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Cartas de un judío a la Nada
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Niebla, 1224 El mundo ha dado otro giro, y una nueva era comienza. Una era mucho más brutal e impersonal, más violenta y destructiva. Los magos del lejano oriente han dado con un invento nefasto que supondrá el fin del honor guerrero, de las reglas del combate. Hoy más que nunca pienso que la humanidad entera se encuentra en un franco declive. Sólo Dios sabe dónde iremos a parar.
Fue una noche fría de invierno la que lo vio nacer, en una pequeña aldea a orillas del mar Egeo. Se crió como un simple niño de pueblo hasta que un mal día un hombre lo raptó. En aquel entonces tenía sólo cinco años. Olvidó todo durante su cautiverio: su nombre, su origen, su lengua. Su captor lo convirtió en su sirviente y esclavo, lo arrastró tras de sí durante más de diez años, viajando por todas las naciones del orbe. A los doce años, el desgraciado muchacho vio por primera vez, en una plaza pública, una exhibición de lucha y quedó fascinado por el deporte. Pidió permiso a su captor para entrenarse. A esa edad ya se podía ver que llegaría a ser un hombre alto y fuerte, y que podía ganar mucho dinero en esa actividad. Viendo los posibles beneficios económicos, su perverso secuestrador le permitió aprender y entrenarse. El muchacho tardó menos de un año en convertirse en el mejor combatiente de la región. Fue una noche, justo después de haber ganado un duelo particularmente difícil, cuando se envalentonó y mató con sus propias manos al hombre que lo tenía cautivo. Al día siguiente las autoridades encontraron el cuerpo y fue llevado a la presencia de un juez, que lo dejó en libertad tras escuchar toda su historia. Desde ese momento fue conocido simplemente como Pancracio, nombre que los griegos daban en la antigüedad a ese tipo de lucha. No se detuvo, sino que siguió entrenando y viajando, anotándose en competencias o retando a duelo a particulares a fin de ganar dinero con las apuestas. Pronto se convirtió en una especie de leyenda. Una noche, mientras bebía sentado debajo de un árbol a las afueras de Orleáns, un hombre intentó asesinarlo para robarle. A pesar de estar armado con espada y daga, no pudo derrotar a Pancracio, que lo venció usando sólo sus manos. Entonces, la leyenda del Luchador adquirió una fuerza y renombre impresionantes. Pocos días más tarde, un tal Benito vino a verlo. Lo invitaron a viajar a un pueblo en el sur de Italia donde se entrevistó con un acaudalado hombre, dueño de los mayores viñedos del país. Le propusieron hacer una serie de trabajos para ellos; concretamente, asesinar a algunos enemigos económicos y políticos de esa familia. Pancracio aceptó. Antes de lanzarse a la acometida de los crímenes, el luchador se retiró durante unas semanas a una pequeña isla en el mediterráneo. Allí se aplicó telas calientes por todo el cuerpo, quemándose el nacimiento del cabello y de los vellos del cuerpo, para que no volvieran a crecer. Se amputó las orejas, la nariz y los labios, y algunos dicen que también los genitales. Cuando Benito lo vio, varios días más tarde, le preguntó la razón de tan drásticas mutilaciones; él explicó que se había desecho de todos sus puntos débiles, de todas las zonas de su cuerpo que no necesitaba pero que podían ser apresadas por su contrincante en la lucha. Desde entonces vistió siempre de negro y se volvió en un sicario despiadado. Jamás tomaba a sus víctimas por sorpresa; las citaba a plena luz del día para que se enfrentaran con él en duelo. Si la persona acudía armada, luchaba igual, y siempre ganaba. En cambio, si la persona acudía acompañada, él no se dejaba ver. Esa misma noche se las ingeniaba para llegar hasta la misma cama del enemigo y lo mataba mientras dormía: una muerte sin honor para un hombre sin honor. Terminados sus negocios con los italianos, Pancracio trabajó como mercenario para muchas personas acaudaladas de todos los rincones de Europa, y también para algunos reyes y gobiernos. Rara vez conversaba con sus víctimas, pero tenía siempre una actitud respetuosa con los valientes. No tenía hogar ni afectos. Para él la lucha era su vida. Un día llegó el rumor de que Pancracio había asesinado a un príncipe árabe. Jamás se supo si esa historia era cierta o si se había inventado con el fin de alimentar el odio popular. Lo cierto era que más de uno se había cansado de este personaje enigmático y legendario y toda persona con poder tenía miedo de que sus adversarios lo contrataran. Mercaderes, cónsules, ministros, obispos, príncipes y reyes dormían con el temor de ver aparecer a este ser irreal, con su rostro de aspecto cadavérico, con sus vestimentas negras como la noche, a pedirles que lucharan con él. Muchos artistas de ese tiempo, a la hora de representar a la Muerte, dibujaban a Pancracio. Existía por aquel tiempo un sicario árabe llamado Mahmud. Decían que había vivido mucho tiempo en un lejano reino oriental, en el país de la seda, y que poseía armas y artes de lucha nunca antes vistos. Se citó con Pancracio en un campo a las afueras de Niebla, decidido a poner fin a la leyenda. Dicen que todo sucedió en un segundo. Apenas lo vio, Mahmud sacó de entre sus vestimentas unos tubos de bronce que, empuñándolos con las manos, emitieron un increíble tronido, con fuego y humo. Al instante desapareció la mitad del rostro de Pancracio, quien tuvo aún tiempo de lanzar una mirada descreída antes de caer muerto al suelo. Después, Mahmud se acercó y lo hirió varias veces más con aquellos instrumentos demoníacos. Lo que dejó de él era irreconocible. Se ha terminado el honor, se ha terminado la valentía. Pronto, esas extrañas armas de fuego serán conocidas por el mundo entero y los hombres podrán matarse al instante en caminos y encrucijadas, enfrentarse en guerras donde morirán de a millones.
El diablo inventó la pólvora.
Nemuel Delam. El judío errante.
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