Crónicas
del pasado argentino
Hubo un tiempo que fue hermoso
La
primavera ya no es lo que era. ¿Me lo van a decir a
mí que hice del picnic un arte? No sabemos si es por
el clima, por los costos económicos de los festejos,
o porque el ministro de Educación de la provincia le
sigue errando al vizcachazo, y por mucho. La cosa es
con los estudiantes y los docentes, no blandiendo
la espada de una batalla que pelea solo. ¡Qué bárbaro,
che!
El tópico
artístico de la primavera nos viene de lejos, de un
tiempo en que llegar a ella significaba haber sobrevivido
al invierno. Es decir que hacía la diferencia entre
dejar la tierra este año, como consecuencia del hambre
y el frío aterrador, o tener otra oportunidad de dar
la vuelta al calendario. Significaba dejar de ganarle
unos granos a la helada que invadía los depósitos de
la escasa comida, dejar de barrer nieve para salir a
buscar piezas de caza, y que las plantas empezaran a
traer algún que otro fruto. Era más que simbólico. Era
la cruda realidad de un mundo donde el poder de los
pueblos estaba en directa relación con su capacidad
para conservar comida de un año para otro. La vieja
Europa se moría en el invierno, que era una pesadilla
larga e inmovilizadora. Cómo no iban a cantarle los
poetas al cambio de estación.
Siglos
después, ya tan globalizados, comemos ananás y frutillas
todo el año, gozamos de las maravillas del calefactor
y el coche atemperado para ir al trabajo, y ya no se
nos mueren los hijos que nacen en invierno por la pulmonía
del parto. Nuestra relación con las estaciones pasa
por la playa y otros entretenimientos así de aburguesados.
La temporada teatral nos trae expectativas, y empezamos
a hablar de la reserva de la carpita para la temporada.
Los gimnasios se llenan con quienes este año prometen
convertirse en figuritas envidiables y el mundo sigue
andando.
Flower
Power
La cosa
cambia si uno es un adolescente escolarizado. Y vaya
si cambia. No se trata de un día sin clases, de esos
siempre hay. Tampoco de un día para faltar, ya que el
aflojamiento de las pautas formales de la educación
ha hecho que ya nadie esté demasiado pendiente del número
de inasistencias que registre y de que todo el mundo
se organice un campamento cuando le dé la gana. Es otra
cosa.
Los
que por siempre tienen de estudiantes para toda la vida
el corazón lo saben. El picnic de la primavera era
otra cosa. Era el madrugón más añorado y feliz del año.
Uno casi no dormía la noche anterior, porque se la pasaba
pensando en los muchachos o chicas, según corresponda,
que vería al día siguiente. La comida la preparaba la
madre, y uno afinaba hasta al cansancio una guitarra
que apenas sabía tocar, con la cual se sentía en condiciones
de impresionar a cualquiera que, procedente de algún
otro colegio de la ciudad, valiera la pena. Valiera
la pena, digo, porque los chicos del curso ya eran como
primos, en el abuso de la confianza cotidiana, y no
ameritaban el más mínimo esfuerzo.
Ese día
todos se sentían dioses, porque no había ninguno que
saliera sin novio, o novia, según correspondiera. Se
extendía el mantelito de los 21 y se distribuía lo que
cada madre había preparado con primor, hasta que todos
a la vez, hambreados por el voley y los interminables
picaditos de fútbol, se abalanzaban sobre la tortilla
y los especiales de milanesa hasta consumir la última
miga.
Las artistas
del curso nos aplicábamos a la letra de “Muchacha ojos
de papel”, éxito infalible para llamar la atención de
algún galán del industrial, que como tenía pocas chicas
en el colegio, andaba por ahí en busca de alguien que
lo deslumbrara con la calidez de no estudiar electromecánica,
sino letras. Una vez que las redes estaban tendidas,
uno recurría al ilustre Silvio Rodríguez, para más datos
insinuaba tímidamente “como gasto papeles recordándote”
mientras sacudía las pestañas con desgano fingido, y
zás, el pibe se caía de rodillas y no se iba de ahí
hasta que no quedara una gota de agua en el termo del
mate, y hubiera que subirse al 221 para dejar atrás
Camet o Alfar, según la decisión de ese año. Así de
místico, así de simple, así de único.
Divide,
ni aún así reinarás
La estudiantina
es, como digo, el último resabio del festejo ancestral
del resurgimiento de la primavera. Es eterno, y aunque
cambien los tiempos, y ahora los pibes tengan que explicarme
cómo se hace para conquistar a alguien cantando “Se
te ve la tanga”, igualmente, la cosa cobra visos de
celebración ritual insustituible.
