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De turistas y viajeros
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Dice mi amiga y socia en esta página, Amelia Ambrós, que no es lo mismo ser turista que viajero. Vaya que no: al turista se lo reconoce por las zapatillas relucientes, recién salidas de la vidriera más cool del barrio. Será que la inseguridad nos ha hecho escamotearle al ojo envidioso los estereotipos tales como cámaras, filmadoras y otras evidencias turísticas.
El viajero, hombre, es una categoría diferente. Se es viajero por la necesidad ingobernable de verlo y aprehenderlo todo. Cuando se es viajero y uno se queda en soledad, jamás se queda solo si están los recuerdos de los viajes. Nada que ver con el álbum de fotos o las horas insoportables de video para los amigos y parientes. El viajero es un aprendiz impenitente de olores, sabores, colores, saberes y conoceres de otros. El viajero es un tipo o una tipa que no piensa en qué se pone para ir al Louvre, consciente de que allí hay obras de arte de tipos que, en sus inconmensurables días de anonimato, debieron hervir suelas de zapatos y hacer con ellas sopa para alimentar a la familia. Entonces, asiste con respeto al espectáculo del sufrimiento en pinceladas y recorre pasillos e historias con humildad, con urgente calma, sin trepidar y sin treparse a la nuca de nadie, porque no es necesario. El viajero, si algo tiene de sobra, es tiempo. El viajero es un recurso escaso, en tanto el turista crece debajo de las piedras, al ritmo de una inflación contenida, paupérrima. Pero no se conforma, y sale al mundo a exhibir sus oropeles y sus mapitas de orientación. No sea cosa que se pierda y conozca.
En fin, dejemos al viajero y su peregrina riqueza, para abordar esa conflictiva subcategoría trashumante que es el turista. Para empezar, el tipo decreta que si él está de vacaciones, el mundo está de vacaciones. Para aquellos que habitamos, por azar o decisión, ciudades consideradas turísticas, la cuestión no es meramente semántica, aunque ésta puede ilustrar muy ajustadamente las diferencias: no es lo mismo vivir en vacaciones que de las vacaciones. Lo primero no sólo nos tiene de protagonistas, sino felices como un queso, gastando como manirrotos. Lo segundo nos tiene de espectadores, ni siquiera de lujo, pidiendo perdón por tener ganas de ir al baño y dejar de atender, con silla plegable en el pasillo del teatro y mirando de reojo cómo otros disfrutan del sol, la arena, los caracoles y hasta los odiosos partidos de tejo, que abominamos pero desearíamos tan sólo tener la oportunidad de rechazarlos. Hay lugares que nacieron bajo la idea excluyente del afuera. Mercados de la pura apariencia, cuyos originarios habitantes fueron educados de un modo funcional a esos intereses: “mire usté qué belleza la postal, don. Pase, vea, gaste, doña. La basura, por favor, lejos de las luces del centro, bajo la alfombra de ser posible. Y gracias por la propina. Dios los bendiga”. En ciertos lugares lo denominan hospitalidad, pero a poco de ahondar en las entrañas de los hospitalarios, salta como un venenito la profunda sensación del subsumido en el karma del anfitrión: nació en la sala de recibir, y qué se supone que debe hacer de su vida sino recibir... No es sencilla la tarea del recepcionista de cuna y oficio. Exige una dedicación exclusiva, sin salario al tono y sin reconocimiento de horas extra, con el único fin de hacerle agradable la vida a un otro. Y minga que uno quiere tener sempiternamente la sonrisa en los labios y el gesto gentil. No, mi amor: a los recibidores sin diploma también nos duelen los juanetes, nos entra arena en los ojos, nos quedan los pelos duros por la sal, el sol nos saca ampollas, la vida se nos amontona y las horas no alcanzan para laburar, descansar y jugar en la playa con la palita, el baldecito y los nenitos durante los francos. Que son exactamente 4 en toda la temporada. Además, y disculpe amigazo si usted es de la clase que se pasó los dos últimos años juntando los restos monetarios de la semana en una botella de difundida gaseosa con el objeto de gastarlos en estas costas galanas: no es que lo detestemos a usted, a su suegra, o al bobina de su hijo de 17, que no para de decirle barbaridades a las salientes traseras que desfilan sin cesar ante sus ojos. Los queremos, pero vayan en paz. Y déjennos el cheque antes de irse, cierren con traba y dejen bien visible el cartel de la puerta, que reza: “vade retro, invasores. ¡A casita, que llueve!”. No es personal. O sí: es con el sustantivo común colectivo “turista”.
Es que, sin intención de herir susceptibilidades, se vuelve molesta la vacación por imposición. Que eso es el servicio de la vacación y ninguna otra cosa. Es tolerar que el otro, el ajeno, el foráneo, lo mire todo con ojos de novedad o de apropiación por imperio del gusto y el dinero para sostener esa elección. Es el intento infructuoso del de acá, de gerenciar las obligaciones de las que no se puede claudicar, en el breve tiempo en que los demás, los que vacacionan, claudican de las suyas. E imponen un ritmo, un son. Y a bailar. Me pregunto, año tras año: ¿qué tiene que ver el ocio con el permiso que un sujeto cualquiera se otorga de pararse con su vehículo en contramano, en triple fila; de cruzar la calle con la luz que le dé la gana, de socavar las buenas costumbres que vivir en sociedad impone; de ocupar el espacio que se le antoje porque compró un boleto de tren, avión, micro o le cargó a su auto el combustible suficiente para atravesar el cartel de bienvenida a la Capital Nacional del Pulóver? No estoy en contra del turista, aunque es un concepto de existencia palpable con el que no me agrada compartir. De hecho, y ha quedado aquí meridianamente expresado, prefiero al viajero. Pero por encima de todo, me disgusta notablemente la presencia en mi casa del que, haciendo uso legítimo de un descanso bien ganado al esfuerzo anual, se arroga el derecho de contravenir todas las reglas de convivencia que cualquier complejo urbano del mundo construye para ser y no perecer en el intento. No es cierto que ésta sea una ciudad turística, aunque nos hayamos comprado el crédito y la hipoteca que acompaña; aunque un frente marino de extensísimos kilómetros de finas arenas haga lo indecible por negarlo; no lo es, tampoco, pese a que las autoridades de turno deban afrontar frases políticamente correctas para que el presupuesto, en la infinitesimal composición que el rubro turismo representa, no se vea afectado; no lo es, independientemente de que sea el sitio de la República Argentina más identificado con las vacaciones. Este hogar generoso en paisaje alberga casi 700.000 almas y cuerpos que aguardan y perecen por igual cuando llega el verano, aunque no más que lo que la población de Ayacucho espera la Fiesta del Ternero, y no por eso se la unge como ciudad turística cada vez que el acontecimiento sucede. Esta ciudad, una de las más bellas del orbe, tiene un movimiento propio, inercial, que agradece ser coronada año tras año como la reina nacional de la belleza folklórica, pero agradecería mucho más que se la tuviera por una mina independiente, autodeterminada y soberana, que no necesita del estío para que venga el gran caballerito de la zona a declararla la bonita mantenida.
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