Mar del Plata, 21 Noviembre 2008

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Temporada teatral

Maldición de mujer

por Adriana Derosa

“Después del final de la palabra” es el unipersonal de El Club del Teatro, en el que se muestra el mundo interno de la escritora brasileña Clarice Lispector. Un mundo individual que transita conflictos femeninos propios de quienes luchan con las palabras para vivir y morir.


“Escribir es una maldición” dice el personaje torturado que Paula Scarpetta interpreta en su espectáculo. Una maldición que el público también atraviesa como dolorosa e ineludible.
La vida se le va en estos intentos por traducir las sensaciones a un código de palabras que insisten en no permitírselo; una lucha cuerpo a cuerpo con las pequeñas malvadas que hacen que el escritor ocupe siempre la sensación de la más profunda de las insatisfacciones.
La verdadera Clarice había transitado una vida incómoda. Según sabemos, la abundancia de los viajes le había arañado el alma de un dolor infame. Y los conflictos diarios del acontecer existencial habían tejido en ella una maraña de la que le costó salir.
De hecho, su existencia se vio partida en dos por un tremendo accidente: un incendio que ella misma provocó involuntariamente al dormirse con un cigarrillo encendido, dejó marcas tremendas en su cuerpo y una mano prácticamente inutilizada. Era muy joven, y ya jamás volvió a ser la de antes.
Clarice se enfrentó con Dios cada uno de los días de su vida y cada una de las veces que se sentó ante la máquina de escribir para intentar traducirse ella misma. Quería respetarse, y sentía que este Dios que le habían legado no lo hacía. No le había dado una existencia delicada y alejada del contrapunto permanente de los seres elementales, en cuyas existencias sentía fundirse, la rata, la mísera cucaracha.
Una mujer deshecha en una vida deshecha, para quien escribir no había sido el contacto con la felicidad, sino más bien un nudo del que no podía salir. Simplemente, no había nada más que ella pudiera hacer en una vida que no alcanzaba a procesar.
Se ha hablado de su vinculación con otros escritores de existencias tortuosas, como el caso de Virginia Wolf, con quien compartió además el estilo narrativo del fluir de conciencia. Pero ella era diferente, era una mujer brasileña: a todo lo que alguna vez pudo pasarle se agregaba la nostalgia infinita de la tierra, la nostalgia de la que había sido ella, y además las complejidades de un género cuyo desenvolvimiento social le resultaba reñido con la escritura.
Alguien dice de ella que escribía con una sola mano, la máquina de escribir en la falda, mientras sostenía a su pequeño hijo con la otra. Alguien dice que respondía las entrevistas con una parquedad y un laconismo que hacían que los periodistas huyeran de ella. Jamás pareció importarle, porque la vida se le antojaba una ironía inexplicable, y es lo que decía con cada palabra que dejaba caer en el papel.


Los recomendados de N&P

Marco Polo y las dos princesas chinas

Un espectáculo de Teatrantes, con Cecilia Martín, Mónica Arrech, Guillermo Yanícola y Leo Rizzi. Fue ganador del premio Estrella de Mar 2007 en el rubro mejor actriz marplatense, y nominado como mejor espectáculo infantil y mejor dirección. Todos los viernes a las 20.30 en la sala de El Séptimo Fuego.

Dramaturgias

Durante el mes de febrero, Guillermo Yanícola dictará un taller sobre dramaturgias: la escritura en escena, en espacio real y tiempo presente
(todo cuenta, todo dice, el trazo del actor). Está destinado a actores, directores de teatro, músicos, bailarines, escritores y estudiantes.
Se desarrollará en ocho encuentros de jueves a domingo, hasta el próximo 24 de febrero. Informes e inscripción en La Brecha, Rivadavia 4651, o llamando al teléfono 475-6686. labrechateatro@ciudad.com.ar

Segunda temporada

Continúa presentándose “Las troyanas” de Eurípides en versión y dirección de Antonio Mónaco, con asistencia de dirección de Alejandro Vega. El elenco está integrado por Silvia de Urquía, Karina García, Milagros Álvarez Larrondo, Agustina Anzoátegui, Alejandro Arcuri, María Silvia González, Laura Jiménez, Antonio Mónaco y Alejandro Vega.
Recibió dos nominaciones al premio Estrella de Mar como mejor espectáculo marplatense, y como mejor actuación femenina marplatense para Silvia de Urquía.
La tragedia muestra el mundo violento de los hombres, abordado con la templanza y el valor de las mujeres que se erigen en ejemplo de resistencia.
Sábados de febrero a las 22 en el Aula Magna de Derecho, 25 de Mayo entre Hipólito Yrigoyen y Mitre.

