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Anna no duerme
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por Viviana Hernández
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Estoy desde hace un rato largo como Mirtha Legrand: lo digo, no lo digo; lo digo, no lo digo. Clarice Lispector -autora de lectura obligada para cualquiera que desee aventurarse en las profundidades del complejo devenir femenino- pensaba que escribir era una maldición a la que estaba condenada. Suscribo y confirmo, aquí va: no iba a pronunciar palabra sobre el episodio melodramático de Andrea del Boca y su hija, pero no puedo evitarlo.
Nunca he sido chusma, la verdad. Me importa muy poco la letra doméstica y privada de las pequeñas o inmensas existencias. No hace a mi regocijo quién se acuesta con quién luego de haber dejado a quién, ni cuánto gastó un fulano en el autazo con el que se pasea por el sitio más vidriado del barrio o en el viaje alrededor del sistema solar con su amante de turno. Me aburre soberanamente todo ese devaneo. Será que a través de los años he descubierto que los seres humanos somos bastante básicos y previsibles en nuestros comportamientos, y que a través de las eras geológicas y sus contextos pertinentes, no hemos evolucionado gran cosa. Mero make up es lo que nos separa del hombre de las cavernas. Sin embargo, me apasionan las preguntas, los motivos, las razones. Es decir, la verdadera información. Si uno comprende a fondo una causa, la consecuencia es casi una obviedad; las más de las veces, una cuestión de tiempo y pocas alternativas disponibles. He podido apreciar en el caso que conmocionó a gran parte de la opinión pública la semana pasada, la supuesta desaparición de la hija de Andrea del Boca, algunos puntos que me permitiré señalar:
. Dice el Diccionario de la Real Academia Española sobre el término desaparición: “Que se halla en paradero desconocido, sin que se sepa si vive”. En la Argentina, además, el concepto tiene una insoslayable vinculación con la muerte trágica e involuntaria. Por lo tanto, hablar de desaparición implica haber agotado todas las acciones particulares y legales para ubicar a alguien, sea menor o mayor. Es decir: desde levantar uno o cientos de teléfonos, desplazarse físicamente hacia el último paradero conocido, utilizar a favor de la localización todos los contactos y relaciones que puedan colaborar en el propósito. Bien. La señora Andrea del Boca no hizo nada de esto antes de decir, públicamente, en un programa que conduce dedicado a temáticas similares, que su hija estaba desaparecida. Agotó la tremenda noticia en un “no está donde debería estar”. . El modo en que fueron saliendo a la luz los pormenores de la supuesta desaparición hizo que la confusión creciera geométricamente: el padre había retirado a la niña de la casa donde vive con su mamá, con autorización de ella y de la justicia, y se habían ido, papá e hija, de vacaciones a la costa. ¿Por qué, entonces, la actriz sale, desesperada y descontrolada, a sostener que su hija había desaparecido? Pues porque no la encontraba: Anna no estaba donde su papá había consignado. ¿No hallar algo o a alguien en un sitio prefijado es el equivalente a la desaparición de ese algo o alguien? Es evidente que no. En la desaparición, entiendo, participan fuerzas opuestas a la voluntad de lo que o el que desaparece, y convengamos en que la niña se fue feliz y contenta, y la madre la entregó, no sé si feliz pero sí consensualmente. No es igual irse que desaparecer. Por lo tanto, hablar de desaparición no es sólo un exabrupto sumamente cuestionable, sino además una imprecisión grave. Le queda por supuesto a la justicia la tarea de evaluar cuán doloso es que un padre consigne un sitio de vacaciones y lleve a su hija a otro. . ¿Qué puede haber llevado a esta mujer a semejante acción pública?, me pregunto. Carezco de una mente conspirativa, aunque no le falta suspicacia. Su programa funciona horrible, porque es un auténtico mamarracho. Con y sin ella. A ella le falta soltura frente a un rol al que no acostumbra: ya no es su padre el que maneja sus planos, ni su madre