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Cartas de un judío a la Nada
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Hallan, 1591. Aunque pocos lo adviertan, la Historia es cíclica en gran medida. Existen situaciones que se dan frecuentemente en lo particular, aunque en lo general parezcan completamente distintas. Un ejemplo claro es el final de un sitio. Podría haber sucedido en tiempos de Alejandro en la lejana Persia, o en tiempos de David en mi tierra natal, o entre las atormentadas poblaciones de Sicilia o en cualquier otro lugar a orillas del Mediterráneo en cualquier momento de la Historia. La experiencia enseña dos cosas: la primera es que las ciudades sitiadas siempre caen, la segunda es que las consecuencias de ello son siempre las mismas: saqueos, muerte, violaciones y destrucción. A veces no sé si los hombres somos incapaces de superarnos y volver a tropezarnos siempre con las mismas piedras, o si el Hacedor del Mundo tiene poca imaginación y en su Libro Eterno escribe siempre las mismas cosas.
Una Luna lechosa derramaba plata sobre las olas, creando sobre el mar calmo la ilusión de un puente de luz que comunicaba la Tierra con los Cielos. Sobre los afilados acantilados que caían impiadosos hacia el mar, una figura oscura escrutaba el Océano como buscando en allí unas palabras que sólo su imaginación podía adivinar. Vestía un manto negro y era también negra la capucha, eso le era propicio ya que su presencia debía pasar lo más inadvertida posible. La Luna ascendía, las estrellas giraban y él permanecía mirando las aguas. Su infinita paciencia lo inducía a mantenerse inmóvil y atento, aguardando la llegada de esa señal que tanto esperaba y temía. De pronto una sombra se internó en un halo de luz que formaba el reflejo selénico y, quedamente, el hombre reaccionó. Con la celeridad del rayo, un cuerno de guerra apareció en sus manos y una llamada poderosa hirió la noche despertando a las huestes adormecidas. Mientras tanto, aquella isla de luz en el mar oscuro seguía manchándose de siluetas, eran las sombras de los buques de guerra que se afanaban para llegar a la costa. El atento vigía guardó su instrumento y caminó temerariamente por el borde mismo del precipicio en dirección del Norte. Hacia allí había un pequeño bosquecillo que terminaba justo en el margen del continente y desde las barcas se podía ver, en aquella parte de la costa, cómo las raíces de los árboles se asomaban de entre las paredes del risco. Ocultos en el interior de la arboleda, un centenar de hombres esperaban dispuestos a obedecerlo. A una voz suya, decenas de soldados emergieron de entre los pinos llevando de a uno o de a dos las piezas de las balistas. Las máquinas de guerra fueron montadas en pocos instantes y comenzó la ofensiva. La armada enemiga viraba ahora hacia el Norte para buscar un puerto y quedaba expuesta a un fuego que no podía responder. Esos pocos hombres, en instantes, fueron responsables de la muerte de otros cientos. Hundieron o quemaron los barcos; los náufragos, al no hallar ninguna playa donde guarecerse, murieron ahogados o destrozados por las olas. Pero nuestro vigía no vio todo esto. Para cuando los primeros buques se fueron a pique, él ya había montado un caballo y se había marchado, adelantándose a su enemigo. Raudamente alcanzó el camino que se internaba en tierra firme y, a medida que avanzaba, lanzaba agudas notas con su cuerno, enviando señales a sus aliados. Los soldados del bosquecillo habían quedado bien aprovisionados como para poder sobrevivir durante semanas, teniendo agua y comida en abundancia. El plan era sencillo: desde la costa hasta la Capital, toda ciudad sería abandonada, todo bien o alimento se destruiría y media nación quedaría convertida en un desierto que sería impracticable para los invasores tras varias semanas de viaje en barco. Aquel jinete transmitía a militares y civiles que la hora del sacrificio había llegado, que era momento del exilio voluntario. Unas pocas horas después, mientras cientos de buques atracaban en costas más amistosas, una larga caravana de gente muñida con lo más imprescindible marchaba penosamente; detrás suyo los militares prendían fuego a montes y sembradíos, a aldeas y bosques. Un enorme desierto de cenizas se formó como barrera entre los despiadados invasores y los desesperados invadidos, muchos de los cuales se sostenían aún en defensa de su orgullo porque ya no les quedaba otra cosa por la que pelear. Sin embargo, esa situación de prósperos y desventurados se revirtió a los pocos días. A medida que llegaban a la Capital, los refugiados eran atendidos y cuidados, se les otorgaban nuevas propiedades y se les daba también un dinero para que pudieran rehacer sus vidas. En la llanura arrasada por sus propios dueños, miles de soldados morían de hambre, sed y desesperación. Tras un viaje demasiado prolongado ya se habían quedado sin alimentos, sin nada, su única opción era intentar llegar a algún sitio donde descansar y reponer fuerzas. Pero en ese infierno artificial que les habían preparado, no había refugio alguno donde guarecerse. Lo que pocos saben es que tanto el ataque como la defensa fueron planeadas por el mismo hombre. Un ser oscuro, práctico, de mentalidad analítica y fría, un estudioso de la guerra. Él, trabajando como mercenario al servicio de ambas naciones, había orquestado toda la situación. Su único propósito era probar, en una situación real, sus teorías más encumbradas. Se trata de un personaje tan siniestro que ni siquiera deseo citar su nombre.
Un nombre que aquellos soldados, asesinados de hambre y frío por el sólo hecho de no ser absolutamente efectivos a la hora de la batalla, jamás llegarán a conocer.
Nemuel Delam. El judío errante.
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