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Cartas de un judío a la Nada.
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Foulney, 1557.
Toda nuestra realidad se nos manifiesta a través de los sentidos. No conocemos nada que no hayamos oído, visto o tocado. Pero el sabio siempre duda, y una cuestión es inevitable: ¿y si los sentidos mienten? ¿Y si lo que yo llamo cierto no es más que un engaño surgido en la confabulación entre mis sentidos y mis pensamientos? Quizás esté de nuevo a punto de volverme loco. Sólo que cada vez, esta frontera entre la cordura y el desquicio me resulta más y más dulce de transitar.
La noche cae lentamente detrás del manto de las nubes, que sólo revelan al mundo una parte ínfima de lo que está sucediendo en los cielos. En el mar enrojecido, las sombras de las gaviotas contrastan contra el firmamento. El mar brama, como si llorara viejas penas. Y el rumor de la pluma mientras roza la hoja es el canto litúrgico de este ritual que se renueva, mi estúpida costumbre de escribir confesiones que nadie jamás leerá. Odio sentirme tan solo. Creo que soy inmortal. Que hace más de quince siglos, una eternidad de tiempo inestimable para cualquier mortal, yo vivía una Jerusalén ocupada por los romanos. Un rey loco, sangriento y brutal, mandó a matar niños a mansalva con la esperanza de acabar de esta forma con el Hijo de Dios, que según sus sabios ya había venido al mundo. Mi pequeño hermano, la persona que más amé en la vida, cayó entre ellos. Ahí fue cuando comenzó todo. Su muerte destruyó mi vida, y la de mi familia, marcó mi existencia para siempre. Casi treinta años después, un hombre condenado del cual se decían muchas cosas, paró delante de mi casa para descansar del agobiante peso de su cruz. Iba camino a su muerte, arrastrando la herramienta con la que lo torturarían y asesinarían. Cuando lo miré, todo lo que vi fue a mi hermano muerto en manos de quienes lo habían perseguido. Así que lo miré y le dije “Ve, ve, sigue tu camino”. Lo que me respondió aún resuena en mi memoria como si quince siglos, o cuarenta, no fueran nada: “Yo descansaré, pero tu caminarás por este mundo hasta que yo regrese a juzgar a los mortales”. Y de alguna manera sucedió. Desde entonces estoy caminando. Me detengo a veces, pero nunca más de tres días. Siempre hay algo que hace que al salir la Luna al final de la tercer jornada, tenga que continuar mi camino. No demasiado, sólo lo suficiente como para volver a sentirme un extraño, para ser incapaz de reconocer a nadie. Sólo lo suficiente como para cambiar de mundo. Ahora bien, esto es lo que me he estado diciendo a mí mismo desde que tengo memoria, pero ¿es real? La frialdad de mis pensamientos me asusta, como si hablara de alguien que no conozco, en vez de mí mismo. Pero tengo que planteármelo. Quizás sea simplemente un loco. Miro en mi morral y veo las cartas de siglos pasados. Aún las conservo casi todas. Cuando el pergamino se desgasta lo suficiente, paso los textos a soportes nuevos, con cuidado de no cambiar absolutamente nada. Recuerdo más de una parecida a esta. Se ve que cada cierta cantidad indefinida de años vuelvo a hacerme el mismo planteo, vuelvo a dudar de mi vida y de mi memoria. Pero las cartas están allí. No sé ni cuántas son, ni qué dicen, pero están allí. Memoria de siglos incontables, o garabatos de un loco sobre un papel… No lo sé. El sol ya se ha puesto y mis manos escriben a oscuras, siguiendo seguras el trazo que tan acostumbradas están a hacer a pesar de que la vista ya no pueda guiarlas. Y lo que cifran en sus manchas derramadas sobre el papel es la pregunta que me duele en el alma como un frío puñal. ¿Estoy loco? ¿Soy sólo un pobre desquiciado que se imaginó un pasado imposible y justifica así sus excentricidades? ¿Es cierto que no puedo morir, o lo soñé? ¿Fueron reales todas esas personas que me asaltan en sueños, todos esos amores perdidos y amistades frustradas? ¿Existieron las interminables tumbas que abrí con mis manos en la tierra? Me duele semejante infidelidad hacia mis ayeres, me duele el atreverme a convertir a los antiguos pilares de mi corazón en simples fantasías; pero cuando uno pasa solo el suficiente tiempo y deja que la mente vague libre en sus elucubraciones, puede terminar dudando de todo. Sé que angustiarme en estos pensamientos no tiene ningún sentido. Si es cierto, y todo es una fantasía, ¿hay acaso alguna forma de escapar? ¿Puedo abrir con mi vieja espada un tajo en el manto de la realidad y huir del mundo? Quisiera, pero no puedo. Quizás este risco y ese mar, este pergamino y esta pluma, quizás la hierba y la sal sean todas mentiras, pero son todo lo que tengo. Pobre del mentiroso que sabe engañar tan bien que es capaz de convencerse a sí mismo de lo que no es cierto, porque construye una jaula a su alrededor que no tiene cerrojo ni llave y de la cual no puede salir. Su única esperanza es que venga alguien que lo ame y que desde fuera quiebre los barrotes, le haga ver la verdad y lo rescate de sí mismo. Pero a mí nadie me ama. Ni siquiera hay alguien en este mundo que sepa mi verdadero nombre. Porque hay algo que olvidé contar de esta mentira que es mi vida: la esperanza vacía que me sostiene. Creo que algún día encontraré una mujer que me ame, y ella supondrá el fin de mi condena. Cuando sus brazos me sostengan y sus labios sellen los míos, toda angustia será del pasado y comprenderé la razón última de cada una de mis desgracias. Pero el amor no es recompensa, sino regalo, y querer apostar toda mi felicidad sólo a una mujer es algo verdaderamente estúpido. Pero he visto milagros, o eso creo. Quizás haya, en esos ojos llenos de amor, una salida para mí. Una rasgadura en la trama del mundo por donde pueda escapar. Escapar de mi locura, de mi condena, de lo que sea que me angustia. De la propia existencia, quizás. Y aquí está otra vez esa tentación sádica y estúpida que me asalta siempre en estos momentos. Allá abajo, oscuro y poderoso, brama el titán, el océano implacable. Si me arrojo y muero, podré descansar. Si sobrevivo, sabré que no estoy loco. El dolor no importa. Sé que hay algo de imbécil en tentar así a la suerte. Creo que cada vez que enfrento a esa muerte que no puedo alcanzar, hago más terrible y larga esta condena. Pero la idea me ronda por la mente con una demencia implacable. Aún escribiendo, mis piernas ya se están enderezando, ya se están preparando para saltar.
Adiós, voy a darle un beso a la muerte.
Nemuel Delam. El judío errante.
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