|
Conflicto aborigen en el Chaco
El abuelo Mario
|
por Rodolfo Olivera
|
El abuelo Mario
Tiene 73 años, piel morena, canas al por mayor, manos de hachero del quebrachal, voz ronca, cansina, de discurso corto y claro: “Casi nunca vengo a la ciudad, pero el atropello ya es mucho y está en peligro la tierra. Por eso acá estamos”. "Acá" es la plaza central de Resistencia (Chaco), esperando con otros mil tobas, wichis y mocovíes que el gobernador (Nikisch, UCR) se digne atenderlos.
Calor y hambre de día -apenas algunas tortas fritas-, frío y humedad a la noche -con guiso, el único plato caliente en 24 horas-. "Hacen como que no existimos", comentan entre ellos, sumergidos como están en lo más profundo del desprecio. No son los únicos, claro, pero ese es un magro consuelo. El gobierno calcula 60.000 aborígenes chaqueños, pero ellos aseguran ser más. Y son creíbles porque, de hecho, en la vecina Santiago del Estero los Tonocotes se consideraban "desaparecidos", hasta que los redescubrieron en 1999 (eran 1.500); y en la lista oficial de Grupos Humanos de la Argentina, los Huarpes figuran como "pueblo extinguido", aunque todavía queden once comunidades. Reclaman, a ver, lo que es suyo: por ley (algunas tierras) y por dignidad. Beatriz Sánchez, toba, seis hijos, se queja: “Alambran todas las tierras fiscales (está prohibido por ley). Y encima, cuando fumigan con su avioneta también nos fumigan en nuestra cabeza, nos envenenan a nosotros y a la tierra.” ¿A quién se refiere? A los productores sojeros, en su mayoría de Bs.As. y Córdoba, en contubernio con el gobierno provincial. Para 1995 existían en el Chaco 3,9 millones de hectáreas fiscales, hoy quedan 660 mil. El detalle es que, por la Constitución provincial, debieron asignarse a "ocupantes tradicionales" (criollos campesinos, o aborígenes). No fue ese el destino. Lo que sí ocurrió es que en diez años desapareció casi el 50% de los bosques nativos, y que se hicieron operaciones visiblemente fraudulentas. El gobierno vendió 2.500 Has. a un valor de $ 1,14 (literalmente, monedas); el empresario comprador pagó $ 2.850 y embolsó $ 2,2 millones en la reventa. Ventas de este tipo fueron acordadas entre el Estado y la inmobiliaria Rumbo Norte (90 mil hectáreas), El Colona SA (72 mil), y MSU SA (60 mil). En algunos casos, con los aborígenes adentro, como si fueran parte de la flora y la fauna. Por supuesto, el gobierno provincial rechaza la idea de una comisión investigadora. Por el art.75 de nuestra Constitución Nacional, el Congreso tiene la obligación de reconocer la preexistencia étnica y cultural de los pueblos originarios, de garantizar el respeto a su identidad, de brindar educación bilingüe, de otorgar personería jurídica a esa comunidad, de reconocer posesión y propiedad de las tierras que ocupan, de asegurar que serán suficientes y aptas para el desarrollo, de impedir que sean enajenadas, gravadas o embargadas, y de autorizarles la explotación y gestión de sus recursos naturales. Es lo que piden, no otra cosa. Es constitucional. Pero no se les da. Entonces el problema no es que no existan leyes protectoras, el problema es que las que existen no se cumplen. Por eso el abuelo Mario asegura con el puño cerrado: “No nos vamos a ir. Si nos vamos, otra vez habrán ganado ellos. No nos podemos ir. No me gusta estar acá, pero bueno... No quiero que mis hijos y nietos tengan que ser jornaleros en campo ajeno y estar explotados toda su vida”. El abuelo Mario al Norte; los Paynemil y los Kaxipayiñ (mapuches) al Sur, en una de las zonas más ricas del país por sus recursos petroleros (el Neuquén de Sobisch, con 38% del total de petróleo y 55% de gas de la Argentina). Salvando diferencias, el desprecio de empresas, gobierno y sociedad es el mismo. Porque se sabe perfectamente que los gases de la explotación de hidrocarburos son altamente nocivos si no se toman todos los recaudos; esto no es hipótesis, es experiencia concreta. Sabemos que son bioacumulables en los seres vivos, afectando toda la cadena alimenticia y pudiendo provocar cáncer y defectos congénitos. Porque sabemos que uno de sus derivados más comunes, el benceno, daña la piel, la médula ósea, y puede atravesar la placenta afectando el desarrollo del feto. Porque sabemos que en el crudo hay metales como el cadmio que absorben las plantas y generan daños crónicos en riñones y pulmones, por eliminación anormal de proteínas y azúcares; o como el arsénico, capaz de modificar las enzimas celulares arruinando el hígado; o como el plomo, que ataca el sistema nervioso central y lleva directamente a la muerte (sobre todo en chicos); o como el mercurio, que dentro de la cadena alimentaria degenera y mata células nerviosas. Sabemos -sin objeción- todo eso. Quizás no sabemos que Salud Pública de Neuquén tuvo que realizar análisis de sangre y orina en la población aborigen de menos de 15 años y de más de 50, para comprobar el grado de contaminación (ordenado por ONU tras denuncia de Amnesty). Los valores duplicaron el porcentaje de contaminantes en sangre considerado "medio" o "normal". El resultado nunca fue entregado (Amnesty ya reclamó tres veces, la ONU se conformó con haberlo pedido la primera). Los Paynemil, reconocidos en 1964 como reserva, perdieron tierras de pastoreo a favor de Repsol-YPF: 4.300 Hectáreas por las que pagaron $ 900 (novecientos), no por cada hectárea, sino por el total (replicando el caso del Chaco). Eso sí, les permitieron vivir adentro, con lo que encima terminaron altamente contaminados. A los Kaxipayiñ, que al principio se negaban a ceder, los acusaron de “frenar el progreso”. Progreso que a ellos no les llegó, porque el gas que sale de Neuquén y termina en Buenos Aires, no les llega a ellos, que viven al lado. Tuvieron que aceptar el paso de un gasoducto, cosa curiosa porque nunca lograron titularizar sus tierras. No cobraron ni un peso.
El abuelo Mario no está solo, pero eso no lo consuela. La clase media del Chaco está molesta porque "los indios afean la plaza" de una Resistencia donde abundan camionetas 4x4 y escasean los aborígenes. Ya se (mal) acostumbraron a la idea de que los pueblos originarios deben ser considerados "ocupantes precarios" (aunque las tierras sean suyas), productores de subsistencia, proletarios rurales o villeros de periferia. Muletillas populares: "No les gusta trabajar"; "son unos vagos que se conforman con la bolsita política”. Mario se indigna ante el periodista: “Que vengan y me muestren sus manos. Yo les muestro las mías. Y usted mismo puede comprobar quién trabajó más en esta vida”. Abuelo, yo no puedo imaginar más que una sola respuesta.
|