Mar del Plata, 07 Enero 2009

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El INDEC se suma a la lista

por Enzo Prestileo

¿Se preguntó usted a qué se refieren los que hablan, dentro y fuera del país, de la baja calidad institucional de la Argentina? Se refieren, justamente, a casos como el que acaba de ocurrir con el INDEC. Ya hay consecuencias lamentables para el país por esta nueva alteración.


Image 1295Las instituciones nos son entelequias que existen sólo en la imaginación febril de algún escritor de ciencia ficción. Aun intangibles e inmateriales, tienen una tremenda importancia en la consolidación de una sociedad estable y próspera. La división republicana de los poderes, la difusión y transparencia de los actos de gobierno, la interpelación de los funcionarios públicos a través del parlamento pero también del periodismo, el acceso por méritos (concursos) a los puestos del Estado, la independencia entre ése mismo Estado permanente y los sucesivos gobiernos temporales y circunstanciales, son todas normas que hacen al funcionamiento correcto de los poderes constitucionales de una nación. También lo es la distribución equitativa de los ingresos fiscales entre los distintos niveles federales de gobierno y no su tergiversación mediante la acumulación centralizada, que deja esa distribución manos de funcionarios falibles e interesados.
En nuestro país, por desgracia, la mayoría de aquellos preceptos se ignora o tergiversa con el propósito de acumular la mayor cantidad posible de poder, o de dinero, las más de las veces. Así es cómo se genera una malsana dependencia de los niveles descentralizados de gobierno para con el poder central. Dependencia que condiciona hasta límites insospechados la acción de gobierno de provincias y municipios, provocando una pauperización en cascada de la que sólo se puede salir con el auxilio del Ejecutivo nacional. Por supuesto, siempre a cambio de algo.
Las repercusiones por la intervención del Ministerio de Economía en el INDEC, el reemplazo de una funcionaria en un puesto con alta injerencia en la elaboración de indicadores como el IPC (Índice de Precios al Consumidor) por otra de confianza de la ministra y del malevo Secretario de Comercio, y las manifestaciones de protesta de un importante grupo de integrantes de la planta permanente del organismo, fueron hechos que traspasaron las fronteras y llegaron a provocar desde comentarios reprobatorios en las publicaciones financieras especializadas como el británico Financial Times, hasta una suba apreciable del indicador de riesgo país, que venía en franco descenso en los últimos tiempos.
Sin embargo, pese a que los errores que afectan al más sensible órgano del ser humano, el bolsillo, no es la primera ni la más importante de las intervenciones del gobierno de Nestor Kirchner, que muestra un manifiesto desprecio por las leyes y por buena parte de las instituciones republicanas. De hecho, en los últimos tres años hemos asistido a una innumerable cantidad de muestras similares.

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Posibles derivaciones


¿Quién confiará en el índice inflacionario de los meses previos a las elecciones? ¿Qué datos sobre pobreza, indigencia, desocupación o distribución del ingreso son esperables de ahora en más?
Para la oposición política, el Gobierno puede haber abierto un flanco ahí donde menos esperaba contar con argumentos para discutir: la evolución de la economía.
Difícilmente los Lavagna, Macri o Carrió dejen pasar la oportunidad de montarse sobre esta burda manipulación provocada por el bravucón secretario Moreno. En realidad, ya están cargando las tintas sobre el punto. Es cierto que la pasividad empresaria y la complicidad sindical los deja gritando solos en el desierto pero, a medida que el clima preelectoral se recaliente, este y otros temas se pondrán mucho más álgidos.
Es imprevisible cuántos errores de este tipo podrá cometer el Gobierno de aquí a octubre en sus ansias por mantener todo bajo estricto control. Pero se puede prever que la tendencia de Kirchner a querer manejar hasta los detalles menores de los temas que, según crea, puedan generar interés en la ciudadanía, lo expondrá a un in crescendo que bien podrían explotar opositores inteligentes. Claro que ésos opositores, por el momento, brillan por su ausencia.
Por estos días comienza una nueva negociación salarial y todavía no está claro si el techo que quiere establecer el Gobierno para los reclamos sindicales serán acatados disciplinadamente, como ocurrió en los últimos dos años.
Moyano está más cuestionado que antes, aunque aún conserva un poder movilizador –o inmovilizador, si fuera necesario- que hace que el Gobierno siga manteniéndolo como interlocutor privilegiado.
¿El incidente del INDEC será, finalmente, una muestra más de que la concentración de poder es tan alta en el país que ya no hay error ni atropello gubernamental que haga peligrar su hegemonía cada vez mayor?
Sería realmente trágico para cualquier país.
En particular para uno tan necesitado como el nuestro.


