Mar del Plata, 13 Mayo 2008

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Cine de grandes

Morderse la cola

por Adriana Derosa

Uno elige una película para pasar un fin de semana descontracturante, pero termina viendo un cóctel de las series de moda de AXN o Universal, aunque en pantalla más grande. “Sin rastro”, por ejemplo: un desperdicio. Una película que vuela bajito.


¿Me estoy poniendo ácida? Y, es posible. Pasa el tiempo y uno tiene cada vez menos ganas de negociar su tiempo y sus expectativas. En una palabra, no quiero que me vendan una verdura por otra, porque yo soy de las personas que comen eligiendo lo que van a comer, y que odian el menú fijo, a no ser que sea invitación.
Pasó también que la semana pasada venía atosigada de trabajo, responsabilidades y bastante tensión. Es decir que una película que se anunciaba como thriller de los que exponen delitos informáticos combatidos por una agente del FBI, que además había sido interpretada por una actriz de profesión como Diane Lane, era todo un programa parta mí. Esto era lo que me hacía falta para lograr ese efecto de catarsis que produce el cine de tensión, y que ha sido ya descrito hasta el cansancio en relación con otros géneros. Aristóteles fue el primero, pero él habló de la tragedia en vivo sin saber que habría cine alguna vez.
Así que me dirigí a ver “Sin rastro”, originalmente “Untraceable”, por más que consideré que semejante título impersonal había sido puesto por alguien que sin duda preanunciaba el tremendo fracaso comercial de la propuesta: es un nombre de ninguna película, de serie de televisión, y completamente olvidable.
El director Gregory Hoblit había preparado para recibirme un endeble mix entre CSI y aquella serie homónima, que podría haber visto en casa gratis, con una salvedad: no me hubiese tenido cautiva frente a ella los cien minutos que dura porque hubiese hecho un resolutivo zapping a la segunda escena.
Resulta que la detective Jennifer Marsh trabaja en una sección del FBI dedicada a los delitos informáticos, donde se reiteran las más escandalosas estafas y “cuentos del tío” contra almas solitarias. Y de entrada creo que un sistema de comunicación on line demonizado, como si fuera la causa y no el canal, no es el camino de encontrar ninguna resolución contra la violencia y el crimen: los cuentos del tío siempre se hicieron en la calle, en la puerta del casino, y en los más variados sitios. La red sirve para facilitarlos, y minimizar los riesgos del estafador, que ni tiene que moverse del sillón.


Los recomendados de N&P

Luis de feria

El próximo domingo 4 de mayo a las 19 en la Feria del Libro, stand de la Secretaría de Cultura de Mar del Plata, el cantautor marplatense Luis Caro firmará ejemplares de su libro-disco “El mundo es un caballo”.
Se trata de un trabajo musical sobre textos de Raúl González Tuñón, León Felipe, Antonio Cisneros y en particular Juan Gelman, a quien está dedicada la mayor parte de las composiciones realizadas por Luis Caro.
Atraído por la palabra de los mencionados poetas, con un lenguaje musical despojado y arreglos diversos, Caro aborda una obra comprometida, bella y onírica, donde habitan los temas esenciales de los hombres: los afectos, el amor, el exilio, la vida y la muerte.
El libro-disco incluye un compendio de “El rastro”, un libro de relatos del metro de Madrid donde el artista ofrece un testimonio sobre la inmigración que llega a las puertas de Europa, desde el mundo más pobre.
Luis Caro nació en Mar del Plata. Cantante, músico y actor iniciado en la Comedia Marplatense que dirigía Gregorio Nachman, el director de teatro desaparecido en la última dictadura militar. En 1976 se exilió en Perú, Ecuador y Panamá, y recorrió en forma itinerante toda Sudamérica. Compartió el nacimiento de la Nueva Canción Latinoamericana. Se presentó junto a Alí Primera, Cecilia Todd, Chabuca Granda, Nicomédes Santa Cruz, Amparo Ochoa, Soledad Bravo, Pedro Luis Ferrer, Sara González, Los Jaivas, Víctor Heredia, Fito Páez, Joan Manuel Serrat y Mercedes Sosa, entre otros grandes artistas.
Presidió la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) Mar del Plata. Entre 1995 y 2002, junto a Matías Rodríguez, realizaron más de dos mil funciones de títeres con música en vivo en escuelas de frontera, parajes, comunidades indígenas, hogares y cárceles. Musicalizó la poesía de Juan Gelman, León Felipe, Antonio Cisneros y Raúl González Tuñón. En 1998 dedicó un trabajo al Che Guevara y a la generación del ‘70, “Ardiendo en la lluvia”, disco que ha sido editado en varios países.
Produjo un ciclo de música popular en las cárceles federales organizado por la Secretaría de Cultura y el Ministerio de Justicia de la Nación. Entre los años 2000/03 recorrió México, España, Grecia, Portugal y Canarias.
Su discografía comprende “Río de sones” (1985), “Viendo a la gente andar” (1986), “Hurra! somos esta tierra” (1987), “Murga de los crotos” (1990), “Living in the 5th world” (1993), “Cosa de negros” (1995), “Ardiendo en la lluvia” (1999), “El rastro” (2003). Música infantil: “Una de aventuras” (1994), “Canciones para cantar bajito” (1997), “El caballero de la mano de fuego” (1999) y “Por el camino del Quijote” (2001). Algunos de estos discos han sido premiados y reproducidos en varios países americanos.


