Mar del Plata, 06 Enero 2009

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Cine de grandes

Blanco y negro

por Adriana Derosa

Segundo capítulo de “Las crónicas de Narnia”, que se queda en la promoción de la línea de largada. Los efectos ya los habíamos visto. Las actuaciones no han mejorado nada. Nada cambia cuando cambia poco, y ni siquiera está el suspenso de ver quién va a ganar la batalla. Quédese en casa que hay partido.


Quizá usted es de los que, como yo, pecó de caído del catre, y se creyó que si pretendía ir al cine en el fin de semana largo, lo que tenía que hacer era cumplir con los objetivos mínimos: un tiempo para la salida, el dinero para las entradas -o la entrada única, si usted es una fiera de la soledad ante la pantalla-, alguna forma de transporte, como no sean sus dos piernitas, y poco más. Pero no muchacho, eso era antes.
Desde que los cines grandes pasaron a ser templos de fe, las salas son muchas, pero del tamaño de una cabina telefónica. Ése es el nuevo negocio. Es decir que cuando usted piensa en ir al cine, puede entrar en franca competencia con Maxwell Smart, que esté usando lo que usted considera un cine para entrar al cuartel de Control, pero bueno.
Lo cierto es que deberá conseguir una de las diez entradas que se venden para asistir al minipredio. Ya sé que soy una exagerada, pero es la sensación que me deja ver que, si las boleterías abren a las diez, a las diez y cinco se vendió todo el disponible, entre la adquisición telefónica con tarjeta, las reservas de afortunados, y la cola in situ.
En fin, supongamos que usted es un genio que consiguió entradas un mes antes como si se tratara de un recital internacional, uno que puede prever el 20 de mayo que va a querer ir al cine el 15 de junio, y entonces este finde pudo asistir a uno de los estrenos del momento: la segunda parte de “Las crónicas de Narnia”, con la aparición en el título de su nuevo personaje, el príncipe Caspian.
Sabrá ya que Caspian es uno que iba a heredar el trono, si no fuera porque el tío usurpador ha tenido un hijo que lo va a desplazar a la popular en menos que canta un gallo. Y encima, parece que además el tío lo quiere hacer fiambre antes del amanecer (ése en el que canta el gallo). Pero como es re vivo, se rajó antes.


Creativo de texto

La obra de C.S. Lewis es ingente y diversa. Mezcló estilos tan dispares como las narraciones de ficción, los ensayos y la poesía. En todos ellas, sin embargo, se encuentran ese sello personalísimo de su autor, su frescura, su bondad, su inteligencia y su sensibilidad.
Su pensamiento se puede identificar con cualquier rama del saber, debido a la importancia que reviste el ser humano en su pensamiento. Temas como el lugar del hombre en el universo, la unidad sustancial de cuerpo y alma, el amor y el dolor, alcanzar a Dios partiendo de experiencias fundamentales son algunos ejes que condujeron su empeño en la difusión de la fe cristiana, que fue quizá el más importante de sus objetivos. Para él, la “revelación” es la clave de la inteligibilidad del misterio del hombre.
Su pensamiento gira alrededor de estas tres realidades: la existencia de un Dios personal, la centralidad de Cristo en la creación y la historia de la salvación del hombre.
Sus obras más célebres son: “Los cuatro amores”, “Mientras no tengamos rostro”, “El diablo propone un brindis”, “Cartas del diablo a su sobrino”, “El problema del dolor”, “Mero cristianismo”, “Dios en el banquillo”, “El gran divorcio”, “Lo eterno sin disimulo”, Las crónicas de Narnia” y “Trilogía de Ransom”.
Siempre atento a la actualidad y sensible a los problemas del hombre, no perdía ocasión para dar un testimonio de verdad intemporal. Cualquier oportunidad era propicia para hablar, escribir, impugnar, rebatir, contradecir y pelear con argumentos lógicos, como ecuaciones precisas de la geometría divina.
Como gran amigo de Tolkien, comparte con él ese ferviente espíritu religioso que parece ser propio de los conversos, aunque jamás sabremos por qué.
La obra de Lewis, como sucediera oportunamente con la de Tolkien, ha sido objeto de una reciente edición a cargo de los sectores más comerciales del mundo editorial, movidos por la amplia difusión que otorgan las productoras cinematográficas.


