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12 de octubre
505 años
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por Rosanna González Pena
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Octubre otra vez, uno de los últimos feriados previos al inicio de la temporada. Otra vez la discusión sobre si fue una conquista o el encuentro entre dos mundos. Otra vez preguntarse si Colón fue el primero o ya habían llegado otros. Y, como si fuese poco, Mel Gibson filmó Apocalypto para confundir un poco más.
La vi, no me gustó demasiado. Pero al menos rompe con el mito de que la vida en América antes de la llegada de los españoles era, como muchos creen, el paraíso en la Tierra. Ni el paraíso idílico que extrañan los movimientos indigenistas ni la locura sangrienta de Mel Gibson. En realidad había de todo en esta inmensa América. Sabemos lo que pasó con las dos grandes civilizaciones de nuestro continente a menos de un cuarto de siglo antes de la llegada de los españoles: tanto el imperio Azteca como el Inca cayeron en poco tiempo, su estructura de poder y sus sistemas de caminos fueron utilizados por los conquistadores para montar sobre ellos su propio gobierno. Pero en la mayor parte de América no contaron con esa suerte. El enorme espacio americano no estaba habitado por civilizaciones con estados centralizados ni tenían una vida urbana floreciente. Por el contrario, eran gobernadas por jefaturas locales que dominaban espacios reducidos, no había un Moctezuma o un Atahualpa para suceder. Las gentes que habitaban el resto de América Central o del Sur, fuera de las grandes civilizaciones azteca e incaica, habían desarrollado culturas muy diversas. No les había tocado en suerte un medio propicio para el cultivo y no tenían más remedio que desplazarse de un lugar a otro para cazar, pescar o recolectar frutos. Los españoles no tardaron mucho en darse cuenta de estas diferencias. Fray Bartolomé de las Casas resumía la situación explicando que “se hallan tres maneras de linajes bárbaros. La primera, la gente que tiene alguna extrañeza en sus opiniones o costumbres pero no les falta policía ni prudencia para regirse. La segunda es porque no tienen las lenguas aptas para que se puedan expresar con letras como en algún tiempo lo eran los ingleses. La tercera son los que sus perversas costumbres, rudeza de ingenio y brutal inclinación son como fieras que viven por los campos sin ciudades ni casas, sin policías ni leyes, sin ritos ni tractos”. Tanto los españoles como en parte los portugueses se centraron en lo que consideraban más civilizado y desatendieron por un tiempo las inmensas regiones habitadas por gente que, además de no poseer atractivos económicos, mostraban muy poca disposición a ser sometidos, ofreciendo resistencias encarnizadas a veces hasta mediados del siglo XIX, como en el caso de los chichimecas al norte de México o los araucanos en la Patagonia. A pesar de las diferencias notorias, en el imaginario europeo triunfó la imagen del salvaje en el paraíso, desnudo en un ambiente tropical, con la comida al alcance de la mano y en medio de una sociedad igualitaria. Una imagen que tenía un solo defecto: para los blancos, la mayoría de esos salvajes eran caníbales. En la actual Panamá, había pueblos como los muiscas o chibchas que contaban con varios caciques independientes y que conocían desde hacía muchos años la metalurgia, trabajaban el oro y el cobre y eran excelentes orfebres. Sus creencias religiosas incluían una serie de mitos que mezclaban elementos de la naturaleza con caciques legendarios de cada territorio.
El Sol y la Luna eran elementos claves de sus creencias. El mito de Bochica se asemeja a los de Quetzalcoatl y Viracocha. Bochica, un ser astral, había llegado desde Oriente para enseñar las leyes y las artes y habría desaparecido sin dejar rastros. Chipchacum, el dios de la tierra, se dejó llevar por la ira y arrojó un diluvio que inundó la tierra, pero Bochica se apresuró a salvar a los hombres. Como podemos ver, es el mito del diluvio universal. Por supuesto que, como en la mayor parte de las civilizaciones de esta zona, se ofrecían sacrificios humanos al sol; las víctimas eran jóvenes guerreros capturados en batalla. Más abajo en el mapa, en lo que hoy son las selvas brasileñas y hasta el Río de la Plata, habitaban las gentes de lengua tupí. Nómades a fuerza de un suelo poco apto para la agricultura. Quizás por esa gran movilidad su lengua se convirtió en la lengua franca de buena parte de las tierras del Brasil de aquella época. Los españoles los consideraban físicamente perfectos. Hombres y mujeres iban completamente desnudos, con los cuerpos totalmente depilados y pintados de llamativos colores, sobre todo de rojo y negro. Más cerca nuestro estaban los araucanos, descriptos por el español Diego Rosales, como “gente entre las que cada quien se sirve a sí mismo y se sustenta con el trabajo de sus manos”. Los relatos de ciertos españoles de la época muestran cierta admiración por esta gente de valor, de gran destreza guerrera y de ideal independentista. Sólo en el último tercio del siglo XIX fueron sometidos por la civilización urbana y el Estado tras resistir durante varios siglos. Nunca formaron una unidad política con estructuras estables de gobierno. Los distintos grupos se reunían periódicamente en un lugar llamado “regua” para solucionar pleitos, hacer justicia, celebrar alguna ceremonia y decidir el inicio de una guerra. Estas reuniones que podían durar varios días incluían importantes comidas que corrían por cuenta del cacique que convocaba. La sociedad araucana era estrictamente igualitaria. Cada familia proveía sus necesidades e incluida la del propio cacique, de manera que nadie vivía del trabajo de otro. No construían ciudades ni núcleos de población, las familias habitaban en caseríos dispersos. La poligamia era una práctica habitual; el novio le pagaba al suegro por la novia y si se divorciaban a pedido de la mujer, el ex suegro debía devolver lo que había cobrado. Su carácter de guerreros se manifestaba en los entrenamientos constantes y en la preparación continua para la lucha. Las cabezas de los enemigos se mostraban como el tesoro más preciado en las lanzas de los guerreros araucanos. Se sabe muy poco sobre sus creencias religiosas, aunque nos consta su temor hacia unos seres sobrenaturales, los “pillán”, asociados al fuego y al rayo que cuando se enojaban demasiado provocaban la erupción de los volcanes. Entre sus mitos figura, una vez más, el de un diluvio, o una inundación de la que sólo pudo salvarse una o dos parejas que volvieron a poblar la región. América tenía en su interior gentes muy diferentes entre sí y muy distintas a los españoles, salvo por una cosa: en el fondo todos tenemos nuestro propio diluvio fundacional.
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