Este
año se agrega un jalón más a la falta de cordura que,
como una epidemia, afecta a quienes, por casualidad
o trayectoria, se hacen acreedores a algún sillón ejecutivo,
cartera ministerial, banca legislativa o simple banqueta
directiva, para seguir con la metáfora de los utensilios
domésticos. Y la cosa se puso verde. El estado provincial
decidió quitar el asueto del día del estudiante en un
gesto del cual no hay precedentes, ni en los peores
tiempos del proceso militar, en que, con estado de sitio
y todo, nos íbamos de picnic.
No hay
precedentes digo, en lo que alcanza mi memoria y la
de otros que tienen algunos muchos abriles más que yo,
que ya es decir. No se ha vivido antes la falta de coherencia
que hace que los estudiantes resulten rehenes en una
batalla que no les corresponde. Esta semana, algunos
chicos decían que era consecuencia de los días perdidos
por los paros docentes, y otros preguntaban si eran
los profesores quienes no estaban de acuerdo con el
asueto. La amenaza de extender el ciclo lectivo cayó
como una maza, y los chicos se escondían por los rincones
cargados de resentimientos que no sabían hacia dónde
dirigir. Iban a quejarse con los directores, hacían
comisiones para dialogar con los profesores más allegados,
pero el ministro decía que no.
Sobre
llovido, trasnochado
Bueno,
asunto resuelto y se acabó. A olvidarse de la tradición
y a clase. Pero no. No conforme con la confusión creada,
horas antes del 21, salió una voz a decir que había
clase, pero que a los chicos no se les computaría la
inasistencia, lo cual es decir que ni lo uno ni lo otro.
Hay clase, pero los alumnos no van. Es como decir no
hay clase, pero que los docentes vayan igual, porque
lo digo yo.
El gran
tema no es si vamos o no. La cuestión es lo que queda
en la cabeza de un chico de catorce años que busca desesperadamente
una referencia que le aclare un mundo ancho y ajeno.
Decirle que hay clase, pero que no vaya, es como decirle:
hacés algo que está mal, pero te doy permiso para hacerlo.
Es decirle que no debería, pero que lo haga. Y se va
todo al diablo.
Es sostener
en doble discurso que el estado manda a los adolescentes
en todos los ámbitos de su gestión. Decirle que luchar
legítimamente por cuestiones laborales a través de un
derecho de huelga que está reglamentado tiene un castigo,
y aún peor, que tener más días de clase es un castigo.
Es decirle que debe estudiar, pero que no se mate demasiado
porque total no hay nadie pensando en lo que va a hacer
él con el título. Que mejor no estudie, o que estudie
si quiere, y si no, ya habrá alguna otra oportunidad,
en los infinitos compensatorios. Porque es lo mismo.
Es decirle
que se porte bien, pero que si se porta mal nadie lo
va a echar, por que es lo mismo. Que vaya a la facultad,
si quiere, y si no quiere no, porque no va a trabajar
en uno u otro caso. Y que si no estudia, igual le quedan
todos los espacios que este estado prevé para todo el
que no tiene capacitación pero sí contactos. Así que,
que se ocupe de los contactos.
Que si
quiere ser famoso tenga rating, como Florencia de la
V, que ni se le ocurra matarse tres o más años en la
escuela de teatro. Porque al final... Si se mata en
la facultad, lo máximo que el estado le va a dar es
un pasaje al exterior, y ni eso, porque se lo va tener
que pagar él.
Nadie
dice claramente qué es lo que está bien o mal. Si querés
escribir canciones y vivir de ellas, escribí unas que
hablen del vino en cartón, así el estado estará orgulloso
de tu Mercedes Benz y tu cuenta bancaria, pero al picnic
de la primavera no se va, no, porque no se puede perder
un día de clase.
Para
perder tiempo estamos nosotros. O los profesores, que
pierden la cuarta parte de su hora de clase dando vueltas
por la escuela en busca de un borrador, una tiza o un
mapa de América. Señor ministro, con un borrador por
aula usted lograría sumar tantos minutos de clase, que
en un año damos un programa de dos. Repito citándome
a mí misma, que es lo que mejor me sale: la guerra no
se gana con gastar más balas si no se enfocan los cañones.
Lo único que se logra es bajar alguna que otra estrella,
como el picnic de la primavera.