Mentime, llamame rey

Uno siempre se equivoca en lo mismo, en el exceso de expectativa puesta en la versión filmada de una novela que hace agua en lo central de las historias de aventuras: es previsible.
Por supuesto que sabemos que una historia épica como ésta, basada en un enfrentamiento de bandos seriamente identificados de la manera más maniquea con el bien y el mal, sólo puede recorrer un camino: chico bueno gana, hombre malo pierde. Pero uno siempre está esperando un bordadito, un punto nuevo, un mínimo elemento que, sin hacer que las cosas se desmadren, pudiera sorprender a un espectador de, digamos por caso, siete años. No ha sucedido así.
También es cierto que el público infantil goza con la reiteración, es una de las características que ellos ostentan como consumidores de arte. A un niño no le molesta ver una y mil veces ganar al bueno de la misma manera, disfruta a ultranza de la morosidad del relato, adora la exposición de los hechos de idéntica manera, y -si es posible- con los mismos tonos. Por lo tanto, es evidente que lo que es un problema para el adulto aficionado a estas historias, no lo es para los más pequeños. Pero la película tiene una calificación “para mayores de trece”, basada en que requiere de alguna maduración para recorrer con soltura algunos diálogos, y sobre todo previendo que el desarrollo de una batalla a muerte podría resultar un tanto tortuoso para un pequeño. Es decir que no me queda claro cuál es su espectador ideal.
La película dura dos horas y media, y en rigor esta costumbre instalada después de “El señor de los anillos” se está haciendo ya un lastre para los que quieren que el cine dure lo que debe durar, y no que se convierta en una especie de guardería de lujo que cotiza por hora, que por lo tanto aparece como más valiosa si retiene niños por más tiempo, y habilita padres al paseo dominical por el shopping. Éste es uno de los casos en el que las cintas son aun más arruinadas en la mesa de montaje, por sobreabundancia.

Inevitable

La historia esperable, a juzgar por el final que había tenido la primera parte, es aquella en la cual los cuatro niños que protagonizan la narración – Georgie Henley, Skandar Keynes, William Moseley y Anna Poppelewell- encuentran una nueva puerta en el tiempo para regresar a la tierra en que habían reinado hasta hace poco más de un año, aunque para Narnia hayan transcurrido unos mil trescientos años, que los han convertido allí en una leyenda ancestral.
En su ausencia, el territorio ha caído en poder de los que destrozan todo, es decir los humanos, que anularon la magia del lugar subsumiendo a los bosques en la eterna sombra. El rey actual, Miraz, interpretado por el italiano Sergio Castellito , no ofrece una fuerza negativa que represente realmente oposición. Su construcción de personaje es pobre, y ése es el principio del fin.
En la primera parte, si bien la estructura era tan simple como esta, la presencia de La Bruja Blanca, con su tremenda carga histriónica, era un eje de sostenimiento de la acción.
La esperanza hubiera estado en que el plus estuviera dado por el príncipe Caspian, Ben Barnes, pero no. No agregó más o menos nada, ya que la interpretación resultó el colmo de la inexpresividad, y el joven heredero era uno más en el medio del bulto de gente.
Hasta acá lo básico. Pero quizá la parte que se me hace interesante sea descubrir cuál es la razón de que este reverdecer de la épica inunde los gustos de jóvenes y niños en la era de la simplificación. La respuesta es breve: hasta lo épico aparece hoy simplificado, toda vez que huye de indagar profundamente en los serios cuestionamientos que conlleva -para el espíritu humano- decidir de qué bando se está, en el supuesto caso de que tales bandos existan.
El panteón de personajes fijos lleva a un par de llamaditas al pie de página, como las referidas a alguna que otra moraleja encubierta, que no preocuparía demasiado si estuviera enmarcada en la acción dramática. Pero no es el caso.
La crónica de Narnia se reduce esta vez a una extensa preparación entre dos ejércitos y poco más. Una película para ver en casa un domingo a la tarde, que no justifica ni la inversión de arrastrar a la familia hasta el centro, ni siquiera hacer cola en el frío de una mañana de invierno para conseguir entradas. Si tiene usted una tele de un tamaño suficiente como para ver los errores en los efectos especiales, espere el DVD, y gana plata.

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