Mar del Plata, 07 Enero 2009

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Temporada teatral

De Birmingham a Granada

por Adriana Derosa

En coincidencia con las nominaciones para el premio Estrella de Mar, la comprobación de que una temporada de espectáculos tan ecléctica tiene sus innumerables ventajas. Lo diverso sana. Lo diferente hace que más gente sea feliz. Puedo apostar mi capa: hay un espectáculo para cada alma de las que han coincidido en estas latitudes.


Image 1299Es decir, de todo. Hay a su gusto, al alcance de su bolsillo, de sus tiempos, de sus posibilidades anímicas, propuestas de todas las clases, de todas las naturalezas estéticas. Yo sé que a veces es difícil, ocupado como está uno en el trajín de vivir, pero si se detiene para alimentar el cuerpo, pare para alimentar el alma. No me refiero con esto a su asistencia a sus labores religiosas, que ya verá usted cómo se lleva con tales cuestiones. Me refiero a nutrir el espíritu con las esencias que destila su sociedad, con las muestras que da de cómo funciona. Es decir, a los productos culturales que le ofrece a usted el mundo que lo rodea.
Si es por tiempo, hay a toda hora. Si es por plata, las hay gratuitas o prácticamente del mismo valor que una entrada de cine y hasta menos. Sólo hace falta la parte difícil, es decir que usted logre aclarar qué es lo que realmente le gustaría ver, y no lo que le ponen por las narices con mayor frecuencia. Lo que de veras le hace cimbrar la estantería. Le cuento.

El montaplatos

Hoy sabemos que ha sido nominada como mejor espectáculo de drama para los premios Estrella de Mar, el clásico de Harold Pinter que fue símbolo de la dramaturgia de la posguerra.
En efecto, es ésta la primera obra del dramaturgo que fue para algunos el mejor de la contemporaneidad. Allí se plantea un clima inquietante que deviene de tomar el aspecto más amenazador de una situación por demás ambigua: dos hombres esperan en una habitación las órdenes de un jefe que no se deja ver.
Un cubículo reducido, un ambiente asfixiante, y dos que —sabremos luego— están a las ordenes de Wilson para la ejecución de trabajos que siguen el mismo patrón eternamente.
En este caso las actuaciones pertenecen a Alejandro Fiore, que ha cobrado popularidad por su participación en diversos ciclos televisivos, y de Fernando Sureda. Ambos personajes, si bien sostienen la escena en común, se plantan en posiciones diferentes frente al conflicto.
Fiore encarna a Gus, un obsesivo a ultranza que sin embargo, y a pesar de aparentar menos luces que su compañero, cuestiona y se cuestiona los alcances de su labor. Se plantea su modo de vida, las consideraciones que el jefe tiene para con ellos. Su compañero Ben, Fernando Sureda, en cambio, se conforma con las facilidades de la tarea, con sus escasas complicaciones existenciales y una frecuencia mínima de asistencia a su empleo. Ambos son asesinos profesionales.
Pero claro, la gracia está en ver que los recorridos mentales de tales trabajadores son similares a los de un empleado a destajo de cualquier rubro: viáticos, stress, soledad, imposibilidad de modificación de la realidad. Lo siniestro está allí, en tomar la aparente cotidianeidad que alcanza un encierro que conduce a la muerte de la víctima eventual.
En este caso es imposible no hablar de Fiore y este proyecto de satisfacción personal. Su tarea ha consistido en elaborar un personaje que lo apartara lo más posible de las máscaras que ha debido componer en las series, y que casi de continuo lo han llevado a ser el fuerte controlador de la realidad sin sutilezas.
La representación estética y mediatizada del obsesivo nos muestra un personaje capaz de acciones mínimas, sin embargo representativas, de una precisión de movimientos detallada, y de un manejo del reducido espacio de la sala Nachman como si se tratara, en efecto, de un ambiente propio pero a la vez extraño, en el que cada centímetro rinde a ultranza. Excelente el manejo de la tensión del espectador en el clima intimista de una sala de cámara.

