Mar del Plata, 13 Mayo 2008

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De modelos

por Enzo Prestileo

Entre las once acepciones de la Real Academia Española para la palabra “modelo”, dos se refieren a los temas sobre los que se debate la sociedad argentina desde hace varias décadas, especialmente desde la crisis política de los primeros años de este siglo. Veamos cuáles son.


La primera de las definiciones a considerar figura en el cuarto lugar de la lista de la RAE, y reza lo siguiente: “Esquema teórico, generalmente en forma matemática, de un sistema o de una realidad compleja, como la evolución económica de un país, que se elabora para facilitar su comprensión y el estudio de su comportamiento”.
Si bien lo han hecho ocasionalmente algunas de las anteriores administraciones, ninguna hizo tanto hincapié en “el modelo de país” como la que desde hace cinco años lleva adelante el matrimonio Kirchner. Para el gobierno en general, pero para la suprema pareja en particular, cualquier cortocircuito político con suficiente entidad como para plasmarse en los medios de comunicación encubre un solapado -cuando no abierto- desafío al modelo de país que ellos tratan de imponer a la sociedad argentina.
De hecho, cada vez que, como en el caso del conflicto con el campo, algún sector de la sociedad plantea disidencias aunque sea parciales, con determinadas medidas o políticas llevadas adelante por el Gobierno, alguno de los integrantes del bicéfalo comando ejecutivo se encarama inmediatamente a un atril para denostar esa opinión diversa como si se tratara de un intento por destruir al conjunto de la sociedad.
Y esa aparente paranoia esconde, o al menos disimula, un aviesamente autoritario afán por imponer un determinado “modelo” al conjunto de los argentinos, como si no existiera la posibilidad de plantear cualquier otro alternativo. Es decir, o se adhiere incondicionalmente a todos los planteos que se vierten desde el vértice superior del poder o se debe estar preparado para ser satanizado ante cada expresión disonante. De hecho, volviendo al conflicto con el sector agropecuario, la Presidenta de la Nación no tuvo empacho en tildar de “golpista” a cuanto chacarero salió a manifestar en contra del último aumento sobre el porcentaje de retenciones que se decidió aplicar a la soja y otros cereales, así como a cualquier vecino urbano que salió a apoyar el reclamo.
¿Es que acaso no se puede cuestionar el modelo sin caer en flagrante traición a la Patria? El que se pretende imponer con un rigor casi soviético, ¿es el único modelo existente y, más importante aún, exitoso, sobre la faz de la Tierra? La respuesta, tan breve como obvia para cualquier persona con sentido común, es la opuesta a la igualmente breve que se dibuja de forma inmediata en el esquema mental de los más acérrimos defensores del Gobierno.



Pobrezas varias

El ilusoriamente setentista modelo que se está intentando imponer no admite negociaciones, ni cambios ni adaptaciones, mucho menos, atenuantes. Y no se basa, como con bastante astucia se ha pretendido argüir, en el irrestricto respeto a los Derechos Humanos que a una tardía altura de sus vidas parece haber sensibilizado a la pareja K. Por el contrario, a diario queda claro que, para el Gobierno, como decía en sus tiempos el líder fundador de su partido, “a los enemigos ni justicia”. La base de dicho modelo es, más bien, una mucho más conservadora política en la que la existencia de vastos sectores pauperizados es intrínsecamente necesaria para su sostenimiento, y para cuya consecución no se escatima ninguno de los métodos autoritarios y escasamente democráticos con los que el peronismo se ha conducido cada vez que ocupó el poder.
En cuanto a la queja del campo, para el común de la gente los protestones buenos son aquellos chacareros que tienen –siempre relativamente, claro- poca tierra, poca superficie sembrada, poca cosecha, pocos animales… los que tienen poco, en síntesis. Del otro lado, va de suyo, quedan los protestones indignos e indignantes cuyo reclamo no merece ni consideración y que, por supuesto, son los propietarios de grandes superficies que levantan grandes cosechas o tienen muchas vacas. Elemental, Watson, ésos son despreciables.
Y esto no es casual, tiene que ver con el significado que para la mayoría de nosotros tiene la palabra “modelo” en la acepción antes descripta. En particular, cuando de personas se habla y se involucran cuestiones económicas, para los argentinos alguien que gracias a su esfuerzo progresó y se enriqueció, no constituye un “arquetipo o punto de referencia para imitarlo o reproducirlo”.

ero existe otra acepción de la palabra “modelo”, la primera de las once que provee la RAE, y es particularmente importante, no ya por lo que el Gobierno interpreta sino por cómo el conjunto de los argentinos la aplica. Dice el diccionario que “modelo” es un “arquetipo o punto de referencia para imitarlo o reproducirlo”.
Según parece, un requisito indispensable para ser modelo de ciudadano argentino es no haber progresado demasiado econonómicamente. Un poco, bueno, se tolera. Más, es pecado mortal. A menos que la fortuna se haya amasado practicando algún deporte o a través de algún arte; caminos que, por algún motivo insondable, parecen ser los únicos que soportan honrosamente los efluvios monetarios del capitalismo.
Una de las particularidades que se ha podido observar a lo largo del conflicto que el campo y el Gobierno vienen sosteniendo desde hace casi ya dos meses, es cómo se ha intentado -no solamente desde el gobierno, algo comprensible por razones tácticas, sino desde buena parte de la intelectualidad, del periodismo y hasta de la oposición política misma- dividir a los integrantes del sector agropecuario entre buenos y réprobos. Entre merecedores de un tratamiento diferencial y más benevolente y despreciables aves carroñeras merecedoras de medidas aún más agobiantes que las implementadas por el Gobierno.
En este contexto cabe un párrafo para la tan sorpresiva como madura actitud de la gente de campo, y en particular de su dirigencia que, mostrando una madurez impropia de esta adolescente sociedad, no sucumbió a las presiones que de todos lados la empujaban a dividirse, como si se tratara de enemigos acérrimos que se encontraban borgianamente unidos más por el espanto antes que por el afecto o por la defensa de una misma causa.
Quizás sea una utopía esperar que ocurra, pero sería extraordinariamente positivo que el resto de la sociedad argentina “leyera” esa unión como motor de la fuerza de un reclamo que, hasta hace un par de meses, era absolutamente impensable que pudiera existir y ser tan sólido.
En una sociedad pretendidamente occidental, con aspiraciones de desarrollo y de niveles de calidad de vida propios de estos tiempos, los que más progresan merecen un crédito y un respeto mucho mayor al que los argentinos le prodigamos. Y las aclaraciones sobre la ética que deben acompañar al crecimiento son, de tan obvias, perogrullescas.

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