su conveniencia profesional ni su hermana su guardarropas. Está como el resto de los protagonistas de la tele: sin red y a los gritos, tratando de generar un interés por la caja boba que no se está suscitando a través de contenidos. Principalmente porque no hay nadie que los cree. En su programa, a Andrea del Boca no le sale ser la Andrea del Boca que el público consume ya que, cuando lo hace, consume sus personajes, la ficción que –mal que nos pese a quienes no disfrutamos de sus trabajos- es capaz de generar. Tal vez Andrea del Boca, la de la vida, sea auténticamente esa persona desbordada con escaso manejo de la racionalidad mediática, si es que algo así existiera. Quiero decir: no resulta muy razonable lanzar cuatro frases a la audiencia de la gravedad legal de las que lanzó, e inmediatamente, cuando comenzó la cacería de los medios por conocer más profundamente la situación, hacer como que aquí no ha pasado nada o llamarse a silencio por no perjudicar el expediente. Mi estimada Andrea: los expedientes son las vidas de las personas, a pesar de lo que intenten vendernos abogados y jueces. Tu expediente, mamita, es tu vida y la de tu hija. Ni más ni menos. Es algo que debiste saber antes de abrir la bocota (descarto que sabés). . Puedo entender y, de hecho, comparto, que los personajes públicos son tan plebeyos como cualquier hijo de vecino de las puertas de su casa hacia adentro, quieren vivir como tales y tienen todo el derecho. Está perfecto. Pero esa mirada sobre la propia vida exige, primero, el respeto indeclinable e irrestricto de esa persona hacia sus acciones, para luego poder exigirla al público y a los medios. La raya que separa lo que se exhibe de lo que no, no se corre unilateralmente y al arbitrio del fámulo, según le convenga. Si la puerta está abierta, se puede pasar, se puede preguntar, se puede curiosear. Si está cerrada, está cerrada. Para todo propósito. Hay famosos que son famosos, valga la redundancia, entre otras cuestiones, por vedar sus historias al voyeurismo de los medios. Pero no salen a decir, cuando las papas pelan o sus proyectos fracasan, que la mujer los dejó o que el marido les metió los cuernos. Se la bancan en privado, tan privados como están los de afuera para conocer el resto de sus privadísimas vidas. . No interesa aquí qué pasó entre Del Boca y Biasotti, ni antes ni durante ni después de todo este lamentable entuerto. Importan, sí, dos cuestiones: el bienestar de una niña que está siendo ostensiblemente zarandeada por sus padres, y la utilización de los medios como herramienta de presión judicial. Sobre el primer punto todavía hay quienes, ingenuos de toda ingenuidad, se preguntan cómo es que un padre puede poner a un hijo en una posición tan incómoda como perjudicial. Creo que se hace imprescindible aquí un asterisco: hay miles de padres que matan, abandonan, vejan, abusan, mutilan, entre otras lindezas, a sus vástagos. Sucede que para parir y colaborar en engendrar sólo hacen falta dos sistemas reproductivos en condiciones. Y ser padre es hacerse padre, aprendizaje que requiere de amor, voluntad y responsabilidad. Que no es parte de lo que nos viene de fábrica. Respecto de los medios, estimo que no hay inocentes en este juego: nadie puede arrojar la primera piedra. A los medios les encanta ser utilizados si ello les da los ansiados puntitos en una grilla de rating. Y listo. No hay santos ni pecadores: hay conveniencias convergentes o divergentes.
Guardo para mí la desconfianza y un poco de amargura de pensar qué será de esa niña y de tantas otras ante tanto desvarío parental y aprovechamiento mediático. Sé, porque la experiencia de otros casos parecidos así lo indica, que sólo salvará a esos hijos que a la mamá y al papá les crezca el amor hacia ellos por encima del rencor hacia sus antiguas parejas. No es una labor sencilla, pero hoy, la Justicia argentina, en algunas jurisdicciones, está señalando que la alternativa puede llegar a ser la cárcel. Alguien debe velar de una vez por todas y como sea por los auténticos derechos originarios de los niños.
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