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Dale alegría, alegría a mi corazón
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por Viviana Hernández
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Dale alegría, alegría a mi corazón
¿Hay algún acontecimiento en estos días que pueda presumir de no estar imbuido de cierto espíritu mundialista? No, mi amigo, no busque. Se lo digo con total certeza y displicencia: no hay. Para bien o para mal.
Y no todo es fútbol en la viña del Señor Mundialista. Es más: casi nada lo es. Suceden otras cosas que no pasan por mover la redonda pituca en la zona del área chica, para embeleso de muchos y desconsuelo de otros. Hay, cómo decirlo, cuestiones tan periféricas y ajenas al hecho futbolístico por definición que da para decir que el verdadero Mundial acontece fuera de las canchas. Porque el fútbol, mi estimado, es causa y efecto, Génesis y Apocalipsis, Alfa y Omega. Es la Biblia desteñida de tanto hojeo y el calefón último modelo, de ésos que cualquier primera marca de electrodomésticos está dispuesta a tirarnos por la cabeza si previamente adquirimos un plasma de precio estratosférico que no entra en el living. Pero que compraremos igual: no nos podemos perder el calefón, puesto que ya tenemos la Biblia en mano. A ver, aclaremos. El Mundial es el cuidado paternal de Pékerman sobre Messi —a pesar de que el niño preferiría menos sobadas de lomo y más ale, ale, blanca palomita, a mover las piernitas— y también la popularizada vincha que el Pájaro Caniggia puso de moda allá lejos y hace tiempo, cuando aún mostraba sus dotes en escenarios sin tanto escondrijo sólo por mantener a Marianita. El Mundial es ese eterno período de 4 años, cargado de conjeturas, sueños, lesiones, felices e infelices declaraciones, y por qué no las réplicas de balones, camisetas oficiales, botines, pantaloncitos estilo Rafa Nadal. El Mundial es la impecabilidad de los estadios germanos, tan germánicos como es posible serlo, y también los impresentables hinchas de una Europa alcoholizada y alcoholizante, hundida en galones de birra, haciendo morisquetas para “los que me conocen y me quieren”, vomitando aceras y veredas y olvidando el singular motivo del festejo. Porque si de beber se trata, no hay otra legitimidad que las ganas. El Mundial, por supuesto, es la gran hermandad albiceleste de Sorín, la bandera de 55 metros y 75 kilos que viajó desde Suiza para vestir el debut argentino, y la ausencia de Diego Armando Maradona en la ceremonia inaugural, tan sólo porque se le cantó. Por hacerse notar por la negativa, como es de estilo para él. El Mundial son miles de alemanes y polacos unidos por filas de asientos indistintas, sin sector local y visitante, enlazados por el solo deseo de ver jugar limpiamente a su seleccionado y, de ser posible, ganar la batalla de la habilidad para convertir en la red contraria. También comentaristas ignorantes a los que extraña verlos casi hermanados en el disfrute de una alegría estridente más no violenta, a una distancia más que considerable de una remake futbolera de la Segunda Guerra Mundial. Una golondrina nunca hará verano, y un hato de bárbaros beodos y camorreros no hará la diferencia.
¿Y qué más, Macaya?
¿Y qué más? Qué menos, en realidad. Porque lejos de sumar siquiera dudas, hay una multitud que resta de todo: información, alegría, dinero, etc., etc. Por ejemplo, la caterva de periodistas deportivos, chimenteros, modelitos devenidas conductoras de programas de interés general (¿), reinas de belleza, productores multimillonarios que harán su septiembre —porque es mucho más que un agosto, notable— llenando el éter televisivo de sandeces... Es increíble el talento, no ya digamos dilapidado, sino puesto al servicio de la más completa galería de nada. Y encima paga. Algunos cuentan por millones las estrellas, los hambrientos del mundo, las películas indias que jamás se estrenarán en Occidente, mientras yo me dedico a reponerme de la incredulidad de ver tanto dinero malgastado en pavotes que no aportan ni un minúsculo datito de color a lo que me da sin mayores esfuerzos la imagen que acompaña. ¿No es que una imagen vale más que mil palabras? Yo le diría sin sonrojarme: si las palabras son la de estos tontos del haba que la van de entendidos, la proporción aumenta en sentido geométrico, es decir, cuarto de imagen, millón ochocientos de vocablos. Y no sé si no me quedo corta, benévola como estoy hoy. El supuesto ánimo mundialista obligaría aquí a respirar hondo y, abstemios como estamos, decidir que no vale la pena, aun en estado de absoluta sobriedad, no festejar anchamente, con o sin tarados a tiro de tele. Y así, sin más, dedicar jornadas enteras a hablar de lo lindas que son las lanas al viento de Sorín; de lo que suponemos habrá hecho Victoria Adams de Beckham ni bien dejó su carrada de maletas francesas sobre la cama del lujosísimo hotel donde se aloja; de las listas de los jugadores más guapos que publican los medios especializados “serios”; de lo que la inventiva internacional pone en juego para honrar a su Patria cuando su Patria se dibuja en cuádriceps y gemelos de ciertos profesionales de un deporte. Porque el Mundial, decíamos al inicio, también es ese costado voluble que nos lleva a discutir como si se tratara de los acuerdos de La Haya sobre las papeleras de Uruguay si los negritos de Costa de Marfil son más bonitos y marmóreos que los de Togo, si las panzas que vemos desfilar a diario por las más disímiles crónicas periodísticas televisivas son producto de las toneladas de cerveza de ahora, de la del Mundial de Japón y Corea o de una sucesión de sábados por la noche en pubs inundados de humo. ¿Habrá alguien que de verdad esté interesado en el fútbol? Debe de haber. Por favor, no recurra a la respuesta fácil y me diga: sí, los jugadores, los técnicos, la FIFA, el mago Fafá o Heidi Klum. No. No es tan evidente. Es altamente probable que los técnicos pongan en juego algo más que su amor propio, y los jugadores algo que no sea la avaricia de que los vea algún club de abultada billetera y los invite a firmar nuevo contrato y mudar a la familia. Tampoco descarto que la organización celebrante pueda ocultar algún propósito que exceda lo estrictamente económico y de relaciones de poder entre países y figuras. Pero no está a la vista. Y no pertenezco a ninguna línea dura de oposición futbolera, sino más bien por el contrario. Simplemente digo lo que veo. Y lo que veo es esto: que lo accesorio viene muy por detrás de lo importante. Salvo para la gente. Sí, don, para usted, para mí, que hemos modificado personal y colectivamente nuestras rutinas —bueno, tampoco es que hizo falta un plebiscito para pegarle el faltazo al laburo— por el fútbol, para vibrar en cada jugada con una bandera argentina, ecuatoriana, japonesa o brasileña atada a la cabeza, cualquiera sea el caso. Y si lloramos, lloramos de verdad, sin hacer cuentas. Y si nos quedamos sin voz, por bronca, impotencia o alegría, también viene de la panza, y la garganta acompaña o abandona. Así, sencillamente, sin más especulación que la emoción por la emoción misma. Por el desafío de ser mejores. Los mejores, con setenta corralitos y defaulteos a cuestas. Porque para vencer la ignominia, el exilio involuntario, la indiferencia propia y ajena, las pálidas de todos los días y las que vendrán, sólo hace falta ser capaces de festejar, apenas por la gloria del juego y el divertimento. Para olvidar y para recordar. Claro que con la Copa del Mundo bajo el sobaco, todavía mejor.
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