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Cartas de un judío a la Nada
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Monte Aquila, 1573 La guerra y la muerte han sido el alma de la historia humana desde sus comienzos. Cuando uno presta atención a la memoria de los pueblos, a los anales de los reyes y a los registros de los escribas, pareciera que la vida es aquello que transcurre entre guerra y guerra. Y como aves de rapiña que se alimentan de despojos, algunos hombres han aprendido a vivir de la guerra. Pero no hablo de los mercenarios, de esos pobres soldados que nada saben excepto matar y que terminan matando y muriendo a cambio del oro del enemigo.
Hablo de los reyes, que aumentan sus riquezas enviando a morir a sus súbditos. Hablo de las Iglesias de todas las religiones, que se expanden por la espada. Hablo de quienes venden armas y se sientan a pensar cuál es el mejor modo de matar. Los ancianos vivían en el monte y eran hermanos gemelos. La gente opinaba que tenían más años que las rocas que los rodeaban, que el viento que soplaba sobre ellos; eran tan viejos como la vida misma. En realidad, su edad debía rondar los noventa, quizás cien años, y ambos estaban bastante demacrados. Con los pelos blancos y largos, las barbas hasta la cintura, las bocas despobladas de dientes, los cuerpos delgados y correosos, los viejos mantenían su vitalidad a pesar de todo. Vivían discutiendo entre los dos y eran hábiles en la carpintería, en el tallado, en la orfebrería y en la forja. La primera vez que me topé con ellos, venían discutiendo sobre algo bastante particular. - Insisto en lo que te digo – decía Abel, el que siempre usaba un cinturón azul -, yo lo he visto con mis propios ojos. Los decapitados no mueren al instante. Tienen unos segundos aún de conciencia antes de que se les apaguen todas las luces de la mente. Más de una vez he notado que las cabezas, ya separadas del cuerpo, mueven los ojos o hacen muecas de dolor. - Son sólo espasmos – decía Raúl, el que siempre usaba un cinturón rojo -, del cuerpo que agoniza, pero eso no quiere decir que sean concientes. Parecía que habían tenido la misma discusión millones de veces, y que siempre esgrimían los mismos argumentos, aunque a ninguno de los dos parecía importarle. En esta ocasión, yo los interrumpí. Al verme llegando por el camino hicieron silencio y se me acercaron. - Buenos días, amables ancianos – dije -, es un gusto encontrarme con ustedes. - Buenos días, forastero – dijo Abel -, para nosotros es también un gusto. Ven, pasa a nuestra humilde casa y deja que te sirvamos algo de comida y de bebida. Me condujeron en silencio al interior de un enorme galpón atiborrado de mesas de trabajo, herramientas, montículos de aserrín, partes de cañones y catapultas, astas de lanzas, hojas de espadas y municiones de todo tipo. Aquellos hombres fabricaban armas. - Permíteme que nos presente – dijo el que tenía el cinturón rojo -, mi nombre es Raúl, y él es mi hermano Abel. ¿A quién tenemos el gusto de conocer? - Mi nombre es Ramiro Álvarez – mentí -, y he llegado hace poco desde España, por mar. Vine tentado por una oferta de trabajo de un pariente mío, pero tanto tardé en llegar que mi pobre tío murió esperándome, y ahora tal empleo no existe. Viajo rumbo a Francia, para ver si allí tengo mejor suerte. - Es una buena decisión – dijo Abel -, estarás mejor que aquí. Habrás oído las nuevas, al parecer: la guerra entre Flandes y España va para rato. Nosotros también hemos pensado en irnos. Nos quedamos en silencio unos instantes, mientras Raúl me acercaba un trozo de pan y un cuenco con té. Aproveché para mirar alrededor con mayor atención. - Por lo que veo, ustedes quizás estén más a gusto en tiempos de guerra. - La guerra es nuestro negocio – confesó Raúl -, pero no necesitamos estar cerca. Nosotros diseñamos armas. Llevamos en el negocio más de ocho décadas y hemos diseñado casi todas las armas que se usan en la actualidad en Europa. - Y sin embargo viven aquí. En un taller humilde, cerca de la cima de una montaña. - Tenemos riquezas – dijo Abel -, pero no aquí. Nuestros hijos y nietos son los que disfrutan de la mayor parte de nuestra fortuna. Nobles, obispos y príncipes se cuentan entre nuestra descendencia, pero desde que enviudé vivo aquí, y cuando Raúl enviudó se mudó conmigo. Trabajamos para combatir la soledad. - ¿No les remuerde la conciencia saber que el fruto de sus esfuerzos es la muerte de miles y miles de hombres? - Para nada – contestó Raúl-. Somos concientes de lo que hacemos, y créeme, el mundo es un lugar mejor gracias a nosotros. Nuestras armas no son sólo más efectivas sino también más humanas. Si dos ejércitos se enfrentan y uno de ellos tiene nuestras armas, pero el otro no, lo más probable es que claudiquen antes de llegar a derramar una sola gota de sangre. - ¿Y si ambos tienen sus armas? - En ese caso - dijo Abel - las muertes, que de todas formas serían inevitables, serán más rápidas e indoloras, causadas por armas más y más eficientes cada día. Por eso discutíamos mi hermano y yo hace unos momentos. Tratamos de comprender la muerte, para permitirle a los desdichados alcanzarla con menos sufrimiento. Mi silencio les hizo saber que desaprobaba todo su razonamiento. Eso pareció enojar a Raúl. - Ramiro – me dijo - no seas infantil. Matar a otros para hacerse más rico es la actitud más natural del ser humano. La mayor parte de las personas que mueren a manos de un par, es porque han sido víctimas de la codicia. Los príncipes asesinan a sus hermanos y primos para asegurarse la corona, los pueblos se hacen la guerra para obtener tierras u otros beneficios. Los hombres son buitres sin plumas ni picos, y nosotros también, es cierto. Espero que puedas vivir sabiéndolo. Bonitos modales los suyos, de venir aquí, recibir nuestra hospitalidad y terminar juzgándonos como si se tratara de algún inquisidor. Pedí disculpas, aunque no arrepentía de nada, y acepté quedarme allí a pasar la noche. Cuando me disponía a acostarme, pude escuchar que los gemelos aún discutían sobre decapitaciones. Al día siguiente me despertó el sol y noté que los hermanos no estaban. Al salir, vi a Abel inclinado sobre una piedra, con Raúl detrás, empuñando un enorme hacha. Antes de que pudiera impedirlo, el hombre decapitó a su hermano. La cabeza rodó por el suelo y se quedó trabada contra un árbol, chorreando sangre. Entonces pude ver claramente que Abel sacaba la lengua dos veces y abría y cerraba los ojos, para morir unos instantes después. Al final, el viejo tenía razón.
Me marché, todavía admirado por su fuerza de voluntad. Hay que tener ánimo para hacer morisquetas mientras la Muerte te abraza.
Nemuel Delam El judío errante
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