Mar del Plata, 04 Julio 2008

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La Revolución de Mayo

Nos quedan 24 meses

por Rosanna González Pena

Dentro de dos años estaremos a las puertas del bicentenario de la Revolución de Mayo. Estos deben ser meses de análisis y búsqueda en nuestro primer acto emancipatorio de los orígenes de nuestra nación. Tiempos de preguntarnos qué tiene Argentina aún de pasado colonial y qué de su gesta libertadora.


De la época de la colonia nos quedaron grabadas a fuego tres cuestiones fundamentales: una cultura que se traduce en una religión y una lengua, una determinada organización político-administrativa y una ocupación territorial, con sus variantes regionales, que es el origen de nuestro actual territorio.
La cultura que nos legaron los siglos de colonización hispana, a pesar de sus muchos errores, hace que casi doscientos años después nos consideremos parte integrante de una comunidad que nos engloba como hispanoamericanos. El idioma castellano permite que desde Chile y Argentina hasta México y parte del Caribe podamos entendernos con millones de personas que comparten nuestra misma lengua.
También algunos usos y costumbres, maneras de pensar y sentimientos compartidos surgen de esa sociedad que los españoles dejaron como impronta. Junto con la espada, las ansias de sumar riquezas y mejorar la condición de vida que tenían en la península ibérica, trajeron la idea de evangelización que marcó a tal punto nuestra América que hoy es el subcontinente con mayor población católica.
En lo que es hoy nuestro país, las corrientes colonizadoras se encontraron no sólo con un territorio extenso y muy diverso, sino que a diferencia de lo que ocurrió en México y Perú, en Argentina existía una gran heterogeneidad en el mundo indígena, con diferencias muy marcadas. La falta de un gran jefe tuvo como consecuencia que cada pueblo indio se planteara diferentes respuestas ante el conquistador: algunos optaron por someterse, otros por integrarse de manera pacífica y otros grupos eligieron plantear el enfrentamiento bélico.
Otro gran legado de la colonización española fue la ciudad. Las ciudades fundadas por los españoles, por su mismo origen como cabezas de la colonización en los extensos territorios, tendieron a favorecer los regionalismos y a incentivar los localismos. Cumplieron un rol fundamental en el proceso colonizador y después en la formación de nuestras actuales provincias y sus regiones. Además, los españoles trasladaron a nuestro país un trazado que les era propio: los solares, las plazas, la disposición de calles y edificios, la ubicación del cabildo y la iglesia son casi calcadas en la mayoría de las ciudades más viejas de Argentina.
Otra decisión virreinal que marcó nuestra característica de país hasta nuestros días, fue la de acentuar el poder de la ciudad de Buenos Aires como sede del Virrey, de la Audiencia y del Consulado, dejando como herencia el sempiterno centralismo porteño.
También de aquella época viene la importancia que le otorgamos a la tierra y específicamente al campo, una herencia recibida de los tiempos de la Corona española. La estancia colonial cimienta su importancia en el valor de la tierra, su productividad y su fertilidad, unidas al elemento de explotación más importante de la época: el ganado doméstico.
Enumerar qué nos dejaron como impronta los hombres de Mayo no es fácil. Por lo pronto hay historiadores, como Luis Alberto Romero, que consideran que la llamada Generación de Mayo hizo la Revolución de 1810, que sería su mayor aporte, casi sin saberlo. Es más, en las memorias de Manuel Moreno está el recuerdo de que su hermano llevaba horas de nombrado secretario sin saberlo. Incluso Saavedra se resistía a aceptar la presidencia porque hacía horas había renunciado a la junta anterior, lo mismo que Castelli, arrastrando con ellos a Cisneros. Su temor era que se tomaran sus actos como un manejo ambicioso de su parte. Moreno no ocultó su disgusto por ser incluido, y en su condición de abogado quiso cerciorarse de la validez legal del nombramiento.
Esta elite, con el correr de los acontecimientos, terminó aislándose no sólo del resto del país sino también de aquellos sectores sociales porteños del que provenía la mayoría de sus miembros. Este grupo debió construir su legitimidad sobre la marcha de los acontecimientos y, a la vez, asumir que el pasado hispano se ha convertido justamente en eso, en pasado. En cambio, la Revolución no supuso una voluntad clara de crear una sociedad nueva e igualitaria, lo que era bastante ajeno a las ideas profundas de sus actores principales. Es más, muchos de ellos coqueteaban con la idea de imponer otra monarquía. Algunos hasta pensaron en restaurar la dinastía Inca.
En Buenos Aires se forma un fuerte movimiento a favor de la coronación de Carlota Joaquina, hija de Carlos IV de España, o del Infante don Pedro en el Río de la Plata y parte del Perú. La intención de los criollos era que su coronación se realizara sobre las bases de autogobierno rioplatense y una constitución liberal al estilo inglés con parlamento y jueces. Los principales carlotistas eran Belgrano, Castelli, Beruti, Vértiz y Nicolás Rodríguez Peña, todos ellos de una importancia crucial en los días de mayo.
Las guerras revolucionarias que Buenos Aires lanzó en el interior del país fueron seguidas por décadas de guerras civiles, y sin dudas arruinaron a la vieja elite enriquecida en la época de la colonia. El proceso de formación de una Nación llevó cerca de cincuenta años más desde el 25 de mayo de 1810. Terminar con las guerras civiles y encontrar un lugar en el mundo para el país costó mucho más de lo que la Generación de Mayo tenía planeado. Inclusive, varios gobiernos posteriores tuvieron una visión muy critica de cómo se había llevado a cabo el proceso revolucionario.
En el Congreso de Tucumán se afirmó: "fin de la Revolución, principio del orden". Años después Juan Manuel de Rosas obtuvo un consenso masivo para llevar a cabo un programa de restauración del viejo orden social, adecuado a las nuevas circunstancias.
En fin, las constantes de nuestra historia se pueden ver desde nuestros orígenes. Pero conscientes o no, revolucionarios o reformistas, lo cierto es que un puñado de hombres que poco después terminarían divididos hasta el punto de la enemistad, en un momento difícil y crucial tomaron una decisión que hoy, casi 200 años más tarde, vemos como el momento fundacional de nuestra Nación. Y no podemos menos que reconocer su coraje y hasta su pequeña cuota de locura, necesaria para hacer lo que ellos hicieron.
Cumplir 200 años, además, nos dará una excelente excusa para reformular muchos temas importantes de nuestro Estado. Nos quedan nada más que 24 meses.

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