Mar del Plata, 21 Noviembre 2008

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Estimado José Luis:

Te cuento que desde hace unos meses, más exactamente desde que comenzaron las clases, al pasar por la vereda de la Catedral, me acongojo; me dan ganas de llorar y no sé por qué. Es por eso que te escribo. Tal vez vos puedas ayudarme a dilucidar mi problema.


Recuerdo mis épocas de adolescente, cuando terminaba exitosamente mi segundo año del secundario, por ejemplo y concurría al Colegio los primeros días de clase cargado de los libros que había usado durante el año anterior y en los recreos buscaba a los alumnos del año inmediato inferior para ofrecérselos a un precio que justificase la compra de un usado en lugar de uno nuevo y así poder ayudar a los viejos (un empleado de Casino y una enfermera) a comprar, en general casi todos usados, los libros para el año que cursaba. Y todos mis compañeros, excepto, claro está, los que entraban a primer año, que sólo compraban, se encontraban avocados a la misma misión. Vender sus libros ya utilizados y comprar los necesarios para el año presente. Y de paso, a fuera de ser sincero, "campaneábamos el elemento" diría mi viejo. Con la excusa de vender los libros, detectábamos, calificábamos y clasificábamos el plantel femenino, que en varias oportunidades dio lugar a algún romance de secundario. Y, claro, hoy a los cuarenta y trece (nací en el 55) no me digas que esos recuerdos no son para ablandar al más duro...
Sin embargo mis dudas sobre los motivos que me acongojan se producen justo frente a la Catedral, cuando veo lo que graciosamente se ha dado en llamar Bolsa del Libro. Mostradores improvisados con montañas de ejemplares de cada Libro sobre ellos. Cuando yo cursaba el Secundario, a lo sumo tenía dos ejemplares del de Historia de Drago. No veinte. Y los vendía yo. Los que venden libros de Secundario tienen el aspecto de haber cursado Castellano tal vez, con algún libro vendido por mi. No son alumnos que venden sus libros usados. Y finalmente, los precios, corroborado personalmente, son solamente un poquito más económicos que los nuevos.
Y ahí viene la pregunta José Luis: ¿Por qué me acongojo? Porque recuerdo con nostalgia mis épocas de Estudiante Secundario, o porque veo con sorpresa y bronca que esto que llaman Bolsa del Libro no es más que un negocio de unos pocos que hace rato pasaron por el secundario y que se dedican a comprarle los libros usados a los verdaderos alumnos, a precios viles, para después hacer sus pingües ganancias a expensas de los chicos que concurren allí convencidos de ahorrarse unos manguitos y sólo obtienen precios un poquito inferiores?
Bueno, me disculpo por la disgresión, pero esto me parece tragicómico, aún sin profundizar en saber quién o quienes permiten esto. Y francamente, si no lo planteo así, con un poco de sarcasmo, creo que me pongo a llorar en serio. Un abrazo y felicitaciones por tu programa de radio, que escucho todas las mañanas y por el Semanario, que leo de vez en cuando en papel y más asiduamente en Internet

Luis Méndez

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