OPINIÓN

por Adriana Derosa

Crónicas del pasado argentino
Hubo un tiempo que fue hermoso

La primavera ya no es lo que era. ¿Me lo van a decir a mí que hice del picnic un arte? No sabemos si es por el clima, por los costos económicos de los festejos, o porque el ministro de Educación de la provincia le sigue errando al vizcachazo, y por mucho. La cosa es con los estudiantes y los docentes, no blandiendo la espada de una batalla que pelea solo. ¡Qué bárbaro, che!

El tópico artístico de la primavera nos viene de lejos, de un tiempo en que llegar a ella significaba haber sobrevivido al invierno. Es decir que hacía la diferencia entre dejar la tierra este año, como consecuencia del hambre y el frío aterrador, o tener otra oportunidad de dar la vuelta al calendario. Significaba dejar de ganarle unos granos a la helada que invadía los depósitos de la escasa comida, dejar de barrer nieve para salir a buscar piezas de caza, y que las plantas empezaran a traer algún que otro fruto. Era más que simbólico. Era la cruda realidad de un mundo donde el poder de los pueblos estaba en directa relación con su capacidad para conservar comida de un año para otro. La vieja Europa se moría en el invierno, que era una pesadilla larga e inmovilizadora. Cómo no iban a cantarle los poetas al cambio de estación.

Siglos después, ya tan globalizados, comemos ananás y frutillas todo el año, gozamos de las maravillas del calefactor y el coche atemperado para ir al trabajo, y ya no se nos mueren los hijos que nacen en invierno por la pulmonía del parto. Nuestra relación con las estaciones pasa por la playa y otros entretenimientos así de aburguesados. La temporada teatral nos trae expectativas, y empezamos a hablar de la reserva de la carpita para la temporada. Los gimnasios se llenan con quienes este año prometen convertirse en figuritas envidiables y el mundo sigue andando.

Flower Power

La cosa cambia si uno es un adolescente escolarizado. Y vaya si cambia. No se trata de un día sin clases, de esos siempre hay. Tampoco de un día para faltar, ya que el aflojamiento de las pautas formales de la educación ha hecho que ya nadie esté demasiado pendiente del número de inasistencias que registre y de que todo el mundo se organice un campamento cuando le dé la gana. Es otra cosa.

Los que por siempre tienen de estudiantes para toda la vida el corazón lo saben. El picnic de la primavera era otra cosa. Era el madrugón más añorado y feliz del año. Uno casi no dormía la noche anterior, porque se la pasaba pensando en los muchachos o chicas, según corresponda, que vería al día siguiente. La comida la preparaba la madre, y uno afinaba hasta al cansancio una guitarra que apenas sabía tocar, con la cual se sentía en condiciones de impresionar a cualquiera que, procedente de algún otro colegio de la ciudad, valiera la pena. Valiera la pena, digo, porque los chicos del curso ya eran como primos, en el abuso de la confianza cotidiana, y no ameritaban el más mínimo esfuerzo.

Ese día todos se sentían dioses, porque no había ninguno que saliera sin novio, o novia, según correspondiera. Se extendía el mantelito de los 21 y se distribuía lo que cada madre había preparado con primor, hasta que todos a la vez, hambreados por el voley y los interminables picaditos de fútbol, se abalanzaban sobre la tortilla y los especiales de milanesa hasta consumir la última miga.

Las artistas del curso nos aplicábamos a la letra de “Muchacha ojos de papel”, éxito infalible para llamar la atención de algún galán del industrial, que como tenía pocas chicas en el colegio, andaba por ahí en busca de alguien que lo deslumbrara con la calidez de no estudiar electromecánica, sino letras. Una vez que las redes estaban tendidas, uno recurría al ilustre Silvio Rodríguez, para más datos insinuaba tímidamente “como gasto papeles recordándote” mientras sacudía las pestañas con desgano fingido, y zás, el pibe se caía de rodillas y no se iba de ahí hasta que no quedara una gota de agua en el termo del mate, y hubiera que subirse al 221 para dejar atrás Camet o Alfar, según la decisión de ese año. Así de místico, así de simple, así de único.

