Mar del Plata, 13 Mayo 2008

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Qué hacés, tres veces qué hacés

por Amelia Ambrós

Estoy harta de los que dividen al mundo en buenos y malos y se sitúan del lado bueno. Estoy hasta el moño del discurso para la gilada en boca de los elegidos. 


Pocos se acuerdan de la milonga que cita mi título y que vale la pena revisar un poco porque es una oda a la envidia. Se llama Tortazos, y es el reproche de un tipo a una mina que cambió de clase al casarse.
No la trata de hija de…, porque la época no lo permitía, simplemente afirma: “Vos sos la ñata Pancracia, /alias nariz arrugada, /vendedora de empanada, /en el barrio de Pompeya / ¿Y tu mamá? bueno, de ella.../¡respetemos la finada!”.  
Y sigue destilando resentimiento: “Y ahora tenés voituré,/usás tapao peti gris/y  tenés un infeliz que la chamuya en francés/...¡Qué hacés, tres veces qué hacés/ Señora Ramos Lavalle! Si cuando lucís tu talle con ese coso del brazo /no te rompo de un tortazo /por no pegarte en la calle”…
Que si fuera de noche y al oscuro, la mataría a patadas por algo que ella tiene y él no. Mientras no se enteren los otros, claro. No se trata de la furia pasional por el abandono; esta letra la pudo haber escrito un vecino, un compañerito del colegio, un colega del laburo de Pancracia: alguien que sangra por la herida de que a ella  le fue mejor que a él, por las razones que fuera.

Milonga de ratas crueles

¿Qué hacemos con esta milonga? ¿Habrá algún fiscal que la acuse de incitar a la violencia –por lo del tortazo, digo, aunque se trate apenas de una mujer -, o un  diputado que intente prohibirla? Seguro que no, ya que es argentinidad pura cantada por el mismísimo Gardel. Además, no se puede legislar hacia atrás… ¿O sí?  ¿O depende, todo depende? Ando tan confundida desde hace un tiempo con lo que es legal y legítimo, atento a derecho o a lo que pinte en el momento y según a quien le convenga, que mejor vuelvo a la milonga.
Tan argentina es que, cuando él  se queja “ no te hagás la rastacuer”(rastacueros: nuevo rico), alguien -sino el mismo Gardel- cantó “no te hagás la rata cruel”, y ahora esa expresión forma parte de nuestro acervo.
Y bien que lo merece ya que las ratas, según los zoólogos, son animalitos simpáticos, inteligentes y sociables que pueden ser excelentes mascotas. Con agua, comida, entorno decente y sin violencia, no hacen daño. Faltos de tales cosas, se convierten en crueles depredadores. Lógico, lo mismo les pasa a los humanos.
Pero he aquí que cualquiera que quiera mantener bien su entorno, o sea su derecho a un salario normal, a tener  una profesión o un negocio, a una casa vivible, a la seguridad física y jurídica, a darse un gustito de vez en cuando, es una rata cruel para ciertos pseudo progresistas salidos de la clase que pretende tales obviedades: la media. Clase a la que odian, sabrá Freud por qué.

Retrato del inculpador

Los progresistas frívolos han glorificado la pobreza como una virtud. En principio, esto es un disparate. Ser pobre no es una virtud, es una desgracia. No querer ser pobre no es un acto de egoísmo cobarde o de rapacidad desmedida, sino una demostración de normalidad. Desear mantener lo poco que se tiene no es ser un reaccionario conservador. Y querer vivir en un estado de derecho es lo contrario del fascismo. Así que basta de hablar al cuete.
Adentrándonos un poco en el tema, los pseudo progresistas han olvidado la discriminación entre proletariado y lumpen. Ellos meten a los dos en la misma  bolsa: chorros, fiolos, asesinos, violadores, si viven en la villa son dignos de la misma consideración que un laburador que tiene la mala suerte de no poder escapar de ella.
Confundir miseria con lumpenaje es un error grosero que no estoy cometiendo. Los miserables –que no tienen salida- no son lumpen, pero llegarán a serlo si sólo se discursean banalidades sobre ellos, acudiendo al recurso fácil de culpar de sus males a quien no los gestó, aunque nos lo quieran hacer creer los inculpadores profesionales.
Hay que diferenciar pseudo progresismo de ideología progresista. Aquellos que  comparten una ideología progresista, normalmente trabajan y se ocupan de cambiar la sociedad hacia rumbos más justos. El pseudo progresista, en cambio, tiene una pose enfermiza, maneja conscientemente mal las ideas de la izquierda y se limita a hablar. Lo suyo es pose, porque representa un papel y no vive lo que dice; y es enfermizo porque es incapaz de verse tal y cual es, por lo que no vive en la realidad.  
Habitualmente intelectual, artista (abundan entre ellos los escritores, periodistas, cantautores, plásticos, actores…) o político, el  pseudo necesita llamar la atención y sentirse diferente y por encima de los demás. Detesta, por sobre todo, a dos tipos de personas: a los mejores y a los iguales que él. A los primeros, porque los envidia, como el autor de la milonga; a los segundos, porque le recuerdan que pertenece a lo que ve como una medianía gris que quiere abandonar y no puede.
Detesta a los ricos, a los que teme, y a la clase media que le dio origen. No sé por qué mecanismo olvidó que fue de esa clase de donde salieron los tipos más preclaros de la Argentina en todos los órdenes. Sólo se siente superior a los pobres, a los miserables y a los lumpen, a quienes agracia con su lástima, ya que es incapaz de compasión.
Por mucho que maneje un lenguaje culto, que tenga un título, que sea conocido, es incapaz de dejar atrás su narcisismo, que viene de un profundo desprecio por su propia chatura. Usa y abusa de la acusación a colectivos inciertos:“todos”, “la clase media”, porque es incapaz de denunciar al verdaderamente poderoso.
Estoy hastiada del pseudo progresismo que culpa a la clase media de todos los males de este mundo. Estoy aburrida de que se les siga dando prensa, cámara y micrófono para que nos vapuleen a tipos que viven de criticarnos. Estoy cansada de que nadie los refute y de que todos tengamos que soportar sus monsergas de anticuario. Estoy harta del insulto y del maltrato... Igual que usted, ¿verdad, lector?  No hace falta decir más.

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