El caso X

La cuestión va de verde a violeta pasando de largo el castaño oscuro, cuando ella detecta un sitio web especial. Un demente cuelga allí escenas de torturas sofisticadísimas que terminarán con la muerte de la víctima con mayor velocidad cuanta más gente entre a ver lo que pasa. Chiche bombón.
Como en un sistema de espejos, el director de la película está jugando con el morbo de los espectadores cautivos en una sala, que ven atrocidades por las que encima han pagado, del mismo modo que los navegantes de la red veían a los torturados y aceleraban el final. Éramos parte de ellos. Éramos los que miran.
Estábamos allí viendo una cinta desagradable en la cual las torturas y su detalle iban por encima de la historia principal, eran más importantes a la hora de dar calidad a las tomas y pretendían ser el gancho de los consumidores de horror.
Una cosa puedo advertir: si en lugar de convocar a esta versátil actriz que ha logrado imponerle carácter a personajes aun más anodinos hubieran llamado a una de carita de ángel y piernas largas, la película sería tan copiada de cualquiera del género que no podría soportarse. Es ella quien colabora sumando el poco interés que la obra puede tener. Pero el problema fundamental radica en la forma en que el guionista ha pretendido desadministrarle la información al espectador, de tal manera que, llegada la mitad de la película, el único misterio que queda radica en saber cuál será la nueva modalidad de homicidio lento y escabroso, y cómo se lo filmará de cerca, porque no hay nada más que esperar.
La crítica al sistema está planteada de manera bastante sutil: nadie puede hacer demasiado para detener a un criminal que está loco como un plumero y actúa escudándose en la red. No hay armas suficientes, y el marco de resguardo legal resulta insuficiente.
Se deja entrever que una instancia superior, la agencia por ejemplo, no desea intervenir para identificar al criminal porque no puede mostrar públicamente cuánto poder tiene en realidad para intervenir en la comunicación privada.
El sitio se llama killwithme.com, y dudo mucho que aún no exista. Y la verdad es que estamos sobre aviso de la existencia de un mundo atestado de pirados. Pero no es esa la ventana por la que deseamos ver al mundo girar.
La historia de la humanidad está atestada de torturadores y de gente que iba a la plaza pública a verlos trabajar, como la que se detiene en la calle no para ayudar sino a ver cómo quedaron los que chocaron. De hecho, en el inicio de la película, la detective demora su trayecto al trabajo porque queda presa de un embotellamiento de “mirones”.

Lástima

Pero como siempre llueve sobre mojado, lo peor que puede hacer una película policial es pretender ser moralizante, y cargarse de un sentido bastante cercano a la moraleja. Ponerse maniquea y separar el mundo entre buenos y malos a ultranza. Ésta hace las dos cosas.
La resolución final es casi escolar en el sentido de que los chicos norteamericanos y buenos ponen la ley por encima de todo: detienen al lobo y le sacan a Caperucita de adentro de la panza.
Encima, el chan chan final parece decir “cuidado niños buenitos: vosotros que pasáis más de la mitad de vuestras vidas frente al ordenador, terminaréis como estas bestias malvadas, que hacen cosas feas a la gente para divertirse un rato. Haced caso a mamá y a papá, y alejaos de los botones excesivos.”
No puedo aceptarlo. La película carece de intriga, carece de diálogos y es un sopapo en las narices de cualquiera que quiera agregar al cine alguna novedad: no sucede nada. Pero esto no lo es todo. Piense que nos han tenido una hora y media en la que nos habían vendido que veríamos la película inteligente que se creía que ésta iba a ser, uno de esos rompecabezas para concentrados en los que hay que decodificar info para deducir el enigma.
Pero sucede que el enigma lo tiraron a un lado, para terminar mordiéndose la cola: es decir haciendo lo mismo que hace el loco de killwithme. Mostrar crímenes horripilantes -corrección: mostrarme “a mí” crímenes horripilantes- que serán mucho más exitosos cuanta más gente los vea, es decir que el filme realiza lo mismo que censura.
Mientras tanto, me perdí de ver una película grandiosa en algún lugar del mundo y ya no podré verla. Porque el tiempo es limitado y la vida corta.

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