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Tecnofalacias
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por Federico Strileski
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Que los chicos saben más que los grandes; que Internet eliminará a los libros; que esto, que lo otro. Se dice mucho de las nuevas tecnologías, habría que ver cuánto tiene correlato con el presente y el futuro. Con la realidad, como quien dice.
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La paranoia y los anuncios catastróficos / apocalípticos / funestos / inverosímiles son casi tan viejos como el hombre. La última vorágine fue la del cambio de milenio, con augurios que parecían, por momentos, más propios de supersticiosos de la Antigüedad que de ciudadanos del siglo XX. El peligro del Y2K, o efecto año 2000 no es muy recordado; posiblemente la vergüenza ayude en este punto… Por si alguno no se notificó, estamos en el siglo XXI. Pensar que hace cincuenta años había quienes creían que manejaríamos autos voladores, viviríamos en la Luna o nos comunicaríamos telepáticamente. En algunas partes del mundo el progreso es asimilado como una cuestión cotidiana, donde las computadoras, electrodomésticos, operaciones, etc. mejoran constantemente. Eso está muy bien. No obstante, hay otros sitios en los que no hay agua potable, donde millones no saben lo que es hablar por teléfono o siquiera soñar con cumplir 50 años de edad. Por favor, no me haga repasar estadísticas escalofriantes. El mundo está bastante complicado y los menos favorecidos son los más. Alrededor del 20% de la población mundial consume el 80% de los recursos. En consecuencia, 8 de cada 10 personas se las deben arreglar con ese 20% restante. Esta desigualdad abrumadora tiene mucho que ver con los beneficios del capitalismo: para que unos tengan mucho, otros deben contar con poco. No obstante, esa no es la cuestión a analizar esta semana.
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Ángel y/o demonio
Comparar un libro con un sitio web es entretenido pero no arroja resultados. El primero es estático, el segundo se mantiene hasta una nueva edición. El primero no puede ser modificado, riesgo que sí corren las páginas de Internet por virus, troyanos, hackers y demás. Las nuevas tecnologías son una herramienta, ni más ni menos que eso. Son un medio que permiten alcanzar un fin, pero muchos creen que son una meta a alcanzar, que su sola presencia se traduce en bendiciones varias. Si nos cuestionamos si las armas son buenas o malas ocurre lo mismo. ‘Son diabólicas’, dirán algunos. Ahora, si estamos en el medio de un monte y nos ataca un puma, ¿alguien puede no querer contar con un rifle? Ya hay delitos que son difundidos y perpetrados a través de la red, como los círculos de pedofilia y otras patologías por el estilo, que parecen crecer casi a diario. Eso no quita que haya emprendimientos más que loables: proyectos solidarios en los que se trabaja mancomunadamente, cursos, informaciones que de otra manera no llegarían a la opinión pública. No pierda tiempo intentando definir si es bueno malo: invierta en ver qué beneficio puede obtener de esta movida que, valga la redundancia, se mueve constantemente.
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¡Los libros viven!
Los funerales en vida aburren. Pasó con los diarios cuando surgió la radio, se repitió con la radio al ver la luz la televisión y, ahora le llegó el turno a la lectura, potencial víctima de la cybercultura. Hay una realidad cuyas variables pueden discutirse, hay cuestiones que intentar negarlas es querer esconder la arena del Sahara bajo una alfombra. Estamos inmersos en una cultura audiovisual. Partiendo de eso, es muy fácil darse cuenta de que, por ejemplo, los diarios y revistas traen cada vez más fotos. Hasta clásicos literarios se ven reeditados en versiones ilustradas, aunque no se trate de libros para un público muy joven. Por citar un caso, la más reciente edición de las aventuras del Capitán Alatriste –de Pérez-Reverte- incorporó imágenes. No se moleste en analizar si es positivo o negativo. Está. No vale la pena negarlo. Sepultar las posibilidades de los libros por la irrupción de las nuevas tecnologías depende del punto de vista. Por ejemplo, hay ediciones que no se consiguen. ¿Acaso es perjudicial que la misma pueda ser descargada en cualquier computadora del mundo, en forma gratuita o abonando una tarifa moderada? La dicotomía se puede resumir en que está quien puede aferrarse a la idea tradicional de la lectura o quien asimila esto como positivo por tener al alcance de un click casi cualquier libro. Laura Siri, escritora y periodista, en un artículo muy destacado del Diario Crítica, considera que las nuevas tecnologías poseen el potencial de colaborar en la evolución de soportes como la lectura. Uno puede caer en la tentación de creer que la tecnología es la peor enemiga de la lectura. No obstante, también hay elementos para creer todo lo contrario. A la hora de editar un libro, los avances en impresión pueden permitir publicaciones más duraderas o baratas. Máxime cuando los insumos son importados, los costos de publicar algo son variables y pasibles de aumentos en cualquier instante. Una página de Internet, o un CD interactivo, puede resultar menos costoso que la opción tradicional y permitir un amplio abanico de posibilidades de la mano de una conexión en red. Como reza la sabiduría popular, si nos lanzan limones, ¡hagamos limonada! ¿Acaso no hay manuales para aprender computación?
Imagine
Otro prejuicio muy común, en especial en numerosos ámbitos educativos, es el creer que el futuro de la educación pasa sí o sí por las nuevas tecnologías. Poder usar una computadora no significa per se buena educación. Incluso puede conllevar lo opuesto. Piénselo, si un chico se maneja antes con una PC que con un cuaderno, puede acostumbrarse a esa cultura de imágenes y clicks en la que puede realizar la mayor parte de las operaciones sin escribir correctamente. Quizás hoy parezca lo suficientemente preparado, pero ¿qué pasará cuando deba rendir exámenes escritos u orales en la secundaria o la universidad? ¿Y cuando firme su primer contrato laboral? Ningún extremo es bueno. Aún con todos nuestros problemas de país tercermundista, podemos darnos el lujo de plantearnos este debate. En muchas partes del mundo, el interrogante es cuándo habrá agua potable, electricidad o alimentos regularmente. Si se les da una computadora, la cambiarán por comida. ¿Quién, en su lugar, no haría lo mismo?
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