¿Por qué será que cuestiones de tanta importancia no despiertan interés en el común de la gente? Como se ha resaltado reiteradamente en esta y en otras publicaciones, la opinión pública argentina no es especialmente sensible a aquellas cuestiones o hechos que producen resultados en el mediano plazo, menos aún en el largo plazo. Tanto para los resultados negativos como para los positivos.
La irremediable cultura cortoplacista de nuestra sociedad, aunque en buena medida explicable por las profundas heridas sufridas en las últimas décadas, ha provocado una reacción de mayor rechazo todavía hacia la construcción sistemática de procesos a través del tiempo. Todo aquello que no genere resultados inmediatos o, cuando menos, perceptibles a la brevedad, no suscita demasiada adhesión popular. Por el contrario, a los procesos que llevan a resultados positivos en el corto plazo no se les cuestionan los posibles efectos negativos que pudieran ocasionar en un lapso mediano o largo, por más nefastos que fueran. Semejante carencia social conlleva, además, la perniciosa consecuencia de no poder asociar las tragedias que a menudo nos azotan con las verdaderas causas que las provocaron, cuando éstas se generaron algún tiempo atrás. Y si las memorias de esos tiempos son agradables, hasta nos negamos a aceptar todo tipo de evidencia condenatoria.
En última instancia, no es esencial al futuro de la Argentina determinar si la inflación de enero pasado fue del 1,1%, como lo estableció el ahora polémico organismo nacional estadístico, o del 2,1%, como sostienen algunos opositores y analistas independientes. Pero sí es esencial que quienes, dentro y fuera del país, necesitamos información confiable sobre la evolución de los distintos indicadores económicos a lo largo del tiempo, podamos obtenerla del INDEC.
El Gobierno no parece dispuesto a retroceder en este terreno, como no lo ha hecho en los demás temas en los que actuó desvirtuando la función de las instituciones. Lo ocurrido con el Consejo de la Magistratura o la negativa a hacer cumplir las leyes a los manifestantes de Gualeguaychú son una muestra incuestionable de ello.
¿Hasta dónde llegará Kirchner por este camino? Hasta donde considere que sea necesario para mantener con puño de hierro el poder que hoy ostenta. No titubeará en meter mano en cuanta institución haga falta si cree que así aventará algún riesgo político que le pueda hacer perder parte de la popularidad de la que hoy goza. Porque vale aclarar en este punto que, para la ciudadanía argentina, la garantía de gobernabilidad y de mando inconmovible han demostrado ser mucho más importantes que las formas con las que se ejerce el poder.
La historia nos dice que por este camino muchas naciones han tenido épocas de recuperación y hasta de resurgimiento. Pero el tránsito nunca ha sido lo suficientemente duradero como para evitar una brusca caída posterior en el momento en que los vientos favorables viraron de dirección y revelaron la orfandad de cimientos sólidos.
Esa etapa atravesamos, confiados en que durará para siempre.
No importa si en los próximos cuatro años nos lidera un pingüino o una pingüina porque, en todo caso, los cambios sólo serán de matices.
Pero cuando el viento cambie y una vez más nos veamos arrasados por la realidad, maldeciremos a quienes hoy bendecimos con nuestro voto.
Sin embargo, eso no nos hará menos culpables de nuestro mísero destino.
Siempre se necesitarán voces que nos digan que podemos estar equivocados, aun cuando las apariencias digan lo contrario.
Esas y estas voces pueden ser de pájaros de mal agüero, pero también pueden alertar a algunos pocos, al menos, a tomar los recaudos que en el futuro eviten una debacle mayor.

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