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Otro ámbito de expansión americana
AFRICOM
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por Rodolfo Olivera
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Por años los EEUU se mostraron remisos a participar de manera directa en los conflictos del continente africano. Su presencia fue indirecta, cooptando gobiernos, delegando conflictos como en toda la Guerra Fría, o presionando con lobbys capaces de movilizar fortunas. Pero no fue presencia, sobre todo después del desastre que dio origen al film "La caída del Halcón Negro". Hoy vuelven a la escena.
Para todos -lamentablemente- África ha sido siempre la última preocupación. Como no fuera otrora para la provisión de esclavos (portugueses y británicos), la provisión de recursos (franceses en Argelia), el negocio de los diamantes (Bélgica principalmente) o el decubrimiento de petróleo en todo el delta del Níger, en lo atinente a la crisis humanitaria poco y nada se hizo. Se ignoraron pertenencias étnicas, se inventaron fronteras, se crearon todas las condiciones para que África, sobre todo la Subsahariana, fuera lo que es: un tsunami político constante, primitivamente belicoso, incontrolable, que al fin y al cabo terminó perjudicando no sólo a los nativos sino también a aquellos que quisieron continuar con los negocios. Poco a poco, la creciente pauperización a límites increíbles, acompañada del inhumano desinterés de naciones y organismos, terminó siendo caldo de cultivo para experiencias varias, muchas non sanctas que no emergieron tanto por su militancia sino poco menos que empujadas por la realidad cruel y largamente ignorada. Entonces las grandes corporaciones petroleras, el enorme negocio de las piedras preciosas, los monumentales laboratorios, vieron puestas en peligro ya no sólo las ganancias sino también la existencia misma: el terror había ganado un lugar, o más bien, había ocupado un lugar que en otras circunstancias, con mayor visión política y un poco de humanismo, bien pudo haberse evitado. Lo cierto es que la inestabilidad abrió un campo fértil al terrorismo, más como expresión de furia regional que como proyecto de desestabilización planetaria, aprovechada por los grupos más organizados que incorporaron su metodología y objetivos a los que se identifican más con Medio Oriente que con las soluciones que reclama el África para sí misma. Y atención, que esto ya no ocurre sólo en aquellos Estados golpeados por la máxima pobreza y la peor violencia -que los hay y son mayoría-, sino también en aquellos que se consideraban más sólidos o al menos un poco más afines a lo "políticamente correcto": Kenya (hoy un hervidero), Tanzania, la rica Nigeria, el "aliado" egipcio. Poco importante había sido África en el análisis geoestratégico mundial norteamericano posterior a la Guerra Fría, bastando sólo con la conservación de los espacios de influencia económica y alguna que otra cuestión puntual. Hasta el 11 de septiembre, donde las miradas de la Administración Bush entrevieron la posibilidad de que el "largo brazo" de Al Qaeda encontrara en el continente un caldero donde mantener con buen fuego su accionar. De todos modos, le llevó todavía un par de años pensar en una presencia más directa, disfrazando los intereses económicos con el reclamo por los derechos de la mujer africana y el crecimiento del SIDA. El paso siguiente -que llegó, claro- fue incorporar al África en el esquema planetario de la "seguridad colectiva" tomando como punto de apoyo, en un principio, a aquellos Estados más afines: Sudáfrica, Nigeria, Kenya y el viejo reino de Etiopía (de llamativa y riquísima historia ignorada, a la que algún día dedicaré una de estas columnas). Objetivos principales: económicamente, proteger las inversiones petroleras en Nigeria, Angola y Gabón; políticamente, alejar la presencia de Al Qaeda y socios de las zonas más golpeadas como Sudán, Liberia, Costa de Marfil y Somalia. Por aquel entonces Bush lanzó el plan ACOT (African Contingency Operation Training) como una suerte de advertencia desde el Pentágono respecto de la inestabilidad política como fuente de posibles terrorismos. La identificación dada a los Estados africanos fue poco amable: los "Espacios Desgobernados" (lamentablemente, algo de cierto hay en ello). La idea era aunar esfuerzos con 15 Estados africanos para organizar operaciones de defensa regional controladas directamente por el Departamento de Defensa de los EEUU, encargado de financiarlas. Pero siempre operando a distancia, por interpósitos gobiernos. Primer obstáculo: los eventuales aliados replicaron a Washington que difícilmente se pudiera aplacar los ánimos hipercaldeados en la región, si las condiciones de vida seguían desarrollándose en el nivel de miseria sin esperanzas que caracterizó las últimas décadas. No se rechazaba la voluntad de colaborar, pero había que "darle algo" a la sociedad, por mínimo y simbólico que fuera. Así fue que para el 2004-2005 el gobierno del presidente Bush consideró viable analizar una estrategia diferente a la de Irak y Afganistán: había que "atacar las causas que generan terrorismos, a través de acciones humanitarias" (Collin Powell, ex Secretario de Estado, discurso convalidado por su sucesora Condoleezza Rice). Mismo objetivo: control y negocios, distinto método. Que, vamos, a primera vista hubiera sido mejor, si se hubiera cumplido. Segundo problema: ya que el proyecto iba a ser "distinto", no se podía pensar en una intervención directa, para lo cual había que "solicitar autorización" para acciones de vigilancia e inteligencia a los Estados de riesgo como Marruecos, Túnez, Ghana, Senegal, y pensar de qué manera proceder con los decididamente violentos Somalia y Sudán. De más está decir que los cuatro primeros consideraron la propuesta una injerencia en asuntos internos -máxime en pleno enfrentamiento con el mundo islámico, mayoritario en el África- y los dos últimos potenciaron la violencia. Todos, los seis, aceptarían una acción coordinada y efectiva de la ONU, no de los EE.UU. Que, de todos modos, no ceden fácilmente. La última propuesta es el AFRICOM, un "Mando Regional" específico para acciones de contraterrorismo y, en especial, de seguridad energética en zonas de alta inestabilidad política. Insisten en un acercamiento más comprehensivo como forma de licuar el rechazo y la desconfianza visceral africana. Y de paso especializa un sector de las Fuerzas Armadas a las que por un lado concentra en el área, y por otro integra con independencia en el Plan de Mandos Unificados (Unified Command Plan), apoyada en la Comisión de Ultramar y el Sistema de Defensa Global. Interpretada ahora el África como un escenario de terror, petróleo y competencia, se la desprende del Mando Europeo de la OTAN (para el norte de África) y del Mando del Pacífico (para Madagascar y la costa del Indico). Se le da una entidad propia, unifica un criterio para todo el continente y coordinan funciones, no sólo para evitar atentados a sus intereses sino también para monitorear de cerca el visible interés demostrado por China y la India en el Sur africano. El punto es "Dominar toda contingencia" (Rice, 2007), mostrarse mucho más proactivo, evitar toda insurgencia, establecer una base importante del Ejército en Senegal, una aérea en Mali, otra naval en Liberia, y cooperar activamente con Etiopía -hoy con gobierno títere- en la lucha contra el islamismo sudanés; todo va a entrar en funcionamiento pleno en el 2009. He aquí el AFRICOM, custodio del Golfo de Guinea Porque cuidado: la China National Petroleum Corporation ya está presente en la región. Y ya le vendieron armas a Eritrea, Angola, Namibia, Sierra Leona y Mozambique. Pero siguiendo el criterio del que hablaron pero nunca cumplieron los norteamericanos, Pekín ya puso en funcionamiento el Foro de Cooperación Chino-Africano para provisión de medicamentos, en el que intervienen 46 Estados. Y el que juega de mano, se sabe, tiene una ventaja.
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