Mar del Plata, 04 Julio 2008

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Cartas de un judío a la Nada

Montes Cárpatos, invierno de 1931
Ya se ha cumplido la primera semana de viaje y al fin hemos dejado atrás el bosque. Quedan en nuestro camino algunas arboledas más, pero de poca importancia. A lo lejos ya se puede ver el castillo de Čachtice, como una diminuta mancha gris en la cima de un lejano monte. Ayer desertaron los dos muchachos más jóvenes del grupo. Nos levantamos y no estaban, en el lugar que ocuparon sus pertenencias no quedaba nada. 


El más anciano del grupo, un hombre de Turquía llamado Hebón, nos dijo que le habían presentado a él sus disculpas a fin de que se las transmitiera a los hermanos Brook. Al parecer habían ido aprendiendo más y más sobre la Condesa Sangrienta a medida que pasaban los días y terminaron desanimándose. Con su partida, sólo quedamos seis.
Encabeza la marcha William Brook, Licenciado en Arqueología, de nacionalidad inglesa y treinta y un años de edad. Detrás suyo marcha Karl Hézneik, de treinta y cinco años, nacido en estas tierras. Es el más alto y fuerte del grupo, y también el más callado. Fue herido por un lobo en el primer ataque, pero su hombro está sanando bien. Su mejor amigo, Váal Naruk, camina a su lado, también es de aquí y tiene la misma edad. Tras ellos marcha Hebón, de quien no sé su apellido. Como dije, es de Turquía, y a mi parecer debe estar cerca de cumplir los sesenta. Se le nota veterano de más de una aventura, determinado y valiente. Suele dejar todo en manos de William y James, y a mí me respeta mucho. Pero cuando percibe la menor vacilación y juzga prudente dar su consejo, éste es siempre acertado. Su presencia me hace recordar constantemente al venerado Néstor, el anciano rey de la mitología griega, aquel que acompañó a los aqueos en la guerra de Troya. Tiene un carácter muy parecido al que yo le imagino al griego cuando leo los versos homéricos. Y además, su rostro es igual al que yo había imaginado. Cerramos la marcha James, hermano de William, de la misma profesión que su hermano pero tres años más joven, y yo.
Aún me sorprende cómo unen a los hombres las situaciones extrañas y extremas. Si no fuera porque nos vemos obligados a estar siempre atentos al peligro, a compartir comida y bebida, a cuidar continuamente unos de otros, jamás se hubieran dado, entre personas tan distintas, semejantes lazos de amistad. Pero lo cierto es que, aunque hace siete días éramos sólo un puñado de extraños caminando hacia el mismo destino, ahora nuestro grupo se asemeja más y más a una gran familia. Son especialmente agradables los momentos en que, a la noche, al abrigo del fuego, cenamos y hablamos todos, mirándonos los rostros. Fue en ese ámbito donde empezaron a abrirse nuestros corazones, donde la amistad encontró su hueco y donde afianzamos ese lazo que de a poco se impone entre todos nosotros. No sé qué peligros nos esperen a partir de ahora, pero espero no tener que ver morir ni a uno más de ellos. Ahora me son caros al corazón.
Desde que conocen mi identidad y mi secreto, he hablado mucho con los hermanos Brook, especialmente con James. Está evaluando seriamente la posibilidad de buscarme una vez que haya conseguido su doctorado y acompañarme en todos mis viajes. Quiere recabar toda la información que pueda sobre las cosas que recuerdo, los lugares donde estuve. Dice que soy el perfecto compañero de un arqueólogo, capaz de darle precisiones que de otra forma serían imposibles de lograr. Pero yo no me siento cómodo con la idea de tener continuamente a alguien a mi lado, y tampoco creo que el Destino lo permita. Para mí sólo puede haber, a la larga, sufrimiento. Nada más.

Debo dejar de escribir ahora, pues hay unas luces que se acercan a la distancia. Son de seguro lugareños, que de alguna forma han conocido nuestra presencia. Tengo un mal presentimiento al respecto. Espero equivocarme.

Nemuel Delam
El judío errante


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