Mar del Plata, 21 Noviembre 2008

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Lavagna y Scioli

por Enzo Prestileo

Los ingenuos que siempre creen haber descubierto al político peronista diferente del resto, ¿habrán encontrado en Lavagna suficiente escarmiento? ¿O cuando la estrella de los Kirchner comience a esconderse en el horizonte pondrán sus esperanzas en Daniel Scioli?


Todavía, dos semanas después, se escuchan guturales sonidos de asombro entre muchos periodistas, varios políticos y algunos ciudadanos de a pie conmovidos por la carnavalesca movida del “pálido” economista, que en un solo movimiento saltó de los brazos de Don Raúl Ricardo a los de su reciente patrón, el ¿ex? Presidente Kirchner.
Como el perenne ciclo de los glaciares (que indefinidamente y de a poco agrandan su volumen para después volver, en segundos, a su mínima expresión y empezar nuevamente a acumular hielo), un numeroso conjunto de argentinos se convence sucesivamente de que el peronista distinto, el que nos gobernará respetando las reglas básicas de las comunidades más evolucionadas, está entre nosotros. Y deposita toda su confianza en él (o ella), seguro(a) además de que no hay quien pueda llevar las riendas de este país de manera firme si no proviene de la fuente eterna de poder del justicialismo.
Así sucedió con el ex ministro de economía de Duhalde y Kirchner, como antes había sucedido con esos mismos ex mandatarios y como, según todo hace prever, sucederá en poco tiempo más con Scioli.
En el fondo, esos argentinos son como las esposas golpeadas que, llegado el momento límite, prefieren creer que él finalmente cumplirá su promesa y dejará de maltratarlas.
Daniel Scioli llena todos los casilleros que tienen estos ingenuos compradores de buzones en sus formularios. Tiene el aire mundano que le da su deportivo background, no hace demasiado alarde de su linaje peronista y se lleva bien con el mundillo intelectual.
En estos años demostró que el cuero le da para aguantar feroces escaladas verbales de los máximos capitostes del movimiento, sin que se le arrugue demasiado el traje. Y hasta exhibió una cintura digna de un gimnasta para ir rotando junto con el sol peronista a medida que fue iluminando nuevas geografías y nuevos líderes, sin necesidad de integrar el coro de saltimbanquis que, para conseguir un lugarcito bajo ese sol, se vieron obligados a abjurar de sus antiguas lealtades.
Ese es Daniel Scioli. Y esas virtudes, que siempre cotizan en alza, son las mismas que había mostrado Roberto Lavagna hasta que, después de hacer las cuentas, llegó a la conclusión de que era mejor ser cola de león que cabeza de ratón.


"Pacto de Olivos II"

Parece ser que la organización formal del Partido Justicialista será el comando de cabecera del ¿ex? presidente Kirchner. Claro que, como lo demostró cuando llamó a sus amigos de Clarín para darles en exclusividad la primicia de su acuerdo con Lavagna, la residencia de Olivos y, eventualmente, su morada conyugal de El Calafate y sus oficinas de Puerto Madero, también estarán disponibles para lo que el hombre necesite.
En su primer movimiento en el llano don Néstor se deglutió de un solo bocado a quien fuera su primer Ministro de Economía (el único real, ya que luego sólo tuvo ministros títeres cuyos hilos se ocupaba personalmente de manejar), incorporándolo al borrador preliminar de la estructura que va delineando para cuando sea formalmente electo como mandamás del partido peronista.
La estrategia para neutralizar a quien asoma como el único soldado capaz de crecer y disputarle el poder el día de mañana, esto es, el actual gobernador bonaerense, no conoce todavía la luz pública. Sólo se puede especular al respecto, aun cuando no caben dudas de que es su top of mind en cuanto a lo que a construcción política y conservación y concentración del poder respecta. Y ya se sabe, por la experiencia de estos últimos cinco años, que esa construcción está antes que cualquier otra cuestión para Nestor Kirchner. Incluso por encima de aquellas que constituyen las preocupaciones principales de sus potenciales votantes.
No será fácil para el ex campeón de motonáutica atravesar ileso el campo minado que el matrimonio K le estará preparando para su próximos años al frente de la gobernación.
En todo caso, el riesgo que correrán ambos pingüinos es el de concentrar su atención en Scioli y dejar libre el terreno para que Mauricio Macri pueda ocupar el centro de la escena política opositora.
Si esto ocurre y el alcalde porteño puede exhibir una buena gestión para entonces, en las elecciones de medio término del año 2009 puede estar jugándose la continuidad del proyecto K de permanencer en el poder.
Serán una partida de ajedrez muy interesante.


