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Cartas de un judío a la Nada
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Montes Cárpatos, invierno de 1931 James y William hablaban sobre mí como si yo no estuviera presente, con la pasmosa desconsideración que sólo puede hallarse en la boca de los científicos.
- Una buena presunción sería hablar sobre un vampiro – comenzó James - que según las leyendas, abundan en esta zona. Además, algunas historias hablan de cierto dominio sobre los animales de la noche… Nuestro amigo tiene esa clase de dominio, aunque de una forma en que yo no hubiera esperado. - No lo creo – respondió su hermano William -, hay muchas cosas que no concuerdan. Lo vimos caminar bajo el sol, comer, dormir. Son cosas que un vampiro no haría. No, la naturaleza extraña de nuestro amigo ha de tener otra explicación, algo que tenga que ver quizás con Dios. Un santo, o algo así. Quizás Juan el Evangelista, ¿recuerdas las últimas líneas de su Evangelio, cuando Jesús le pregunta qué será del “discípulo amado”? James asintió sombríamente. - Eso tiene más sentido. Aunque jamás hubiera imaginado a Juan como un guerrero, peleando en medio de un bosque contra una jauría de lobos. William se puso de pie y empezó a caminar como si estuviera en medio de un aula de su universidad, y no allí en medio de esa arboleda maldita. - Estás pensando en términos mortales, James. Piensa en un hombre que ha vivido prácticamente dos mil años. Piensa en todas las vidas que ha vivido, en todo lo que ha aprendido. A esta altura ha de ser tanto guerrero como poeta, médico, líder, siervo, asesino y santo. Habría vivido todas las vidas que le son posibles a un hombre y aún más. No tendría lengua, ni nación. Sería simplemente un hombre, si orígenes ni destino. El hombre de la Tierra. James asintió y se acercó a mí, me miraba como podría ver un biólogo a un insecto atravesado por alfileres sobre su escritorio. - Mira su rostro – invitó James a su hermano -, es imposible determinar su edad. Podría ser cualquiera entre los treinta y los cincuenta años. Además, su acento… no tiene. Habla inglés como si hubiera vivido en Londres toda su vida. Duerme sobre el suelo pelado como si fuera la mejor cama, come lo que se le pone en el plato sin siquiera mirarlo. Se orienta mirando las estrellas, lo he visto tratar de escudriñar el cielo desde aquí más de una vez, a pesar de las ramas de los árboles. - Ayer lo escuché hablando con uno de los jóvenes que nos acompañan – dijo William -, hablaba con él en el idioma local y se entendían perfectamente. James se incorporó, como si se le hubiera ocurrido la mejor idea del mundo. - Latín, sánscrito, quizás hasta indoeuropeo. Como conoce profundamente todas las lenguas madre de la humanidad, le resulta sencillo aprender cualquier idioma. William asintió. Yo me puse de pie y los miré con gravedad. - ¿No sería más sencillo que me pregunten? Ambos negaron con la cabeza. - Es mejor que nos dejes descubrirlo. Tú no digas nada. Jamás en la vida me había encontrado con un desafío semejante – dijo William. - Pero sí puedes contestar algunas preguntas, eso estaría bien – dijo James -, y de acuerdo a tus respuestas, seguiremos arriesgando. Dime, ¿sabes quién fue Odoacro? Me senté, divertido por el juego que me proponían. - El hombre que destituyó al último Emperador Romano de Occidente, el jefe bárbaro que le dio la última estocada a la agonizante gloria del pasado. Era más bien alto, de cabellos oscuros, a pesar de que sus ejércitos estaban formados todos por personas de cabellos dorados. Un hombre bastante sensato que aprendió rápido el camino entre la espada y la política. Hablé con él una sola vez, pero no nos llevamos bien. William y James me miraron con los rostros rebasados por la sorpresa. Lentamente se sentaron, como si sus piernas hubieran perdido la capacidad de sostenerlos. - Estabas vivo en el siglo V. Increíble – dijo James. Se hizo un largo silencio. El viento sopló sobre los árboles y en su aroma pude sentir algo de sal, como si aquel aliento llegara desde algún mar lejano y sin nombre. La noche empezaba a caer. De pronto, a William se le iluminó la mirada. - Joseph Cartaphillus – dijo, y un escalofrío me recorrió la espalda -, el judío errante. James asintió. Me miraban con la seguridad de quien ha alcanzado una verdad profunda e incuestionable. Supe que el juego había terminado. - Mi nombre real es Nemuel Delam, y allá lejos, y hace mucho tiempo, fui el hijo de un fariseo. Tuve un hermano pequeño que fue muerto por los hombres de Herodes, cuando él ordenó matar a todos los niños menores de dos años. Cuando treinta años después me encontré cara a cara con Jesús, no pude hacer menos que odiarlo, porque me di cuenta que era a él a quien buscaban entonces. Lo eché de la puerta de mi casa, y me condené. Desde entonces he caminado por el mundo. A donde voy, puedo quedarme, pero sólo durante tres días. En el momento en que la Luna sale, en el día tercero, debo partir. Si no lo hago, algo terrible sucede: alguna desgracia que me obliga a seguir mi camino de todas formas. Me han dicho muchas cosas. Hay una sombra que me sigue, un gran mal que anda tras mis pasos. Un demonio, cuya misión es torcer todo el bien que yo le pueda llegar a hacer al mundo y convencerme de renunciar a Dios para siempre. Hay también una mujer, que conoceré en algún momento de mi vida. Por ella conoceré el amor y la compasión, y recuperaré la Fe verdadera. Sólo entonces terminará mi camino. Poco tiempo después, Jesús regresará. - ¿Cómo has logrado permanecer anónimo tanto tiempo? – me preguntó James. - Manteniéndome lejos de los hombres, la mayor parte del tiempo. He pasado casi toda mi vida en los descampados, solo, en sitios donde jamás va nadie. Mi hogar fueron los desiertos, los valles escondidos, los túneles secretos que se abren debajo de las montañas. Y cuando mi necesidad de comunión me empujaba al encuentro de otras gentes, mentía. He sido mil hombres y aún más. Tuve tantos nombres que ya no los recuerdo. Y cuando todo fallaba y era descubierto, como ahora, confiaba en el afecto de mis amigos. Confiaba en que no dirían nada, en agradecimiento por lo que hice por ellos.
Entonces James y William asintieron, y supe que estaba a salvo una vez más. Nemuel Delam. El judío errante.
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