Divide, ni aún así reinarás

La estudiantina es, como digo, el último resabio del festejo ancestral del resurgimiento de la primavera. Es eterno, y aunque cambien los tiempos, y ahora los pibes tengan que explicarme cómo se hace para conquistar a alguien cantando “Se te ve la tanga”, igualmente, la cosa cobra visos de celebración ritual insustituible.

Este año se agrega un jalón más a la falta de cordura que, como una epidemia, afecta a quienes, por casualidad o trayectoria, se hacen acreedores a algún sillón ejecutivo, cartera ministerial, banca legislativa o simple banqueta directiva, para seguir con la metáfora de los utensilios domésticos. Y la cosa se puso verde. El estado provincial decidió quitar el asueto del día del estudiante en un gesto del cual no hay precedentes, ni en los peores tiempos del proceso militar, en que, con estado de sitio y todo, nos íbamos de picnic.

No hay precedentes digo, en lo que alcanza mi memoria y la de otros que tienen algunos muchos abriles más que yo, que ya es decir. No se ha vivido antes la falta de coherencia que hace que los estudiantes resulten rehenes en una batalla que no les corresponde. Esta semana, algunos chicos decían que era consecuencia de los días perdidos por los paros docentes, y otros preguntaban si eran los profesores quienes no estaban de acuerdo con el asueto. La amenaza de extender el ciclo lectivo cayó como una maza, y los chicos se escondían por los rincones cargados de resentimientos que no sabían hacia dónde dirigir. Iban a quejarse con los directores, hacían comisiones para dialogar con los profesores más allegados, pero el ministro decía que no.

Sobre llovido, trasnochado

Bueno, asunto resuelto y se acabó. A olvidarse de la tradición y a clase. Pero no. No conforme con la confusión creada, horas antes del 21, salió una voz a decir que había clase, pero que a los chicos no se les computaría la inasistencia, lo cual es decir que ni lo uno ni lo otro. Hay clase, pero los alumnos no van. Es como decir no hay clase, pero que los docentes vayan igual, porque lo digo yo.

El gran tema no es si vamos o no. La cuestión es lo que queda en la cabeza de un chico de catorce años que busca desesperadamente una referencia que le aclare un mundo ancho y ajeno. Decirle que hay clase, pero que no vaya, es como decirle: hacés algo que está mal, pero te doy permiso para hacerlo. Es decirle que no debería, pero que lo haga. Y se va todo al diablo.

Es sostener en doble discurso que el estado manda a los adolescentes en todos los ámbitos de su gestión. Decirle que luchar legítimamente por cuestiones laborales a través de un derecho de huelga que está reglamentado tiene un castigo, y aún peor, que tener más días de clase es un castigo. Es decirle que debe estudiar, pero que no se mate demasiado porque total no hay nadie pensando en lo que va a hacer él con el título. Que mejor no estudie, o que estudie si quiere, y si no, ya habrá alguna otra oportunidad, en los infinitos compensatorios. Porque es lo mismo.

Es decirle que se porte bien, pero que si se porta mal nadie lo va a echar, por que es lo mismo. Que vaya a la facultad, si quiere, y si no quiere no, porque no va a trabajar en uno u otro caso. Y que si no estudia, igual le quedan todos los espacios que este estado prevé para todo el que no tiene capacitación pero sí contactos. Así que, que se ocupe de los contactos.

Que si quiere ser famoso tenga rating, como Florencia de la V, que ni se le ocurra matarse tres o más años en la escuela de teatro. Porque al final... Si se mata en la facultad, lo máximo que el estado le va a dar es un pasaje al exterior, y ni eso, porque se lo va tener que pagar él.

Nadie dice claramente qué es lo que está bien o mal. Si querés escribir canciones y vivir de ellas, escribí unas que hablen del vino en cartón, así el estado estará orgulloso de tu Mercedes Benz y tu cuenta bancaria, pero al picnic de la primavera no se va, no, porque no se puede perder un día de clase.

Para perder tiempo estamos nosotros. O los profesores, que pierden la cuarta parte de su hora de clase dando vueltas por la escuela en busca de un borrador, una tiza o un mapa de América. Señor ministro, con un borrador por aula usted lograría sumar tantos minutos de clase, que en un año damos un programa de dos. Repito citándome a mí misma, que es lo que mejor me sale: la guerra no se gana con gastar más balas si no se enfocan los cañones. Lo único que se logra es bajar alguna que otra estrella, como el picnic de la primavera.