La caída en desgracia (o en las garras kirchneristas) del economista desorientó los radares de quienes veían en él al sucesor de la dinastía K, y los puso a buscar frenéticamente un nuevo delfín.
No es que Scioli se haya convertido de la noche a la mañana en la nueva esperanza blanca de esos extraños seres que, convencidos de la nocividad del peronismo, invariablemente apuestan por un integrante del clan a la hora de elegir su nueva guía. No, hace tiempo que a Daniel Scioli se lo percibe como el futuro Bruto que traicionará a su César ni bien se presenten las condiciones políticas propicias.
Ese protagonismo mayor estaba previsto para bastante más adelante. Exactamente para cuando el viento de cola que empuja el barco de los K (y por transitividad, al de todos los argentinos) comenzara a soplar en el sentido opuesto al actual. Pero ahora los tiempos se han acelerado debido a la inesperada jugada de Lavagna.
Quizás por su inflexibilidad o quizás por su exótica devoción religiosa, lo cierto es que Carrió nunca fue santo de la devoción de esos librepensadores que, pese a descargar ríos de tinta de liturgia antiperonista en lo interregnos no electorales, llegado el momento de elegir timonel no dudan en apostar por el peronista de camisa más almidonada. Tampoco Macri llegó a acumular suficiente capital (político, claro está) como para ser considerado posible capitán de un barco como el argentino, que navega mucho más tiempo en aguas encrespadas que en mares calmos. En el resto de los opositores ni vale la pena detenerse.
Sin embargo, el riesgo que corre Scioli de cara a ese futuro promisorio es el de no poder, no querer o no saber despegarse a tiempo de las filas K.
El intríngulis al que lo somete la delicada situación financiera de la provincia que gobierna le deja muy escaso margen de maniobra. Sabe que si enoja a sus patrones antes de tiempo, pueden empujarlo a un incendio social del que saldría muy chamuscado. Mientras que si sigue atado a ellos cuando el voluble ánimo de las clases medias (que todavía no atinan a ubicarlo en su mapa político mental con claridad) se olvide definitivamente de los ‘90 y concentre todos sus rencores en la administración actual, se verá condenado a ser un mero superviviente del poskirchnerismo aunque sin mayores expectativas que las de pasar relativamente desapercibido.
Pero, volviendo al ex candidato a presidente, es indudable que actuó de acuerdo al dicho que afirma que la necesidad tiene cara de hereje. Casi no pasó un día desde aquel en que las urnas lo depositaron en el tercer escalón del podio electoral, sin que se le escurriese entre los dedos alguno de los grupos que se colgó de sus faldas para ir a los comicios. El más numeroso de ellos, que agrupa los restos del radicalismo alfosinista, pareció olvidarse de él ni bien tomó conciencia de que había logrado aquí y acullá unos cuantos cargos legislativos más de los que hubiera podido cosechar en caso de haber presentado candidato presidencial propio. De hecho, hay que buscar con lupa para encontrar algún genuino representante “lavagnista” en el Congreso Nacional.
Es lógico que, después de desplegar sobre la mesa esa realidad, Lavagna se diera cuenta de que no le quedaba mucho camino por recorrer en la actual situación. Y lo que era peor: cada día que pasara se vería más debilitado para una eventual negociación política, con quien fuera que hubiese ocurrido.
Es así que, quizás en lo que constituirá su última aparición mediática relevante en mucho tiempo, jugó la carta que le quedaba, volviendo a la casa que había abandonado un par de años atrás. Néstor Kirchner le tendió una mano sabiendo que tenía más para ganar con el economista en sus filas, y aún consciente que en ese mismo acto lo convertiría en un cadáver político.
Ahora sabe que en los próximos años sólo un integrante de la gran familia peronista puede morder su mano: la que ocupa el sillón de la gobernación bonaerense.

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