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La palabra de la semana
Búnker
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por Adriana Derosa
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Un sitio donde ninguna de las plagas que la misma humanidad ha creado pudiera atravesar la vida con su flecha envenenada. Un sitio donde encontrar refugio de los bombardeos. Un lugar donde el hombre pudiera defenderse de los desastres naturales. Un útero de hormigón a prueba de balas, un espacio donde la vida humana pudiera seguir su curso a pesar de todo. Allí la humanidad entera podría volver a generarse, a falta de un Arca de Noé.
En el imaginario colectivo, un búnker es todo eso. De hecho, nosotros mismos, cuando logramos establecer en nuestro breve territorio contemporáneo un lugar donde permanecer ajenos a las inclemencias del clima familiar, lo llamamos irrespetuosamente “búnker”, y está muy bien. Es lo que nos hace sobrevivir a nuestra propia guerra. En las últimas semanas, la naturaleza y los hombres se nos han venido encima, ya juntos, ya separados. Empezamos hablando del humo, que amenazaba con obligarnos a encontrar nuestro propio búnker del subdesarrollo para permanecer vivos y con los pulmones indemnes. Ahora es la ceniza que, como las plagas de Egipto, indica que es el corazón de la Tierra el que nos grita desde el sur, y me da hasta miedo hacer alguna analogía que me lleve directamente a concluir de qué se está quejando cuando vomita oscuridad sobre la ciudad de Esquel. Una columna de humo y fuego: la lava que rememora una prehistoria que sólo habíamos conocido por los libros, y los viejos videos de las erupciones orientales. Allí cerquita nomás, haciendo de atracción a todos los mirones de catástrofes por Internet. Un búnker haría buena falta para salir vivos de allí, pero quedaríamos sepultados bajo la placa de piedra que cubrió Pompeya en castigo -decían los romanos- de vaya a saber qué cosa que enojó al Vesubio.
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Romance de Delgadina
El buen rey tenía tres hijas Muy hermosas y galanas. La más pequeña de ellos, Delgadina se llamaba. Y un día estando comiendo su padre el rey la mirara. -¿Qué me mira el rey mi padre que me pone tan mirada? De mí has de ser mujer, de tus hermanos madrastra. -No lo quiera Dios del Cielo ni la Virgen Soberana. De mi padre ser mujer, de mis hermanos madrastra, de mi madre intercesora, ¡eso sí que no del alma! -¡Alto y alto los mis pajes y a Delgadina encerradla en un cuarto muy oscuro, que no vea la luz clara! ¡Y no le den de comer no más cecina salada y no le den de beber no más agua de pescada! Ya se han cumplido siete años y abrieron cuatro ventanas. Delgadina con gran sed se ha subido a la más baja, donde estaba allí su hermano jugando al tiro de barra. ¡Hermano, por ser mi hermano, por Dios una jarra de agua, que el corazón traigo triste y la vida se me acaba! -¡Quita de ahí Delgadina, quítate hermana del alma, que si el rey padre lo sabe contigo nos encerrara, que si el rey padre lo sabe la cabeza nos cortara!
