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Cartas de un judío a la Nada.
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Backtrah, 1933.
Toda persona es una persona de fe. Incluso los más encumbrados racionalistas, que reclaman al mundo certezas que puedan probar acabadamente mediante métodos claros y precisos, acaban poniendo su confianza en cosas que no pueden ni ver ni tocar, y que por mucho que se muestren coherentes con lo que sucede en el mundo, no son más ciertas que los ángeles o demonios. Lo que quiero decir es que no se necesita menos fe para creer en gnomos que en átomos y electrones, pero lo que en realidad define a las personas no son sus convicciones, sino sus dudas. Todos ponemos en tela de juicio alguna vez las cosas que nos han dicho y en las que hemos confiado. Todos atravesamos crisis de fe. Todos pasamos por la misma pregunta, ¿es el hombre una creación de Dios, o Dios es una invención del hombre? Y a todos nos pasa lo mismo que a Job, terminamos con un dolor de cabeza terrible, y sin entender nada. Sin creer, ni descreer.
Era un periódico escrito en polaco, una lengua que escrita manejo bastante mal, no sé por qué. Por suerte el aviso también estaba escrito en inglés, castellano, francés e italiano. Lo que decía era casi indescifrable. Sólo yo, o alguien que conociera bien las circunstancias de mi vida y la razón de mi marcha interminable, podría comprenderlo. La frase, repetida en cada idioma, sólo decía “Vagarás por este mundo hasta que los mortales sean juzgados, pero antes me gustaría charlar contigo un rato”. Debajo había una dirección. Y así comenzó mi búsqueda. Las señas del anuncio me llevaron a una granja perdida en medio del campo. Era un sitio viejo y deshabitado. La puerta de la casa había sido tallada burdamente con un cuchillo. La nota contenía nuevas direcciones. Decía “Tu camino será largo, pero será sólo para ti. Quiero deshacerme de los curiosos y los entrometidos. Sólo tú podrás llegar al final de esta empresa…” y luego venían las indicaciones. Decía que debía marchar hasta un lago, cruzando la frontera. Allí habría nuevas noticias. Mi extraño amigo tenía razón en cuanto a los curiosos. Alguien había intentado quemar la puerta y también arrancarla. Seguramente eran unos niños que sólo pretendían fastidiarme a mí y al extraño emisor de esos mensajes interrumpiendo nuestra comunicación. Sólo travesuras. O eso preferí pensar. Me tomé dos días para prepararme para el viaje. Vendí algunas viejas pertenencias que eran inútiles, pero que por su antigüedad habían adquirido algún valor, y junté lo suficiente como para obtener lo que necesitaba. Lo primero fue ir a los barrios bajos y conseguir documentos falsos. Mi nombre pasó a ser por unos días el de Robert Garfield, estadounidense. Me tomé el trabajo de crear toda una personalidad y una profesión y me concentré para interpretar ese personaje lo mejor posible. Compré ropa, unos anteojos a los que les saqué las lentes, y un maletín. Pasé a ser un profesor de literatura en viaje de placer por Europa. Ninguna de las personas con las que me crucé dudó ni por un segundo que todo aquello fuera cierto. Amo caminar. Pocas veces tuve caballos y nunca hasta entonces había tenido ningún otro tipo de vehículo. Pero necesitaba moverme rápido y sin ataduras, para seguir las pistas sin problemas. Así que compré un automóvil, e imaginé los rostros de los amigos del pasado sonriendo al verme pasar por las rutas tras el volante, dejando que el viento que entra por la ventanilla me despeine. Nemuel Delam recorriendo los caminos a toda velocidad al mando de un reluciente Citroën. Al atardecer del tercer día ya estaba allí. El lago era más bien una laguna, pero los habitantes de sus orillas me contaron que, aunque no muy extenso, ese espejo de agua era profundo, de hecho, uno de los más hondos del mundo. Todos estaban sorprendidos por algo que había sucedido apenas tres días atrás. Una enorme boya roja había aparecido justo en medio de las aguas. Algunos jóvenes habían llegado entonces y habían alquilado botes para llegar hasta ella. Los imbéciles cortaron la amarra y la dejaron flotando a la deriva. Probablemente intentaron también destruirla, pero no pudieron. La boya estaba ahora en la posada del lugar, cuidada por el amable y anciano dueño del lugar. Él me permitió verla y entonces no me quedaron dudas de que aquella era la siguiente señal. Pintado en amarillo sobre la roja superficie decía “Baja por la cuerda a donde nadie más que tú puede llegar. Encontrarás la siguiente pista, como encontraste el Santo Grial”. Aquello en verdad me perturbó, porque ¿quién, a parte de mí mismo, conocía esa historia? Remé hasta el centro del lago, adivinando por las descripciones de los lugareños el lugar donde debería haber estado la boya. Me sumergí en el agua y nadé hacia la profundidad. El descenso me tomó más de cinco minutos, nadie más podría haberlo hecho. Tras una eternidad de angustia, sintiendo cómo los pulmones me ardían pidiendo oxígeno, mis manos se enredaron con una cuerda. La seguí a tientas hasta que al fin llegué a posar mis manos sobre un cofre apoyado sobre el lecho del lago. Saqué lo que había en su interior y nadé con todas mis fuerzas hasta volver a ver la luz del sol. Era un recipiente hermético hecho de finísima porcelana china. Estaba hecho de una sola pieza y no existía otra forma de abrirlo más que rompiéndolo. En la blanca tez del objeto sólo había una línea azul que delimitaba un pequeño rectángulo. Con cuidado, lo rompí siguiendo esa línea, donde evidentemente el material era más débil. Por dentro el recipiente también estaba pintado. Decía “Ahora sé que eres tú, Nemuel Delam, quien persigue esta pista, porque sólo tu podrías sobrevivir a la prueba que te he impuesto. Te espero en mi hogar…” y luego estaba la dirección de una casa de campo cercana al lago. Al final, la post data decía “Ven a mí, Judío Errante, si es que en verdad existes. Mi fe flaquea y en esta hora amarga, dudo de todo. Necesito saber que eres real. Necesito saber que ambos lo somos”. Desde el automóvil puedo ver la alta cerca que rodea la casa. Lo único que sobresale por encima de ella es una alta torre blanca. Conocí un pueblo, hace muchos años, que veía a Dios como un escritor. Él iba tejiendo sus historias en una novela enorme de la cual nosotros éramos sus constantes personajes. Todo lo que aparecía en el Libro de la Vida, sucedía en la realidad.
Para ellos, el Eterno Escritor vivía en una torre que era exactamente así.
Nemuel Delam. El judío errante.
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