13.12.2009 | Es obvio que la trágica conclusión del llamado “caso Pomar” era la menos esperada: un simple y tremendo accidente en ruta de los que siegan hasta 8.205 vidas por año, tal como ocurrió en 2008; 22 vidas por día o 683 por mes, tal como viene la cuenta en el año que concluye.
Los medios capitalinos -especialmente los del Grupo Clarín y sus satélites- quedaron en medio de la nada por su incontinencia verbal y discursiva. En una editorial sin firma del miércoles 9 próximo pasado, Clarín admitía bajo el título El monstruo era un hombre común: “Lo fusilamos hace 20 días, lo acribillamos hace 15, lo destrozamos desde hace exactamente 24 días. Fuimos capaces de todo, de las teorías más disparatadas, de las conclusiones más absurdas, que sosteníamos con toda la tranquilidad del mundo, la misma que tienen los inimputables. Que le pegaba a la mujer, que le gritaba, que era parte de una secta, que se había fugado por deudas, que no soportaba a su hijastro, que los había matado a todos y se había suicidado, que era un psicópata disfrazado, un peligro suelto. No nos importó nada, si era un buen padre, si llevaba muchos meses desocupado, si se preocupaba por su familia, si pese a la angustia de una situación económica nada fácil sobrevivía como podía. Nuestro morbo, empujado también por la información que salía de fuentes policiales, necesitaba de un victimario, de un responsable final de estos días de misterio y de dolor. Y sólo eso nos importó. Como caníbales, nos tiramos sobre Luis Fernando Pomar para destrozarlo a la distancia, en ausencia. Y no se había fugado. Y no era parte de una secta. Y no había matado a todos y se había suicidado. Y no era un psicópata disfrazado. Era, apenas, un hombre común, con las luces y sombras de cualquiera. Pero sobre todo era un hombre que durante larguísimos 24 días, lejos de los mitos que sobre él volcaba una sociedad entera, esperó muerto a la vera de una ruta, junto a su mujer y a sus hijas, a que alguien descubriese que lo que había pasado era apenas una tragedia sin monstruos en el medio. Aunque les pese a los caníbales”.
Esta admisión de culpabilidad hace legítimo preguntarse: ¿buscará Clarín por fin poner los patitos en fila de sus propios caníbales, de esos constructores de patrañas eternamente dispuestos a hacer una novela de las tragedias de la vida? El caso Pomar, además, expone una vez más el accionar negligente y criminal del Estado, en todos sus niveles, por la lamentable situación de conservación en que se encuentran las rutas argentinas. Gustavo Brambati, jefe de Seguridad del CESVI, ha sostenido que la ruta 31 es una alternativa para sortear la parte conflictiva de la ruta 8, que no está demarcada y que casi no hay señales verticales. “Yo la tomé de día, pero no se me ocurriría tomarla de noche”, destacó el especialista. En este mismo tenor de análisis, la licenciada en Criminalística Olga Haydeé Fernández Chávez dijo que la única forma de ver el camino es con señales retrorreflexivas, que no alcanza con iluminación artificial. “Se necesitan hasta 60 metros de anticipación para ver una curva", consignó a La Nación, para agregar que la ruta está además pésimamente iluminada.
Tres cuestiones surgen nítidas de esta particular tragedia familiar: la voluntad de hacer de lo cotidiano un espectáculo morboso, con anclaje exclusivo en el minuto a minuto de rating; la falta de profesionalismo comunicacional de las autoridades y, el ítem más relevante, el intransitable estado de la red vial argentina, que debería ser juzgado como un acto criminal de gravedad extrema, si consideramos, por caso, que la recaudación del Estado del impuesto a los combustibles alcanzó en octubre de este año los 687 millones de pesos y el promedio anual se considera en casi 6.000 millones o aún más, dependiendo de las cifras con que cierre el presente mes.
Es un dato de la realidad y no especulativo que la vida de los ciudadanos no cuenta, salvo para chirinadas mediáticas que bordean el absurdo y la falta absoluta de escrúpulos, tanto a nivel gubernamental como privado. Para confirmarlo, sólo hace falta prender la tele un rato.
Un empleado no docente de la Universidad advirtió a otro que se callara, y lo hizo incendiándole el coche por segunda vez en menos de un año. Hay un enfrentamiento interno entre sectores, que incluye secuestro, amenazas, lesiones y hasta la destrucción completa de propiedad privada. El rector no se hace cargo: esto es poco importante para él.
Apareció en escena Horacio Tettamanti, ingeniero, empresario, funcionario de la administración comunal, concesionario de espacios públicos en el puerto de Mar del Plata. No ha sido una aparición más, sino que viene de la mano de una investigación de la revista Puerto, que lo coloca en la incómoda posición del que hace todo lo contrario de lo que dice.
Tettamanti se hizo conocido entre nosotros por sus apariciones en los medios cuando denunciaba actos de corrupción en la Gobernación de Chubut, durante el mandato de Carlos Maestro, y en relación a la administración de puertos en el Gobierno de la Alianza (De la Rúa/Álvarez). Hoy, funcionario influyente en la gestión GAP, se lo ve en fecha reciente caminando junto a Florencio Aldrey Iglesias por el GHP junto al canciller Timmerman.
Responsable de la obra de 3 de Febrero y Catamarca donde se cayó un fierro que rompió un vehículo.