Mar del Plata, 07 Enero 2009

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“Mi hijo, el analfabeto”

por Amelia Ambrós

Así me presentó a su hijo —que cursaba el penúltimo año del polimodal— uno de mis amigos. Padre amante y constante, había tenido tres hijas: una recibida y casada, la otra estudiando en Boston, y la tercera a punto de egresar de la universidad local. Años después, la vida le regaló el varón que me estaba presentando. El destino le dio el quinto: un varoncito que estaba comenzando la EGB. Esto sucedía en el 2001. 

Mi amigo estaba desesperado porque veía que cada hijo venía más bruto, pese a que su mujer y él los criaron de la misma manera.
—No sé que hacer— me dijo—. Siento que cada hijo viene más torpe. Éste no sabe ni escribir una carta. ¿Qué será del más chico?
No le contesté, yo sabía que sería peor.

¿Qué descubriste, hermano?

Allá, por finales del ochenta, mi titular y yo escribimos una nota a la Facultad en la que trabajábamos, acerca del deterioro de la capacidad de los alumnos para escribir y de la necesidad de cambiar la situación con un plan cuyos puntos propusimos; lo que nos valió la felicitación del Secretario Académico, pero no pasó nada.
La política universitaria nacional, ya desde entonces, consideraba que la investigación es la tarea central. La enseñanza, un simple agregado. Para ser profesor universitario, hay que producir papers. ¡Caramba! Yo creía que una universidad es un lugar de enseñanza en el que los profesores dan a los alumnos los saberes básicos de su carrera más lo que hacen los investigadores serios. Pero parece que no. Si un profesor “investiga”, tiene dedicación horaria, incentivos y otros beneficios. Si sólo se actualiza y se preocupa por enseñar bien, es relegado al bolsón de los simples docentes.
Además, ahora, para ser profesor en una universidad hay que tener una maestría y, después, un doctorado que hay que pagar y mucho, aun en la universidad pública, tan afecta a la gratuidad.  
Todo para enseñar a personas que, en ciertos casos, rayan en el analfabetismo funcional. Sería interesante saber los beneficios que este sistema les trajo a las universidades, pero éste es otro tema, querido lector.


¿Yo, señor...? ¡No, señor!

Nadie puede atribuir al Gran Bonete el estado lamentable de la educación primaria y secundaria en nuestro país. Muchos tienen la responsabilidad: alumnos, padres, docentes e tutti quanti; pero el Estado, supuesto guardián de la educación, sigue fomentando los errores.  
Todo político que pone el trasero en un sillón gubernamental nos habla de la importancia de la educación, la inversión que ésta significa (¡Ja!), los planes que tiene acerca de ella, la revalorización de rol docente, etc. Sin embargo, nos estamos quedando sin edificios escolares, los maestros necesitan trabajar tres turnos para sobrevivir y están cada vez menos preparados para enseñar, entre otras mil cosas.
Pero hubo reformas que fueron pergeñadas por expertos de escritorio que en su vida vieron un chico con guardapolvo y, menos aún, cuarenta y tantos juntos en un aula. Eso sí: producían papers, tenían su ideología democráticamente ubicada y eran amigos de los políticos.

