispositivo continuo que no va
a decrecer. Usar la fuerza y la cohesión en la
relación con los otros estuvo presente hace unas décadas
en un nivel macro, desde el Estado, y ahora a un nivel
micro, entre los miembros de la sociedad.
La
violencia escolar es algo cotidiano en algunas escuelas
de nuestra ciudad. Tengo muchos amigos y compañeros
docentes en todos los niveles como para poder asegurarlo
sin problemas. En los sectores más pobres de nuestra
sociedad las maestras luchan todos los días con una
realidad que era impensable en los tiempos en que
estudiábamos para formarnos como docentes, y muchas
de ellas admiten sin vergüenza que no estamos preparados
para hacer frente a esta realidad cruda. Y no sólo
es una problemática de quienes trabajan con adolescentes
sino incluso entre los chicos de nivel inicial.
La
violencia escolar no ocurre solamente en los países
periféricos, tal como podemos observar a diario
a través de la prensa internacional. En Francia
por ejemplo, el fenómeno de la violencia escolar es
debatido desde 1981 y en esa época se culpaba
al cambio de la relación del adulto con los chicos
y los jóvenes en medio de una crisis del oficio de
educador, unido a la aparición por esos años en Europa
del desempleo, los nuevos modelos familiares, una
crisis de identidad y el prolongamiento de la adolescencia.
De
la experiencia francesa se pueden extraer varias conclusiones
y procedimientos para superar la violencia: desenvolver
la posibilidad de hablar y hacer que las palabras
tomen el lugar de los actos violentos. Muchas escuelas
dieron un paso más allá y publicaron un periódico
interno, enseñando a los alumnos el poder de la
palabra escrita. Por medio de un diálogo casi obstinado
se logró en muchos casos la internalización del respeto
por el otro, con acciones y sentimientos de reciprocidad
que ayudaron a eliminar en parte la violencia en el
aula cambiándola por puntos de encuentro.
Este
aprendizaje real de libertad vivida en lo cotidiano,
a través de acciones de ayuda mutua escolar, de relacionarse
con la vida social de la localidad que circunda la
escuela, del reconocimiento del pluralismo cultural
dentro del espacio escolar, fueron la primera línea
de acción contra la violencia en la escuela.
Del
otro lado del Atlántico, en los Estados Unidos, el
tema de la violencia en la escuela se estudia desde
1978 y ya era considerado un problema nacional.
Para los educadores y sociólogos americanos las causas
probables son la ausencia de la familia y de una intensa
vida comunitaria, y la falta de espacios para construir
lazos sociales. Pero el problema es que parte de la
sociedad americana por años aceptó la violencia como
un hecho normal, potenciada por el fácil acceso a
las armas y a las drogas, circunstancias que recién
ahora se están dando en nuestros países.
Las
soluciones que pusieron en práctica los americanos
pasaron más por un incremento de las medidas represivas,
como los detectores de metales o la penalización de
los adolescentes, sobre todo en las grandes ciudades.
Por otro lado trabajaron en la negociación y la
resolución de conflictos, por ejemplo con la mediación
de los pares. La utilización de un tiempo no escolar
para actividades de interacción con la comunidad y
la práctica de negociación de conflictos parecen ser
hasta ahora las estrategias privilegiadas por los
educadores más humanistas entre los norteamericanos.
Otro
problema en Latinoamérica es el de la violencia contra
las instalaciones escolares, presente muy a menudo
también en las escuelas marplatenses. En ciudades
como Porto Alegre en Brasil, la violencia contra
los edificios escolares es rutinaria y según datos
oficiales de la Secretaría Municipal de Educación,
la mayoría de las 40 escuelas municipales de 1ro.
y 2do. nivel solicitaron, en los tres últimos años,
la construcción de muros que muchas veces tuvieron
que ser refaccionados con posterioridad.
Las
formas de violencia contra el patrimonio escolar
más frecuentes son, en primer lugar la rotura
de muros, puertas y ventanas, siguen con la destrucción
de aulas, de libros, de medios audiovisuales, de los
autos de los maestros y profesores. Por otro lado
se suman los robos de los televisores y videos, de
alimentos de las despensas, de vidrios de las ventanas,
materiales de educación física y equipamiento de computación.
Obviamente no sólo rompen los autos de los docentes,
también los roban.
En
este tipo de violencia por lo general se encuentran
involucrados grupos de adolescentes de entre 14 y
18 años. Parecen ser expresiones de resentimiento
social de los jóvenes que están fuera o se sienten
excluidos de la institución escolar. Estas estadísticas
muestran una correspondencia directa entre exclusión
social y la violencia escolar: la violencia es
determinada socialmente. Cuanto más desfavorecidos
se sienten los jóvenes, en términos económicos y culturales,
tanto más confrontan con el medio y se agravan su
autoestima y sus perspectivas de futuro. Los jóvenes
pobres de nuestros países, viven hoy el desencanto
de las promesas de futuro que antiguamente estaban
contenidas en la propuesta escolar, y en este contexto
emerge la violencia.
Muchos
sectores de nuestra sociedad están marcados por el
desempleo, la pobreza extrema, las drogas y la prostitución.
Son problemas sociales que impactan en la búsqueda
de empleos para integrar la economía formal y terminan
expulsando a las personas a la economía informal y
a un grupo reducido a la criminalidad. Las escuelas
se convierten en un punto de explosión de la crisis
económica, social, política y cultural y como lugar
privilegiado de expresión de ese resentimiento social.
De alguna forma es un pedido de ayuda a gritos que
un sector de nuestros chicos le está haciendo a la
"sociedad civilizada". De nosotros
depende atenderlo o seguir sordos criticando las consecuencias
sin querer enterarnos de las causas reales.
Los
problemas más graves lo tienen las escuelas que se
encuentran en los sectores de las ciudades donde hay
núcleos de poblaciones pobres y miserables, donde
la violencia sistémica puede formar parte de un modo
de ganarse la vida y de relacionarse socialmente.
La escuela es un punto de relación con estos grupos,
que tienen demandas distintas de las que incluye la
currícula ordinaria oficial de las instituciones escolares.
Muchas veces también los jóvenes de estos barrios
son víctimas de la violencia por sus hábitos sociales,
por el modo de vestir, por el color de su piel o por
el modo en que usan el pelo.
Parece
trillado, pero es necesario que las escuelas trabajen
no sólo con los alumnos sino también con las familias
y con las comunidades en las que están insertas;
este es un tremendo desafío para los educadores. Como
explica José Vicente Tavares dos Santos, de
la Universidad de Porto Alegre, esta acción
colectiva contra la violencia en la escuela necesita
de una ética de solidaridad, cuya base es el respeto
por el otro, ejemplificada por una nueva relación
entre la escuela y los grupos sociales que participan
en ella y que comparten el espacio social.
Las
acciones contra la violencia escolar son también un
modo de lucha contra la desigualdad y el quiebre de
la ciudadanía, inserto en una bien entendida lucha
social por una escuela participativa e inclusiva,
en el contexto de una verdadera transformación democrática
de las sociedades latinoamericanas.