Mar del Plata, 13 Mayo 2008

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Publicidad negativa

Música de clones

por Adriana Derosa

Basta de golpes bajos en las publicidades preventivas. Basta de que procuren asustarme y jugar tan sucio. ¿No hay manera de dejar espacio a una dimensión más creativa y por lo tanto más persuasiva de las cosas? Parece que no.


Lo importante es el dinero, la salud va y viene decían en son de una broma de lo más lanzada, que en general arrancaba al auditorio una exclamación como de queja, como de roce en los pelos de la nuca en lo que se consideraba casi un ejemplo de humor negro. Y el chiste escabroso apuntaba a subrayar aquello que la sociedad insinuaba: el dinero justificaba más cosas que un fundamento de otra especie, y también la recurrencia a medios más extremos.
La cuestión surge de la nueva serie de publicidades que exponen a un supuesto interno de un penal, con toda la carga que implica el encierro, con el deterioro de las formas y las imágenes, la privación de la libertad que genera la privación de todo dicho con las mayúsculas más grandes que haya. Y como colofón a semejante tristeza, aparece el delito de robar cable como amenaza implícita. No me hagas enojar, y sobre todo no me hagas reír.
El mensaje es claro: si usted no paga el cable como nosotros queremos y se le ocurre la peregrina idea de compartir el servicio con los vecinos, lo vamos a mandar a Batán. ¿Qué tal?


Golpe bajo


Un golpe dirigido a una zona frágil, adonde no hay defensa, un golpe ilegal, indebido. La publicidad me da golpes bajos y no me gusta. De la misma manera en que si, en lugar de decirme que cuide el agua, hicieran ante mí un despliegue de las imágenes de personas que mueren en los países africanos por la sed, y me dijeran que son mi responsabilidad por haberme dejado la canilla abierta.
El golpe bajo no hará que mi canilla abierta pase a estar cerrada, ni que esté correcto dejarla abierta. Es una falta, pero una falta que yo debo corregir, no por tener una culpa alojada en el esternón como una espina.
Es como si me dijeran que las ballenas mueren en manos de los cazadores japoneses porque este año no he sido lo suficientemente activa en mi militancia por salvar el ecosistema en que vivo. Si faltó mi granito de arena faltó todo, y a dormir con eso. Es como llevar la teoría del caos al punto del absurdo.
Los golpes bajos me juegan el efecto inverso al deseado: no me hacen mejor, me generan enojo y por lo tanto me llevan a volver el tema completamente olvidable.
Quiero hacer lo que está bien simplemente porque está bien, y porque la sociedad me deja el camino abierto para hacerlo, porque he nacido con esa libertad de elegir. No me apuntes con el dedo o haré una tercera cosa que no sea ni la propuesta ni la indebida.
Los golpes bajos son como un novio abandonado que te llora en la puerta de casa para que te sientas mal y no lo abandones: lo único que va a lograr es verme apretar en las manos un boleto de ida a Katmandú sin hotel previsto y sin número de celular, que me sitúe lo más lejos posible de la amenaza.
Los golpes bajos son de malos jugadores, y en el mundo en que yo planeo vivir hay que jugar con los guantes puestos, golpes certeros y legales. Al mentón si querés, ya veré cómo me defiendo. Pero no me pegues abajo.