Ronda un e-mail

Al respecto, el otro día me llegó un e-mail que vale la pena copiar para quienes no son docentes. Asunto: Jesús en la EGB.
En aquel tiempo, Jesús subió a la montaña y sentándose en una gran piedra dejó que sus discípulos y seguidores se le acercaran. Después tomó la palabra y dijo:
-En verdad, en verdad os digo que serán bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos será el Reino de los Cielos. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán la misericordia...
Entonces Pedro lo interrumpió para decirle:
 -¿Tenemos que aprenderlo de memoria?
Y Andrés dijo:
-¿Tenemos que escribirlo?
Y Santiago dijo: -¿Nos va a tomar prueba de esto?
Y Felipe dijo: -¡No tengo papiro...!
Y Bartolomé dijo: -¿Tenemos que hacer una monografía?
Y Judas dijo:-¿Y esto para qué sirve?
Entonces uno de los fariseos, que nunca había enseñado, pidió ver la planificación de Jesús y, ante el asombro del Maestro, le inquirió en estos términos:
-¿Cuál es el nombre del proyecto áulico? ¿Cuáles son las expectativas de logro?¿Tiendes al abordaje del área en forma globalizada? ¿Has seleccionado y jerarquizado los contenidos? ¿Cuáles son las estrategias? ¿Responden a las necesidades del grupo para asegurar la significatividad del proceso enseñanza/aprendizaje? ¿Has proporcionado espacios de encuentro a fin de coordinar acciones transversales? ¿Cuáles son los contenidos conceptuales? ¿Cuáles los procedimentales? ¿Cuáles los actitudinales?
Caifás, el mayor de los fariseos, le dijo:
-Después de la instancia compensatoria de marzo, me reservo el derecho de promover directamente a tus discípulos para que al Rey Herodes Antipas no le fallen las encuestas.
A Jesús se le llenaron los ojos de lágrimas y, elevándolos al Cielo, pidió al Padre la jubilación anticipada.

¿Le resultó confusa la parrafada del fariseo, querido lector?  A los docentes también, pero tuvieron que acostumbrarse, porque así se habla entre los “expertos” de la educación; aquí y en otras partes de nuestro desquiciado universo, como en  España, de donde provino, ya fracasada, la catastrófica reforma de la escuela secundaria que se hizo en la provincia de Buenos Aires.


Moda y democracia

Todo ese galimatías que está citado en el e-mail es histórico, y no es nada más que una complicación idiomática sin contenido, salvo para algunos que dicen “investigar” y cobran por poner en vigencia un nuevo vocabulario inventado en una oficina. Ponen de moda algunas palabras y prohíben otras. Por ejemplo, hablar de “enseñar” es una antigualla espantosa, hay que hablar de “proceso de enseñanza-aprendizaje” para poner en primer plano al alumno. Se llegó a hablar del “enseñaje” (sic), de “espacio de ocio” en lugar del viejo y querido recreo.  Me crea usted o no, lector, mientras ardía Roma, muchos pedagogos cantaban con la lira sus nuevas canciones.
Muchos de los que tomaron la hipótesis constructivista del conocimiento por el rabo, llegaron a proscribir cualquier cosa que oliera lejanamente a conductismo: eso tan antidemocrático que es la guía del profesor —la deleznable “enseñanza”—, la ejercitación repetitiva, la memoria y ¡horror de horrores! la disciplina y la exigencia.
El niñito, con su sola inteligencia, sabría que es necesario dedicarle tiempo al estudio, recorrería el camino de Newton y de Einstein y, lo que es mucho más fácil, sabría donde van  las “h”, las “c” y las “z”. Así hoy recibo en la universidad alumnos que escriben “valla” por “vaya” y —vea qué bonito— “osico” por “hocico”, y que creen que con una sola lectura a los textos el día anterior al parcial van a aprobar una materia.
Los demócratas puros se espantan ante la realidad de que no se le puede dar idéntico premio al que sabe que al que no sabe: establecer una jerarquía de buenos y malos alumnos les suena a discriminación y a fascismo. Y lo peor es que han convencido a muchos.
Cualquiera que tuviera una hijo con aptitudes para el tenis, lo llevaría a un club para que un entrenador obstinado lo hiciera repetir mil veces un saque, pero se horripilaría si una maestra lo hiciera repetir una palabra en diez oraciones para que fijara la ortografía; lo haría entrenar varias horas por día en la cancha, pero pondría el grito en el cielo si el nene tuviera que estudiar un par de horas diarias: una extraña esquizofrenia que ha cundido entre las mayorías.
Viendo que el tema del ingreso a la universidad para todos es la propuesta argentina, no estaría mal, para el próximo mundial, tener una Selección Nacional elegida por sorteo, entre todos los jóvenes del país. ¿Cómo que estoy chiflada? ¿Qué diferencia hay entre ese Lionel Messi y mi primito, el Patadura Troncoso?  ¿Acaso en la democracia no somos todos iguales? 

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