Los recomendados de N&P

Empezar de arriba

El taller de teatro de El Centro Cultural El Séptimo Fuego ha realizado un montaje con el propósito de que sus alumnos de segundo año se presenten en temporada con un espectáculo teatral, y vivan con acabada realidad todas las instancias de la vida profesional en esta disciplina.
No es lo mismo que hacer una puesta final de la escuela de teatro y realizar tres funciones cuyo éxito está asegurado por la asistencia y perspectiva cariñosa de familiares y amigos a la hora de la evaluación. Hacer una temporada completa de funciones significa, para quienes se inician en las lides escénicas, salir al ruedo como todo el mundo, y enfrentar las dificultades que implica el teatro independiente a la hora de difundir, competir y cumplir simultáneamente todas las partes de la actividad: hay que producir público, hay que armar antes de las funciones de todas las semanas, hay que actuar, hay que desarmar para dejar paso a la actividad siguiente.
La propuesta se titula “Burlerías para Arlt”, y se compone de dos piezas breves: “La isla desierta”, de Roberto Arlt, y “La farsa de las medias galvanizadas”, de Juan Carlos Nigro.
De esta forma, y bajo la dirección entrenada de Viviana Ruiz, se ha encontrado un hilo conductor desde la propuesta arltiana, y a través del homenaje de Nigro, cuya obra pone en marcha aquellas preocupaciones de Roberto por conseguir el producto que lo sacaría de la vía a él mismo y a sus personajes más paradigmáticos.
En este caso, la dirección ha tenido el tino de recurrir a propuestas estéticas que permiten a actores noveles proyectarse escénicamente, gracias al intenso trabajo en la composición de personajes casi filigranados, que se apoyan en la máscara y en la acción corporal. Las motivaciones interiores resultan hoy complejas, por la ingenuidad que los textos adquieren desde una mirada contemporánea.
Interesante el planteo espacial y la utilización de elementos escénicos, que ha permitido la resolución de un texto ya tradicional de la dramaturgia argentina, esta vez con un resultado de mayor vuelo artístico. Los personajes son, en el caso de “La isla desierta”, caricaturas de empleados de oficina, y a decir verdad, jamás deben ser otra cosa, a setenta años vista.
En el caso de “La farsa de las medias galvanizadas”, el planteo sesgado de los coros de personajes separados por género dinamiza un texto que podría haber dado un resultado demasiado narrativo. Es más un relato ilustrado escénicamente que una obra de teatro.
De todas formas, en este caso el resultado es el pretendido. Se comprende la cosmovisión arltiana, se participa activamente como espectador de las decisiones frente al conflicto, y se ubica uno mismo, finalmente, del lado de la caricatura, que es lo único que nos queda cuando el fracaso de una idiosincrasia es ya anunciado a viva voz.
Si lo que se procura es el efecto de asistir a una obra profunda pero no angustiante, que alcance el humor sin quitarnos las pocas neuronas que nos quedan; si lo que buscamos es reírnos de la propia identidad nacional, como lo hace Arlt, ésta es la nuestra. “Burlerías para Arlt”, los lunes a la noche en la sala de calle Bolívar.


Abanico de Soltera

Se trata de un trabajo unipersonal escrito e interpretado por Andrea Juliá, bajo la dirección de Pucho Medrano.
Durante su recorrido la actriz construye un camino virtual a lo largo del espíritu de Federico García Lorca, recreando sus personajes paradigmáticos, así como todos los elementos que hacen un corpus de sentido, muchas veces extratextual, de la representación del poeta en el imaginario popular. Aun la escenografía de Miguel Ángel Nigro apoya aquello que recordamos de él: sus trazos en las figuras de sus dibujos populares, ininterrumpidos y lineales, que parecen juegos de ingenio sostenidos en el aire en la transparencia que delimita sin opacar.
Andrea Julia logra un voltaje emotivo particular a través de la presentación escénica que no teme al riesgo y se despliega como un conjunto de rostros simultáneos del significante que es Lorca para el mundo contemporáneo, a la vez que recorre la biografía y se detiene no sólo en los hitos históricos sino en los que representaron puntos de inflexión en el espíritu del granadino.
La música original de Gustavo Testa colabora con eficiencia a la creación de un ambiente soñado que es a la vez la consagración de lo femenino y su puesta en discusión, en lo que hace a las limitaciones de género que Lorca discutió al extremo. Ella es a la vez la soltera y la manola, la mujer que puede y la que no, la que Lorca admiraba secretamente y pintaba con palabras de reojo, y la que veía languidecer en cada línea de las tragedias que ponen en foco las vidas inútiles por la limitación heredada.
Juliá es aquí el duende que interpreta al “Duende”, es la voz de un Lorca vuelto actriz que puede decir las palabras del poeta que no podía morir. De ése que hizo temblar las manos de los verdugos. El duende de España, el que vive ahora en los labios de las mujeres que llevan por el mundo sus versos, desde hace setenta años y más. Un espectáculo para mujeres y para los hombres que las aman.

Es decir que no hay vueltas. No hay forma de decir que no hay nada de lo que le gusta a uno. Hay de la variedad que le guste. Puede usted pedir lo más extraño o lo más convencional. La temporada teatral le ha quitado las excusas. No permita que se escape otra, que será ya febrero avanzado y hay compañías armando las valijas.
Piense que no habrá día más adecuado que éste, porque jamás lo hay. Piense que no será posible que las cosas estén mejor organizadas.
Si no tiene usted compañía adecuada, créame: cuando se asiste al espectáculo correcto, al que se debía ver, al que había sido concebido para usted en un momento determinado de su vida en que le hacía falta, sólo estarán usted y el artista, los demás serán de palo.
Lo mejor es estar absolutamente solo frente al otro, al que dice, al que comunica aquello que debe ser oído o visto. No habrá mejor momento en la vida. Será como estar en el campo mirando con detenimiento las estrellas: un instante en que uno tiene la secreta convicción de que, en medio de esta inconmensurable confusión generalizada, por fin se ha entendido algo.

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