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El drama de los niños-soldado
El Compromiso de París
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por Rodolfo Olivera
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Esta semana la cigüeña trajo varios bultos de París. La imagen estudiadamente presidenciable de la Senadora Fernández, los tambores de cercana batalla electoral entre la elegante Royal y el encendido Sarkozy y, por fin, el temor fundado por las consecuencias del maltrato ambiental. De todos, el más pesado y doloroso porque pega en el alma, como la perversión más abyecta, es usar chiquilines para matar, o exponerlos a la muerte.
Entiéndase que a todo tipo de muerte: física, o psicológica si evita la primera. En el debate organizado por la cancillería francesa y UNICEF volvieron a aflorar viejas mañas como sorprenderse (no sé de qué), horrorizarse (inevitable, si hay cámara o micrófono cercano), reclamar ante los organismos internacionales (absoluta e históricamente inoperantes) y firmar declaraciones enjundiosas, pero no vinculantes. Porque eso fue el "Compromiso de París", un papel lleno de obviedades conocidas, de lectura hemipléjica, de repeticiones ad nauseam y al mismo tiempo carentes en un todo de responsabilidad exigible. Denuncia UNICEF que hay más de 40 naciones directa o indirectamente involucradas en el tema. Más de 250.000 casos estimados a lo largo y ancho del redondo planeta. Menores que son utilizados como fuerza de choque para el combate directo o para desactivar minas antipersonales (son livianos y con dedos finitos). Niños usados como mensajeros exponiéndolos a cruzar territorio enemigo, como espías o como esclavos sexuales. "Niños perdidos, perdidos para la paz y perdidos para el desarrollo", dijo el canciller francés Philippe Douste-Blazy. No hace falta demasiada explicación para advertir que se trata de un tema electrizante, pero se encargaron de darla en prolongados discursos. Que hay datos que confirman la necesidad de hacer algo urgente, no es ninguna novedad; de hecho, tratamos el tema en N&P 303, en julio de 2003. Que se maneja conforme al grado de "amistad" con el Estado infractor, tampoco es nuevo. Se requirió el enjuiciamiento del caudillo congolés Thomas Lubanga por reclutar a niños soldados para su sangriento conflicto tribal, pero poco y nada se dijo del democrático y aliado presidente Álvaro Uribe de Colombia, patético y mentiroso aliado de Washington que viene negociando el alto el fuego con los paramilitares de la AUC, el grupo de choque más acusado de potenciar el uso de chicos para sus "limpiezas sociales" (sic). Porque no se olvide de un detalle: Colombia es el tercer país del mundo con este problema. Pero Colombia, como dicen en los pasillos de la Casa Blanca, es un ejemplo democrático que deberían seguir otros Estados latinoamericanos. Esa Colombia donde todos ignoran las preguntas públicas de UNICEF, de Human Rights, y hasta de su Procurador General, Edgardo Maya. ¿Qué pasó con los niños que estaban en las AUC? Porque claro, al "sentarse a negociar" hubo un acuerdo tácito entre los paramilitares y el gobierno: de los chicos no se habla. Entonces, sencillamente, “desaparecieron”. Los organismos acusadores hablaron de no menos de 12.000 reclutados, la mayoría forzados o por necesidad. Les pagan u$s 40 mensuales por ser informantes, y u$s 160 si entran en combate. En las zonas pobres del sur de Bogotá o en la vecina Soacha se siguen reclutando masivamente a pesar de que las AUC ya "negociaron" la paz; así lo denunció la Fundación alemana Diakonia y sus palabras fueron escalofriantes: "Somos testigos de una masacre continua y silenciosa". La BBC británica editorializó "Existe un pacto entre Uribe y los paramilitares: volver invisibles a miles de niños, niñas y adolescentes". Así es cómo las AUC están en condiciones de eludir las críticas y el Estado no necesita hacerse cargo de la asistencia psicológica y social de esos pequeñajos que, hoy, no se sabe si pudieron regresar a sus casas (moral y psíquicamente destruidos), si ingresaron en el delito o si ya fueron "contratados" por otra caterva de insanos. Por supuesto que los paramilitares de las AUC no son los únicos, también las "progresistas" FARC practican el perverso deporte. En San Vicente del Caguán se han registrado cientos de casos de niños de familias muy humildes que huyen para evitar que atrapen a sus hijos, o de resignados que los entregan. Human Rights elevó a la Defensoría colombiana un listado con casos de menores de 11 y 12 años y con el caso de una niña de 8 años que era "informante". Y ojito con desertar, porque los “traidores” y los “arrepentidos” tienen un solo destino, la muerte a manos de sus propios captores/contratistas. Olara Otunnu, de UNICEF, cuenta que alguna vez se reunió con el Comandante Raúl Reyes de las FARC, quien le "prometió que no aceptarían a reclutas menores de 15 años” . Dato que confirmó el Comandante Carlos Antonio Lozada a Human Rights Watch mostrándose ofendido al decir que "Las FARC establecieron como edad mínima de reclutamiento los 15 años". Mire usted que habían sido así de macanudos... El periodista Hernando Salazar hace años que publica sus denuncias en diferentes medios de Bogotá, habiendo recibido ya tres amenazas de muerte y el incendio de su vivienda particular. Todo allí, en esa Colombia amiga y democrática que, dicho sea de paso, aún no ha ratificado el Protocolo Facultativo de la Convención sobre los Derechos del Niño en la participación en los conflictos armados. Como seres humanos que somos (?) claro que duele, y mucho, saber que esta horrorosa realidad existe en Afganistán, en Uganda, en Somalia, en Sri Lanka, en Birmania, en Filipinas (éstas últimas decidieron no mandar delegaciones a Francia). Claro que eriza la piel escuchar a Ismael Beah, con sus actuales 23 años, recordando ante todo el auditorio que sólo tenía 13 cuando lo reclutaron para combatir en la guerra civil de Sierra Leona. Claro que es impresionante escuchar decir que a esa edad "tomar un arma y matar a alguien era tan fácil como beber agua". Pero no sé, no sé por qué me cuesta tanto aceptar que en nuestra Latinoamérica, tan rica y tan golpeada a la vez, sobrevivan estos nichos de brutalidad extrema, una brutalidad impensada para el animal más bajo en la escala zoológica del desarrollo. Es lo que hay. El Compromiso de París que, le recuerdo, es "no vinculante", hasta ahora no es otra cosa que una más de las tantas rimbombantes reuniones donde paquetas señoras y elegantes caballeros, funcionarios todos ellos, toman nota entre “ayes” y muecas de disgusto por una realidad que ya deberían conocer y sobre la que ya deberían haber actuado hace tanto. La ONU, por su parte, cuando le fue llevado el informe final, declaró por medio del vocero del Secretario General que el tema pasaba a estudio para las próximas semanas. Mientras tanto, que los chicos sigan combatiendo. O sigan muriendo. O los sigan violando.
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