|
Pretérito imperfecto
|
por Viviana Hernández
|
Hay combinaciones curiosas que dan resultados insospechados. Naranjas, latas de gaseosa, internado religioso. No me diga que es muy raro, porque es apenas un fotograma de mi adolescencia.
Transitaba yo esa etapa en que la vida es un campo infectado de minas antipersonales. Te acostás un día, te levantás al siguiente, te asomás y la realidad te estalla en medio del cuerpo, borrándote, la mayor parte de las veces, la porción menos visible de la existencia: la conciencia. Tenía unos 17, así que más que una conciencia embrionaria tenía una del tipo recorto y pego, es decir, ese mapa del sobreviviente hecho de retazos de los padres más rebeldías propias más apuestas al futuro. A 500 kilómetros de casa y enfrentando una ciudad de millones donde me aguardaba la inquietante experiencia universitaria, tener ese modesto anclaje a la vida que representa una pequeña conciencia, no era poca cosa. Vivía en una residencia ad hoc, es decir un sitio que nos suponía a todas las desamparadas de raíces una especie de hogar muy sui generis. Digo, porque no todos los hogares tienen ocho habitaciones alineadas a cada lado de eternos pasillos, con duchas al paso, un generoso comedor en planta baja con muchas sillas igualitas, una comida horrible, y la sensación extraña de gobernar el propio destino justo hasta la puerta de la oficina de la hermana María Rosa, la superiora de aquella venerable institución.
Ladrona de naranjas
Los fines de semana suponen la facultad operativa de disponer de un tiempo donde se hace más o menos lo que a uno le place. Y no es raro ver gente contando con los dedos cuántos días restan para el viernes por la tarde. No era mi caso en aquel tiempo. Por entonces, los sábados y domingos eran la concreción más bochornosa de la soledad en presente permanente: al cerrar la puerta de la habitación para bajar a desayunar, el eco de los cuartos vacíos se agolpaba en la escalera, y ya sabía que me tomaría el café bajo la mirada más atenta que nunca de una de las empleadas del comedor, que estudiaba cada uno de mis movimientos casi científicamente, parapetada detrás de sus anteojos culo de botella. Era buena, tal vez, pero tenía dificultades en la comunicación, así que nunca pude confirmar tal suposición. De todos modos, no es que nos importábamos recíprocamente, pero no había otro ser vivo en todo el edificio en el cual reparar, a excepción hecha de una perra/monja, como yo la llamaba a la pequeña bestezuela, que actuaba tan huidiza, cabizbaja y reluctante como si de verdad le hubieran calzado los hábitos. De tanto en tanto se colaba una música que no provenía del armonio de la minúscula capilla que presidía la planta baja de la residencia, ni tampoco la que yo hacía oír hasta a las paredes, sólo para exorcizar ese silencio sepulcral. No. De vez en cuando alguien se quedaba, no específicamente a ofrendarme su compañía, pero me la hacía de todos modos. Cuando eso sucedía, era prácticamente una fiesta, aunque nunca antes hubiéramos cruzado palabra con la o las fulanas de turno. Porque la insobornable necesidad de suavizar la orfandad era una provocadora instantánea sino de amistad, de complicidad seguro. Nos juntábamos en alguna de las habitaciones contra toda regla y prescripción. Nunca supe por qué las señoras de cristianas togas boicoteaban abiertamente el derecho de asamblea que, como es público y notorio, está constitucionalmente contemplado. O sea: cualquier gesto que implicara reunión más una cuota de alegría, un cierto atisbo de adolescencia, u olvido momentáneo de la contracción al estudio, estaba catalogado poco menos que de pecado capital. O de los siete juntos. No sólo debíamos dormir solas, sino extrañar solas, llorar solas, reír solas. Como si tuviéramos la culpa de soñar con un mañana profesional y no haber contado con la posibilidad de concretarlo volviendo a comer a casa todos los mediodías. La Inquisición moderna, vea. No culpo a mis padres por ese destino pasajero: ellos creyeron que era una opción segura de libertad controlada y protegida. Sólo que había que internarse en Jurassic Park para saber cómo se siente ser carne de tiranosaurio Rex disfrazado de cordero de Dios. Una de esas noches de sorda algarabía, entre dos o tres decidimos que fuera menos sorda. Recuerdo que el grupete estaba formado por una horda silvestre que en nada sonaba a unas huerfanitas burguesas. Ada, de Chivilcoy, con su pelo negro al borde de las rastas y su risa estentórea y despreocupada, igual que los jeans rotos y deshilachados que jamás se quitaba; Silvia, mi amigota de Bariloche, que había decidido quedarse aunque tenía dónde ir porque el programa nocturno prometía; Sandra, otra chivilcoyense tremenda, con tamaño y pinta de Barbie pero con prontuario más que currículum universitario. Y otras por el estilo. Más quien suscribe. El comedor era un fuerte inexpugnable, que guardaba los tesoros de las cuatro ocasiones en que alguien nos daba algo allí. Llamar comida a ese algo es regalarle un sustantivo demasiado generoso a la carga impiadosa de hidratos de carbono con que nos disparaban a toda hora. Pero vigilaban la materia prima como si se hubiera tratado de caviar ruso. No notarían las hermanas la ostensible falta de rezos de la mayoría de las inquilinas, pero si desaparecían diez naranjas, lo notarían inmediatamente. No obstante, nada de eso importó ni fue considerado en el teatro de operaciones. Nos escabullimos como auténticas ladronas que éramos, muertas de risa y con la adrenalina hasta las orejas, a la espera de que tronara la voz del escarmiento a nuestras espaldas. Pero no ocurrió, así que acumulamos naranjas de la heladera hasta que no nos dieron más los brazos ni la ropa para cargarlas. No sabíamos muy bien qué haríamos con ellas. Sólo pretendíamos: primero, robarlas, y luego usarlas con el fin más subversivo para el lugar. Es decir: hacer ruido. De regreso en las habitaciones, a alguien se le disparó una idea “brillante”: ¿por qué no unos bolos insólitos, con naranjas y latas de gaseosa vacías? Claro, dijimos todas, justo lo que estábamos buscando. Ruido, inofensivo ruido. Produjimos la escena como para filmar una película. Todo perfectamente acomodado en una pista de bolos improvisada en un pasillo de 17 habitaciones de largo más los baños. Quedaba jugar. Y jugamos. Poco pero intenso. Breves participaciones tuvimos, pero quedamos gordas de carcajadas y empujones. El silencio se murió sin más INRI, y fuimos felices como un hato de cretinas por los breves minutos que demandó que la madre superiora hiciera su diabólica aparición en nuestro pochoclero fin de semana. Las sanciones fueron dignas de mejor causa. ¿Veredicto? Asesinato del debido silencio. Sentencias: bueno, fueron variadas, y consistieron en llamadas de atención para las que miraban y reproches consistentes con los padres para las autoras materiales. Algunas, que venían acumulando penitencias, partieron. Chochas, sin blasones, sin la gran mancha tampoco. Fue el único castigo absolutamente conducente de mi vida: me llevó paredes afuera del claustro, camino a una libertad provista de silencios voluntarios, de risas porque sí y para mí. Y de una pena infinita hacia gente tan perdida, que ha confundido por siglos silencio obligado y ritual con respeto. Desde entonces, las naranjas y las latas vacías de gaseosa sólo me traen a la mente aquella inolvidable epopeya homicida, de la que salí libre de culpa, cargo y silencio.
|