Maximiliano y Nicolai

Tras un año y medio de intensa preparación, el grupo “El Séptimo Fuego” estrenó su espectáculo que habla de la revolución, las mariposas y el amor: un recorrido por la historia de Nicolai Bujarin y Anna Larina, vidas atravesadas por la revolución rusa y el stalinismo. “El predilecto de los lepidópteros” es una obra teatral que ya nace clandestina, porque trata de una época clandestina, y de un hombre que, a más de 50 años de su condena y su ejecución, sigue proscrito.
Adaptada y dirigida por Viviana Ruiz, es la segunda parte de una trilogía acerca de las revoluciones, de todas las revoluciones que pretendieron marcar avances en el camino de la modernidad, especialmente de la utopía socialista.
Fines de semana en El Séptimo Fuego, la sala de Bolívar y 14 de Julio.

“Cyrano, el fiero”

El Grupo de Teatro “El búho” de nuestra ciudad nuevamente pondrá en escena el sábado a las 21:30 la obra “Cyrano, el fiero”, dirigida a todo público, en tres actos y una chacarera.
Este proyecto llega este verano inspirado en el clásico francés Cyrano de Bergerac, pero el grupo, tras un largo proceso de ensayos, decidió darle una mirada nacional. Trabajó así en una adaptación gauchesca y un entorno histórico situado en la campaña al desierto.
El elenco está integrado por Cris Ibáñez, Diana Sáez, Miguel Riesco, Maximiliano Mena, Héctor Martiarena y Eduardo Alías. La música original pertenece a Javier D`Angelo y la dirección, al mismo Martiarena.
Las funciones se realizan en El Club del Teatro, Rivadavia 3422.


Esta vez

El unipersonal no reproduce su vida ni un momento de ella. Muestra a una mujer cuyas certezas son tan pocas como las de Clarice, una que habla con sus palabras y llora sus llantos. De hecho, los textos fueron extraídos de una obra prolífica, aunque con un éxito uniforme.
Dice la crítica que nadie puede pasar por la literatura sin leer a Lispector, cuestión que seguramente jamás debe haber pasado por las posibilidades barajadas por esta mujer que escribía artículos periodísticos para ganarse la vida, a la vez que enfrentaba la arbitrariedad de los correctores. De hecho, la única presencia que corporiza el otro lado de su conflicto en escena, es quien habla por teléfono: el corrector. Es quien escucha a la mujer decir “si cree que soy rara, trate de respetarme. Yo misma trato de respetarme”.
El personaje transita esta escena con sus pequeños tesoros apretados en los brazos: un vestido, unos zapatos de mujer, unas hojas arrugadas y negadas que se extienden en un tendal de ropa, en un cruce perfecto entre los roles que se dieron cita en esta pequeña dama de América. Tiende al aire los escritos como si fueran prendas, como sábanas: los hace airearse, los retoma, los completa como si los zurciera, como si enmendara sus agujeros.
Paula se autoabastece en escena -como hizo Clarice en su vida-, genera su propia iluminación, enciende sus propios sonidos, se da ambiente, se aturde, pero no hay nadie que haga nada por ella, ni siquiera en la mágica convención teatral que supone un técnico de sonido.
Pero somos sus espectadores por un segundo, nos asomamos a la ventana de esta otra vida por un rato, y vemos que ha iniciado sus acciones compuesta, contenida, peinada, considerada por un mundo que piensa atributos femeninos aceptados y convenientes. Pero el proceso de la escritura la deteriora, la afecta, la desarma y la altera a la vez que la obliga a perder esa prestancia inicial. Escribir es una maldición que la convierte en la hembra desnuda que mesa sus cabellos y busca desesperadamente la palabra que la nombre, la busca en la vida y en la muerte, la busca en el grito y en el susurro.
La mujer no tiene paz, busca en la escritura un medio de liberación para asistir a su propia acción del descanso parcial del sueño o total de la muerte, y no lo ha logrado aún. Fascinada por la posibilidad de descansar en la muerte, por la experiencia de liberación, la recorre sin pudores como ha hecho todo en la vida, como ha inscripto cada una de sus líneas en el libro de la realidad.

La dirección de Paola Belfiore decidió poner en escena quizá la parte más doliente de Clarice, y no aquellos años en que se regodeaba con el recorrido táctil por las hojas de los libros, o en los rayos de la luna que eran su atracción predilecta. Ha mostrado este dolor plagado de signos de mujer y de letras de cuerpos escurridizos y sufrientes.
Pero Paula Scarpetta ha puesto allí su entrega, se ha subido a una silla a gritar su adhesión a unos versos mágicos, a un conjuro casi secreto del sonido de una voz que por fin encuentra.
Porque actuar también es la escritura sorda en lo efímero de la escena, es tallar en la historia del teatro el propio verso que nos acerque a una palabra que se busca con desesperación. Porque, dice Clarice, “muero lentamente”, y algo necesita hacer con esto, con esta vida, con esta muerte, con estas voces que pretenden corregir las líneas de su texto que respira así, sin saber previamente cómo es que respira una mujer que ha escrito los versos de su vida con un niño en los brazos.
“¿Adónde está tu alma? ¿Qué tan lejos de tu cuerpo está tu alma”?, pregunta ella, y el artista trabaja incansablemente para reunirlos, para que el cuerpo y esta mano que escribe puedan decir lo que el alma transpira, en papel o en escena.

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