(fragmento, anónimo)
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La mazmorra
Pero el búnker apareció en la prensa hace ya dos semanas, cuando salió a la luz la oscurísima historia de la familia austríaca sepultada en un sótano durante 24 años. La pequeña hija del arquitecto del espanto había permanecido allí cautiva desde los 18, y le había poblado el mapa genealógico de pequeños nuevos esclavos, que serían el único recuerdo de su paso por la vida. Siete hijos. Un búnker situado en una tierra que había padecido las guerras mundiales, y que seguramente tendría otros planes para este sótano: es uno de los millones de refugios antinucleares que Austria tiene en su magro territorio. Austria es la tierra que vio nacer a Hitler, y a Fritzl, el carcelero, y el búnker que habitó no es el de la historia de Ana Frank, ni el que descubrieron recién nomás en Alexanderplatz, cuando arreglaban una red ferroviaria. Es el refugio que un hombre construyó para que el incesto, la tortura y la violación pudieran ser parte de su existencia cotidiana durante una vida completa. Hoy no podemos leer el incesto, no podemos nombrarlo porque forma parte de nuestro tabú cultural, de los límites que nos pone la conciencia a través de nuestro propio lenguaje. Pero sepamos, y sabemos, que este tabú es cultural y no universal: en ciertas comunidades no recibe condena moral, aunque no nos quepa en la cabeza esa posibilidad. Lo que sí es universal es todo lo demás: la privación de la libertad, el cautiverio, el abuso, la amenaza, el abandono, la tortura física y psicológica. No hay modo de imaginar más dolor para una vida humana. Pero lo que me interesa examinar es la forma en que ese búnker ha sido suficiente para que nadie vea nada, nadie quiera ver nada, nadie necesite ver nada y nadie haga nada con aquello que imagina. Silencio. El mismo búnker que ha sido concebido para salvar un territorio arrasado por la historia es utilizado para extremar las condiciones del cautiverio eterno. Y el calabozo como agujero donde enterrar mujeres ni siquiera es nuevo. Es como la torre de la princesa de los más espantosos relatos de la Edad Media, la mazmorra: un sitio donde desaparecer, donde no estar ni en la búsqueda ni en el reclamo. Un espacio propicio donde el mundo olvide de una vez y para siempre a la víctima y a su descendencia, de manera tal que no quede rastro de ellos sobre la Tierra. Una mujer sepultada en vida que en épocas pasadas sólo podía ser rescatada en los relatos por un caballero andante que era casi un superhéroe. Y si la rescataba era para desposarla: un verdadero intercambio de rehenes de la presa atesorada. Una búsqueda del tesoro con premio mayor y todo. Y nadie jamás dijo nada.
Testigos de la historia
El “Romance de Delgadina” es antiquísimo, y parte de la literatura popular de carácter oral que forma parte del acervo español, de textos que fueron repetidos por generaciones enteras, deformados y reformados al gusto del consumidor, siguiendo los límites de su memoria. Son largas tiradas de octosílabos que una vez fueron la manera en que los habitantes de una aldea medieval transmitían historias que se basaban en un rastro histórico. Voces colectivas las cubrían con el endiosamiento de la leyenda necesaria para sobrevivir, como consecuencia de una voluntad popular que siempre fue amante del culebrón. El “Romance de Delgadina”, en sus diversas versiones, es el resabio vivo de la importancia del incesto compulsivo como clave de un encierro de por vida que terminaba con la muerte, y que se apoyaba además en la indiferencia de una familia completa. Según la versión más difundida, Delgadina murió de sed encerrada en una torre por no haber aceptado la propuesta de matrimonio de su padre, rey de España. Sus hermanos y hermanas jamás enfrentaron la voluntad paterna para salvarla, y su madre se negaba a darle ayuda porque la culpaba de su crisis matrimonial por ser tan bella. ¿Qué más podría atribuírsele a un rey insensible y perverso que el encierro de su propia hija joven, presa de unas pretensiones innombrables? ¿Qué más a la reina, que esta indiferencia casi austríaca? La niña moría en su búnker de piedra en la torre más alta a causa de la pena a la que la habían sometido como castigo por haberse negado, su único alimento era carne salada y pan. Nadie le daba agua. Hay en una pequeña ciudad austríaca un búnker sepultado tras una puerta de hormigón que pesa toneladas, que seguramente fue pensada con el fin de salvar las vidas del lado de adentro. Y seguimos pensando ahora cómo es que nadie rescató a la princesa Delgadina. Cómo es que mil años después, ya no haga falta que un dragón custodie las puertas de la cárcel para que nadie, ni el más comedido de los vecinos diga nada. Es el tabú. Lo que no se dice. Lo que no se puede pensar. Lo que no tiene espacio en la mente humana para ser imaginado Al menos, de este lado del mundo.
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