No me imagino que esté bien incumplir las normas, de ninguna manera. Solamente me cuestiono los mecanismos que se utilizan para persuadir al espectador, al miembro común de esta sociedad, a cumplirlas.
Entiendo que el servicio de cable compartido es algo así como utilizar cualquier bien que ya ha sido usado antes por otro, y por lo tanto no tiene el mismo rendimiento que uno nuevo: “lo que otro ha sudado, a ti poco te ha durado” decía mi abuela, y así era. Tener cable compartido genera una imagen deficiente, en muchas ocasiones aparece lluvia, y no hay una nitidez propia de imagen satelital. Es obvio, y ese es suficiente castigo por pertenecer a grupo que no puede pagar la factura con la tranquilidad que desearía.
Ahora bien: poner un condenado del penal a contar sus penurias supone que el espectador debe tener delante de sí su futuro, y ver cómo quedará su vida si continúa compartiendo con doña Ramona, la jubilada de la casa de atrás.
Usted me va a decir que los delitos no tienen gradación y que lo que está bien está bien. Sí lo entiendo, pero....
Si, en cambio, usted ha concurrido al cine o ha alquilado un DVD en algún local especializado cercano a su domicilio, le mostrarán un corto donde un delincuente se roba una cartera, un televisor y un libro en el negocio, y le dirán con todas las letras que “si usted baja música de Internet es un delincuente como esos”, igual que si ha osado bajar una película. En ese instante, si usted agudiza el oído, siempre habrá algún nene en el cine que dirá bajito al papá: “¿el tío José es un ladrón? Porque él me dio el disco de Patito Feo bajado de Internet”. Silencio.
La industria discográfica y la distribuidora de cine en otros países han decidido acomodarse a las épocas. No combatir el fenómeno de la red, que seguramente marcará la nueva forma en que los bienes culturales circularán en el futuro, sino mejorar el producto que venden. De manera tal que, para un consumidor de tales objetos, no resulte igual tener una copia que un original. Expongo un ejemplo: en el primer mundo, y de manera incipiente en este que usted y yo habitamos, las empresas han comenzado a generar CD de música que son completas obras estéticas, cuyo packaging contiene un diseño que forma parte del objeto del que desea apropiarse el comprador, con textos escritos por los artistas, firmas originales, cajas diseñadas a tal fin con un tratamiento que acuerda perfectamente con la obra de arte que, se supone, está encerrada en el disco. Se suman a los DVD, que se acompañan de un conjunto completo que es deseado por el comprador como una unidad, y allí se dirige la estrategia de venta: a estimular el deseo, y no a manipular una necesidad impagable.
Los compradores de películas encuentran que la oferta contiene no sólo obras inconseguibles sino bonus track especiales, conjuntos que incluyen información apropiada para los interesados, tomas extras, entrevistas a los actores, más todo el material ad hoc para los fanáticos de tal o cual director: afiches, remeras, y más. Esto es, lograr que el objeto que esa empresa genera sea más interesante que una copia quemada en casa porque la oferta es mejor, y nada más, en lugar de dedicarse a perseguir a quien ha hecho una duplicación de dos pesos.
Lo mismo propongo para el servicio de televisión por cable, porque el acceso al servicio por medios legales, es decir pagando la factura completa, ni siquiera permite obtener a cambio una vulgar revistita de programación, porque hay que pagarla aparte. Es decir, cero inversión.

Está mal copiar películas, sobre todo porque no permite que el negocio de las discográficas sea todo lo floreciente que fue en otros momentos, pero los casetes toda la vida se regrabaron y nunca generaron un problema ni que nadie se fundiera. La calidad era notoriamente deficiente, entonces no representaba una amenaza: es decir que el drama lo genera que los clones estén saliendo tan bien.
En muchos países se comparten señales de WiFi, de TV por cable, etcétera, y no ha quebrado ninguna empresa, por más que en el primer mundo las firmas deban pagar las tasas de “todos los canales que retransmiten” y no está muy bien visto inventar tramoyas para puentearlas. Sin embargo, nadie sale a cazar brujas porque la cárcel está para los delincuentes.
Lo que digo es que, si en el horizonte de expectativas de los argentinos, la amenaza de terminar preso se asocia a bajarse un disco de la red o a compartir un servicio de televisión por cable que le resulta impagable en relación a un magro salario, no vamos bien.
Intenten persuadirnos, no asustarnos. En una de esas, si ofrecen estrategias de calidad, la población da una respuesta positiva. Ya existen las bandas que lanzan sus discos directamente por la red, y facilitan los medios para que el oyente baje temas de prueba. Si le agradan y él concuerda con la onda del grupo, tendrá a su disposición un CD completo que incluye también más elementos que lo hacen especial, es original.
Los clones no son lo que queremos, son lo que tenemos, lo que podemos pagar. Hagamos un mundo donde originales y clones convivan en paz, y viva la oveja Dolly, que peores cosas en el mundo pasan para que el pobre penado de la publicidad esté llorando en cámara por haber compartido la señal.

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